Los placeres cotidianos / 11 de febrero de 2024
Me gusta la buena mesa, soy de paladar universal, puedo enamorarme de unos tacos de tripa bien doradita con su tepache para bajarlos.
ÉRAMOS POCOS Y PARIÓ LA ABUELA!
Siempre hay que desconfiar de cualquier individuo que no tenga vicios. Todo lo perfecto es perverso, bien mirado, hasta Dios. Hablando de vicios y manías, mi padre decía que le daban miedo las personas que se levantaban todos los días a las cinco de la mañana; si son capaces de eso, apuntaba, son capaces de cualquier atrocidad. Yo estoy plagado de ellos, de vicios, digo, y en sus múltiples acepciones, vicio como defecto y también como conducta pecaminosa, nociva o alejada de la moral, vamos, malas costumbres. No será por presumir, lo juro, pero puedo enumerar unos cuantos. Me gusta el vino, para no cansarlos con datos muy específicos les ahorraré el inventario de mi acervo cantinero, solo diré que va desde el rompope hasta un whisky de pura malta, envejecido en barricas de roble bien curadas. Me gusta el juego, adoro una partidita de póquer, razonablemente pagable y con amigos, sólo con amigos, para no tener que estar pendiente de algún tahúr con malas mañas. Me gusta la buena mesa, soy de paladar universal, puedo enamorarme de unos tacos de tripa bien doradita con su tepache para bajarlos y en la noche degustar un Beluga en blinis con crema agria, con su Ruinart Vintage o un buen vodka polaco congelado. Disfruto la comida francesa, la griega, la italiana, amo la china, me va bien la argentina y mato por mis tres favoritas, española, japonesa y mexicana.
Me gusta la sobremesa, largas conversaciones con mis amigos o mis amigas, todos interesantes, una copita, un postre y charlas más o menos profundas. Me gusta la música, voy a la ópera mucho menos de lo que debiera, pero puedo encerrarme en mi casa y escapar de la ciudad poniendo a buen volumen cualquier pieza de Vivaldi o emocionarme y llegar a las lágrimas con Rachmaninov. Me encandila la poesía, desde Rosalía de Castro a Neruda, y a veces, me quedo en Bécquer o en Campoamor. Adoro el cine, la Unagi es culpable de muchas de nuestras escapadas a disfrutar con el nuevo estilo VIP, a golpe de palomitas, tequila y después debate sobre lo visto. Obvio, por mi trabajo, devoro libros, leo mucho, le robo horas al sueño para enfrascarme en cuantos libros puedo, ahora además les he perdido ese respeto adoctrinado que me inculcaron de niño, aquello de acabarlos a fuerza, si un libro no me gusta lo dejo y punto, que lo termine la abuela del escritor. Yo ya cumplí con él, pagando por su obra para que viva bien. Y bueno, se me olvidarán algunos más, muchos más y, otros placeres que ya no considero vicios, el sexo por ejemplo o las escapadas al mar y tantos que me dejo en el tintero. Pero el colmo, ya lo de éramos pocos y parió la abuela… pues viene de que me acabo de aficionar a los audiolibros. Yo no había bailado ese vals, mi amigo Víctor, me mandó cuatro o cinco y ya me enganché. Me salgo a caminar con mis perros y entre el paseo del lunes y el del domingo, me zumbé Revolución, de Pérez Reverte en la voz de Imanol Arias y me reí como loco con un castizo Imanol imitando el acento norteño de Pancho Villa. Y, aunque me pareció horroroso el injustísimo Premio Planeta de este año, vaya por dios, se lo dieron a un libro que no resulta más que una telenovela de las viejas de Televisa o de las turcas de Imagen Televisión. Pero me chuté en cuatro días Las hijas de la criada de Sonsoles Ónega, ya así en versión radionovela está entretenido.
Ahora, entre libros, audiolibros, prensa, revistas, tic-toc y lo que yo escribo, le robaré más tiempo al sueño, pero ¡qué carambas!, ya dormiré cuando esté muerto y para eso, espero que falte un montón.
Es domingo, buen día para ser un vicioso, comprendan que me refiero a vicios bonitos, no a cosas más pinches. Lean, amen, échense un vinito, paseen y sean felices, es febrero y hay que llenarse de besos. A falta de cupidos y de celestinas, preséntenle un amigo a la amiga sola o viceversa. El chiste está en liarse.
