Llegar a México, puerta al cochinero

El fin de semana, invitado por mi Unagi divina, nos fuimos a Houston. Supuestamente íbamos de compras navideñas y a disfrutar un viajecito de tórtolos. Por mi parte, casi acabo en viaje de ventas, porque los precios de las cosas que me gustan me devuelven a la realidad ...

El fin de semana, invitado por mi Unagi divina, nos fuimos a Houston. Supuestamente íbamos de compras navideñas y a disfrutar un viajecito de tórtolos. Por mi parte, casi acabo en viaje de ventas, porque los precios de las cosas que me gustan me devuelven a la realidad de mexicano ratonero; valga decir que eso no fue óbice para pasar cuatro días de máxima diversión y emociones varias, buenas cenas y caminatas de doce y más kilómetros por día; alabadas sean American Express y la Santa Visa del niño de Morelia, mis salvadoras. De acuerdo, ya sé que es primer mundo. No se vale, llegas allá y todo causa envidia, el orden, la limpieza, el respeto, el olor, todo.

Volver luego de unos días a la capital del reino del tlatoani Obrador es un maleficio. Nada está bien aquí. Llegamos en Aeroméxico a las 10:30 de la noche y nos mandan a posición remota; bajamos del avión por una escalera más que peligrosa y empinada para subirnos a un autobús hacinados como pollos. “Aquí algo huele mal”, dijo la Unagi entre su dulzura natural, aunque ya cargadita de mala leche. “No, mi vida”, le dije… aquí huele a mierda. Sin paliativos, sin redondeos, sin descuentos, huele a caño y todo está puerco, sucio, abandonado, triste, ajado, madreado. Esta es la entrada de millones de turistas, esta es la primera impresión que tienen los visitantes de nuestro país, no tenemos madre. Mucho marino, mucho soldado, pero todo mal y de malas.

Se agolpan las multitudes en unas salas horribles, las máquinas automáticas de pasaporte para entrar no funcionan y el ambiente se impregna de humores encabritados, jode la realidad, duele el desprecio hacia nuestra imagen mundial y esta especie de nuevo sentimiento de orgullo por lo mediocre. Pareciera que los encargados de las cosas están felices de hacerlas a medias, porque la excelencia es fifí, la limpieza es neoliberal y el orden es de derechas. Qué asco. Urge sacudirnos a esta manada de gansos, estamos viajando hacia atrás, este Aeropuerto de la CDMX es una central camionera vieja y de cuarta. Papeles en el suelo, las luces, barras de neón que unas prenden, otras titilan, las paredes blancas están grises de descuido. Las bandas de equipaje lucen roturas inmensas y, desde las gomas que separan la entrada de las maletas, nos vigilaba una ratita gris de cola larga. ¡Viva México! Les ahorro las arcadas al no mencionarles los baños.

Para Norteamérica somos un socio un poquito exótico en algunas cosas, pero ya digno de considerarse por las cifras, ellos son nuestros primeros clientes y nosotros estamos entre sus proveedores con mayor relevancia. Respetan la calidad de nuestra mano de obra y hacen negocios abiertamente, porque se sienten protegidos por la legalidad y el compendio de regulaciones que dicta el tratado de comercio. Bien, nos consideran coloristas, folclóricos, pero también disfrutan con emoción nuestras playas, nuestros tequilas y nuestra gastronomía. Salvo los informes de seguridad que les causan terror y, aun así, vienen, amenazados de riesgos en calles y plazas, pero vienen y la pasan bien en México. Para los europeos, somos todavía más extravagantes y respetan nuestra historia, se clavan felices en nuestro acervo cultural y nos consideran un pueblo feliz con problemas, pero muy divertido. Para el resto de los latinos somos el país más grande, el que tiene mayores probabilidades de crecimiento y progreso, el que tiene casi 50 millones de paisanos en Estados Unidos jalando remesas. Los asiáticos nos ven como una oportunidad de cercanía con los gringos, pero ninguno entiende que tanta vecindad, tanto negocio, tanto comercio no nos haya servido para progresar y ser verdaderamente un país de primer mundo. No nos engañemos, la culpa es nuestra. Tenemos ADN de conquistados, hace un mes, en el día de la hispanidad, renegamos de Colón y de Cortés o Pizarro y cualquier conquistador maldito, y un mes después llevamos mariachis a la virgencita del Tepeyac. Eso no lo entiende ni Dios. Somos muy raros. Es miércoles, lean a Juan Miguel Zunzunegui, lo explica mejor que yo. Bonito día.

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