El cumpleaños de mi estrella

Se puede ser feliz nuevamente, hay que trabajarse adentro, perdonar y perdonarse

El viernes hubiera cumplido 37 años mi florecita, mi pequeñita del cielo que un día se fue y nos dejó turulatos, con el cuerpo en rebanadas de corte fino y el alma escondiendo la cabeza; toda el ánima con miedo a asomarse y recibir otro madrazo perturbador. Mal empieza una historia cuando baraja los hubieras. ¨Hubiera cumplido¨ está expresado en el más iluso de los tiempos verbales, a fuerza de ser brusco señalo… es el pretérito pluscuanpendejo. Eugie ya no hubiera ni hubo ni habrá nunca de cumplir más años, porque el presente de Eugie es que está muerta. Mi hija, María Eugenia, nació el domingo19 de julio de 1987, llegó de nalgas, dijo Jaime Césarman, el ginecólogo. Tomemos medidas, apostilló después Elizundia, el pediatra: se apareció sentada y en domingo, a esta niña no le va a gustar trabajar, querrá descanso y días festivos. Los tuvo, algunos, aunque fue en realidad una mujer muy trabajadora, una luchadora incansable que le puso frente al cáncer y lo toreó cuatro años y medio, hasta que se lo pensó mejor y se dejó ir por aburrimiento de tanto veneno, tanta radiación y tanto incordio familiar.

Es común hacer apología de los que se fueron, pero Eugie era mágica, más allá de la poca objetividad con la que puede juzgarla su padre. Hoy vivo sin ella y después de 20 años de su partida ya puedo mencionarla sin romper en llanto, ya puedo reír mientras la recuerdo, incluso logro revivir sus osos y sus gracias, sus chistes y su ironía, aquella manera mordaz de joder a los residentes de los muchos hospitales por los que tuvo que desfilar. Sigue doliendo, bajó la ira, ya no estoy enfadado con el mundo, ya no lo estoy con ella ni conmigo, ya no blasfemo, porque es el más inútil de los ejercicios, culpar a dios estando convencidos de que no hay tal. En fin, que se aprende a vivir con el golpe, sin su presencia física. Se puede ser feliz nuevamente, hay que trabajarse adentro, perdonar y perdonarse. El viernes, solito en el coche, le canté bajito Las mañanitas, bajito para que no se me encabrone la doña, porque siempre me dijo que canto fatal. Está latiéndome todos los días, y no pasa una mañana en la ducha que no la evoque y la salude con un par de besos al aire y le diga en voz alta: buenos días mi chiquita. Se me quedó de 17, no soy capaz de crecerla en la imaginación y será mientras la cabeza me regule, mi adolescente perenne. Mi pequeña flor. Feliz cumpleaños, Eugenia.

Uno que no cree casi en nada, se encuentra en el camino con muchísimas casualidades que pueden significar mucho o pueden no decir nada, tan sólo depende del grado de densidad emocional que uno quiera poner en las cosas. Son lazos, vínculos que uno se crea para liárselos a la cabeza y amarrarse a la gente que quiere. El que hubiera sido mi suegro, otra vez con el maldito hubiera, bueno, el papá de la Unagi, don Manolo, murió el 19 de julio de 2004, mismo año en que se fue mi nena. Mi cuñada Paula nació un 6 de junio, igual que mi padre y si estas convergencias dicen algo o no, escapa a mi capacidad de análisis, pero dan al menos para la chorcha en las reuniones.

El viernes terminé mi más reciente novela, me cuido de no decir la última. Las raíces del encino. Narra 70 años de la vida de una familia que no es la mía, pero que inevitablemente se parece; españoles y mexicanos escarbando en sus raíces bajo el escudo místico y protector del espíritu de los robles. La mandé a revisión con mi maestro, el escritor Alfonso Fernández Burgos, prometió ser severo en la crítica para que crezca, me dará noticias en septiembre y el verano esperando se me va a hacer eterno.

Ahora que llueve nos quejamos porque se inunda todo y hace unas semanas se nos secaban los sueños. Es domingo, por mí… “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan que sí, que no, que caiga un chaparrón con azúcar y turrón”. Hoy, extraño lo bueno. Caminar y leer.

Feliz domingo.

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