De políticas y cosas más sucias

A Donald Trump le encanta explotar su vena mediática, y lo hará hasta donde pueda estirarla.

Tanto monta, monta tanto...

El lunes me tragué sin anestesia la esperpéntica coronación del nuevo rey del mundo libre. Asistimos avergonzados de la propia especie a un horrendo desencuentro con la razón, donde el sentido común fue, como siempre, el menos común de todos.

No soy un hombre de izquierdas; a mi edad sería imperdonable. Superado el meridiano de mi vida, aterrizado en la realidad, ya me considero de centro, tan alejado de la extrema derecha como de los coqueteos comunistoides de la izquierda más ramplona. Dicho esto, tampoco me causa gracia pensar que el planeta en el que habito se bambolea entre dos corrientes... tan corrientes.

Miro a Donald Trump y no puedo evitar compararlo con nuestro tlatoani anterior. Cada uno en su ideario, pero ambos con una megalomanía que asusta: dos figuras que se consideran salvadas por el mismísimo Dios para rescatar a la humanidad, llevar a México a la más justa prosperidad socialista o hacer inmensa la grandeza de la América de Trump. Ninguno de los dos se sonroja al decir barbaridades ni tiene empacho en mentir, regalándonos frases donde la verdad brilla por su ausencia.

La reacción inmediata es repudiar esos extremos. Como ciudadano de a pie, no se me cuecen las habas por ninguno de los dos, aunque ambos afecten mi vida, mi paz y mis sueños de futuro. Lo digo en primera persona con la intención de que mis lectores se identifiquen con este llanto compartido. “Que nadie sepa mi sufrir”, reza la vieja canción, pero, en este caso, sí quiero contarles mi pena, que seguro también es la de muchos de ustedes.

No la tiene fácil el gobierno de México. Este perro rabioso suelto en la parcela del poderoso vecino puede dañarnos, y mucho. Envolvernos en el sarape del nacionalismo, hablar de soberanías y dignidades falsas puede salir muy caro.

 Nosotros somos demasiado pequeños para afectarlos, pero ellos tienen la fuerza y el poder para ponernos contra las cuerdas. Nuestro mayor cliente y acreedor, con una vecindad estratégica, no puede ponerse en riesgo por populismos vacíos. Es momento de inteligencia, no de bravuconerías.

En medio del arrebatado frenesí de inicios presidenciales, algunos temas ya golpean con fuerza. Era lógico que tantos abrazos a los criminales no se quedarían sólo en una política fallida; la respuesta internacional está aquí. La visión cerrada, terca y racista sobre la inmigración también era predecible, aunque ahora nos tome por sorpresa. Y los aranceles, aunque puedan ser un bluf de negociación, no dejan de ser una amenaza real. Conviene enfocarse en lo que nos beneficia en el largo plazo y evitar victorias emocionales que castiguen nuestros bolsillos.

La confrontación está servida. A Trump le encanta explotar su vena mediática, y lo hará hasta donde pueda estirarla. Ante esto, necesitamos un capote extraordinario, no discursos inflamados ni defensas patrioteras que sólo alimentan las tensiones. Me preocupan los arrebatos pueriles de algunos miembros del gobierno; esas bravatas me dan mucho miedo. Vienen tiempos complicados, pero, como dice el refrán, cada país tiene el gobierno que elige. ¿El qué merece?

Hace poco vimos American Primeval, una serie excelente. Mientras la comentábamos, alguien dijo: “Es inexplicable que de esta panda de animales haya surgido el país más rico del mundo”. Y ahí está mi tristeza: son ricos, pero también peligrosamente ignorantes. Me defrauda, pero no me extraña, la mirada del pueblo americano. Y, aunque estas reflexiones puedan parecer profundas, lo confieso: no me gusta la política.

Me refugiaré en un buen libro. Estoy leyendo el último de Yuval Harari, Nexus, que es impresionante. Ya les contaré mi opinión. De momento, me dedico a trabajar y a confiar en que la sangre no llegue al río. Feliz miércoles.

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