De política y cosas más sucias
Las cosas que no tienen precio, como la dignidad, son las que nos están robando sin darnos cuenta.
Valor o precio. Lo mismo, pero más barato
Cualquier cosa que tenga precio es barata. El diccionario define valor “como el grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite". De precio, sin embargo, explica, que “es el valor pecuniario, es decir, el costo en billetes o el esfuerzo, pérdida o sufrimiento que sirve de medio para conseguir algo, o que se presta y padece con ocasión de ello".
Cuando me dio por actualizar mis estudios de mercadotecnia para después aplicarla en mi trabajo a favor de los intereses de mis clientes, me metí al ITAM y un viejo profesor nos hacía un comentario ilustrativo para dejarnos clara la diferencia entre valor y precio. Cuánto vale la foto de tu abuelo jugando ajedrez contigo en el porche de la vieja casa familiar; cada uno contestaba según su conciencia y en función de la sensación más o menos romántica que pudiera evocar el recuerdo de un fotograma similar. Bien, pero ¿cuánto cuesta? Aquí la respuesta es distinta, 30 pesos de papel, 70 pesos de la impresora, 200 del marco, total: 300 pesos. Qué barato, diría el payasito. Tanto amor, tanto recuerdo, tanta historia y mugres trescientos pesitos.
Las cosas que no tienen precio son las que nos están robando sin darnos cuenta, cuánto vale la dignidad de un pueblo, cuánto vale una vida o 200 mil, cuánto vale la paz, la tranquilidad de caminar por tu colonia sin miedo a que te maten. Eso no tiene precio. Pues no, aunque en realidad eso, sí que lo tiene, y el precio es elegir correctamente y no dejarnos chantajear por el miedo y por la conveniencia baratera. El derecho a vivir mejor no existe, es una falacia politiquera, como diría el Presidente, defiendo el derecho a tener igualdad de oportunidades para alcanzar nuestras metas, pero después, cada uno que viva como mejor le plazca. Como los impuestos que pagamos algunos para que el gobierno los dilapide en obras faraónicas sin más utilidad que satisfacer el ego del caudillo… con eso ya empezamos mal; el impuesto es obligatorio, no es voluntario, yo no pago los míos por amor, los pago porque de no hacerlo sería un delincuente y me meterían en la cárcel, por eso me duele tanto que los usen mal, que compren conciencias, que roben elecciones desde el subsidio.
¿Cuánto pescado hay que dar antes de repartir cañas de pescar y lecciones de pesca? Y ahora la pregunta más brava, ¿cuánto valgo yo para este gobierno?, ¿cuánto vale usted? Seré conciso, usted y yo sólo valemos un voto y si somos medianamente productivos, no costamos nada. Qué barato.
Este 2024 nos va a dejar claras varias intenciones, la importancia que como ciudadanos tenemos para los gobernantes y el valor que éstas dan a su imagen y a su narrativa. Oigo espantado a la candidata oficial, Claudia, decir que para que todo siga por el mismo sendero, es imprescindible votar por ella, garantizar la continuidad. La ley electoral ya no permitirá que nadie diga que será un títere del Presidente, de hecho, yo ni lo creo, una vez que gane, ya veremos para qué lado tuerce la mueca, a mí sólo oírla ya me causa escalofríos.
La obsesiva pretensión de derribo contra la Suprema Corte pone en peligro la democracia y ese sí es un precio que no podemos pagar. Hace años un velador tenía un precioso pastor alemán en un estacionamiento, mi familia compró el terreno y en la operación nos regalaron el perro, por fortuna mi papá le cambió el nombre, no fue genial su elección, vivió muchos años en nuestra casa siendo Feroz en honor al lobo de Caperucita, pero nada competía con el Hitler original, a veces, ya los nombres nos indican el precio o el valor de las cosas o, de las personas.
Vi La sociedad de la nieve que es un peliculón de J.A. Bayona y no se llevó nada en los Globos de Oro; hay buenas pelis para ver ahorita en todas las plataformas, una manera de descansar de los precios de enero y hablar más de valores. Feliz miércoles.
