De política y cosas más sucias

Iturbide fue quien signó la independencia. Qué viva el amor! Puedo no coincidir con su ideología, diría más, no la conozco; puedo no acordar con su manera de gobernar, de hecho, creo que no ha gobernado ni un solo día; tampoco me parece un señor carismático, ni ...

Iturbide fue quien signó la  independencia.

Qué viva el amor!

Puedo no coincidir con su ideología, diría más, no la conozco; puedo no acordar con su manera de gobernar, de hecho, creo que no ha gobernado ni un solo día; tampoco me parece un señor carismático, ni siquiera simpático, pero hay algo que sería idiota de mi parte no reconocer, el señor presidente López Obrador es un hombre muy listo. Mucho, dueño de una de esas inteligencias enfocadas, capaz de lograr sus metas, con perseverancia que raya en la obsesión, pero con fórmulas claras y muy bien definidas y, a esto, debo sumarle que sus objetivos no coinciden con mi concepto de país, pero a él, mi opinión no le importa y se sabe capaz de lograr lo que más conviene a sus intereses, aunque no sean los mejores para México. ¡Qué viva el amor!, gritó el viernes. Una vez más me devano los sesos para comprender a mi país y a mi gente, me declaro incompetente; la única explicación que encuentro es que somos, la mayoría de los mexicanos, unos verdaderos hijos de la narrativa. ¡Qué viva el amor! y lo dice y se queda tan pancho en soledad, haciendo de la noche del Grito una fiesta privada, él y los que piensan como él. Nadie más.

En el sexenio más sangriento de este siglo, peleado con todos y en busca constante de más enemigos, apuntalando la división y el encono, fraccionando, porque dividir le favorece, dueño de su verdad, creador de su leyenda, donde contradecirlo es ser su enemigo, tan atrevido que él mismo bautizó su cruzada. Arrogante al grado de comparar su movimiento con las supuestas tres transformaciones anteriores, para, así, autonombrarse amo de la cuarta. Enamorado de verse reflejado en la historia, admirador de Juárez y de la narrativa oficial sobre el pastorcillo presidente, tan dictador como Porfirio, pero que a través de esa especie de égloga se convirtió en un personaje bucólico, de humilde pastor en Guelatao a el indio presidente. Una más de las terribles incongruencias del relato que tanto daño nos ha hecho. Y es que es cierto, los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, aquí conocemos, por encimita, la narrativa que nos han inoculado y sin contrastarla, en ese afán tan nuestro de no hacerla de tos, los nuevos mexicas la acatamos y nos la comemos con pozole.

Hidalgo no levantó a nadie a luchar por la independencia, su lucha duró apenas cuatro meses y salió al grito de ¡viva Fernando VII!, ¡ah! y la virgen de Guadalupe. En el camino nos enseñan a aplaudir a Josefa Ortiz o a Leona Vicario, financiadora del movimiento. Nos meten a Morelos en el mismo paquete cuando sólo se vio con Hidalgo una vez, y ya no entraré en Mina o Allende, de quien sólo sabemos que nació en San Miguel, y tantos otros héroes anónimos a los que hizo referencia el Presidente en este grito de hace un par de días. Pero de Iturbide, del verdadero negociador y el que logró la firma final de la independencia, sin guerra, ése que podría coincidir con el manido eslogan actual, sólo con abrazos y no balazos, el que puso su firma en el acta final de Independencia dando origen al Imperio Mexicano, de ése no se dice nada, porque algún día a alguno de los nuevos próceres de la patria se le hizo traidor.

Nos sentimos hijos de un pueblo conquistado y de ahí se entienden muchos de nuestros complejos, especialmente ése de identidad y el de inferioridad, México nunca fue conquistado por España, ninguno de los dos países existía en aquellas fechas. Pocas cosas son tan absurdas como esa cantaleta de los pueblos originarios, ésos no existen, desde la aparición del hombre en la Tierra, somos todos hijos de la migración, por lo tanto, algún día llegamos desde otra parte.

Tenemos un país tan chingón que la naturaleza tuvo que compensar tanta grandeza con nosotros, para darle equilibrio. Me uno a don Andrés y grito también ¡qué viva el amor! y que muera la corrupción y la avaricia, ¿quién puede no estar de acuerdo?; ojalá su narrativa inclusiva y dulce coincidiese con sus actos. Feliz domingo y ¡que viva México! a veces dudo de que merezcamos una tierra tan noble.

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