Como la vida misma
Me regalaron dos libros: Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, y La hondonada, de Jhumpa Lahiri
De la India para el mundo
Les contaré sobre historias de identidad y destino. Se trata de dos libros que me regalaron este mes y que, por el simple hecho de ser obsequios, ganaron preferencia en la fila de lectura de mi mesita de noche. Se colaron hasta la primera posición, me emocioné y los leí de un tirón.
Si hay un país que condensa la historia en su forma más vibrante, caótica y contradictoria, es la India. Esa tierra de colores saturados, de dioses caprichosos y de un pasado que nunca termina de irse, ha sido fuente inagotable de literatura. Estas dos novelas, aunque diferentes en estilo y enfoque, comparten una misma obsesión: el peso de la historia sobre el individuo. Por un lado, Hijos de la medianoche, quizá la obra cumbre de Salman Rushdie, un festín barroco de palabras que mezcla la historia de la India con la del propio protagonista, Saleem Sinai, nacido a la medianoche del 15 de agosto de 1947, coincidiendo con el instante mismo de la independencia del país. Por otro, La hondonada, de Jhumpa Lahiri, una narración más contenida y elegante, pero no menos profunda, que sigue el destino de dos hermanos atrapados entre la lealtad familiar y las ideologías que desgarraron a la India en el siglo XX.
Si Rushdie es el mago del lenguaje desbocado, Lahiri es la arquitecta de la prosa medida. Hijos de la medianoche es una novela exuberante, con frases que serpentean entre la sátira y la poesía. El realismo mágico aquí se mezcla con la política y el destino personal de Saleem, cuya vida parece tejida con los hilos del destino de la India. En contraste, La hondonada es un ejercicio de precisión. Lahiri no necesita pirotecnia verbal para sumergirnos en el dolor, la distancia y el exilio. Su prosa tiene la elegancia de un trazo fino, cada palabra está en su sitio, sin alardes. Y, sin embargo, el impacto emocional es brutal.
Rushdie y Lahiri comparten el mismo origen cultural, pero sus caminos son distintos. Rushdie nació en Bombay y pasó la mayor parte de su vida en Occidente. Lahiri es hija de inmigrantes bengalíes y creció en Estados Unidos. Este detalle es clave, porque en sus libros hay un eco de sus propias biografías: Rushdie habla desde dentro de la India, Lahiri desde su periferia, explorando la nostalgia y la distancia. Mientras Hijos de la medianoche retrata a la India con una mirada crítica, pero profundamente arraigada en su tradición, La hondonada se detiene en los efectos de la diáspora, en la sensación de no pertenecer a ninguna parte.
Ambas novelas están atravesadas por la historia y la política, pero desde ángulos distintos. Rushdie nos cuenta la independencia, la partición y la desilusión con la democracia a través de la figura de Saleem y los niños nacidos en ese momento crucial. Es una historia de épica nacional contada con ironía y desenfado. Lahiri, en cambio, se enfoca en un episodio más oscuro y menos conocido fuera de la India: la represión del movimiento naxalita en los años 60. A través de la historia de los hermanos Subhash y Udayan, muestra cómo las ideologías pueden fracturar familias y marcar generaciones.
Leer Hijos de la medianoche y La hondonada es como mirar la India desde dos cristales distintos. Rushdie la observa con fascinación desbordada, casi como un juglar que narra mitos contemporáneos. Lahiri la disecciona con la precisión de un cirujano, fijándose en las fisuras emocionales que deja la historia en las personas. Lo que es innegable es que ambos libros, con sus estilos y enfoques tan distintos, nos recuerdan que la historia personal y la historia de un país están siempre entrelazadas. Que no hay individuo sin contexto ni nación sin las cicatrices de sus propios hijos. Y que, al final, la literatura es la mejor manera de entender ese marasmo.
No conozco la India, pero me produce una inmensa curiosidad. Está dentro de mis planes más inmediatos. La Unagi, como la mayoría de las yoguis, es promotora de esta ilusión, y seguro que iremos a principios de 2026. Leer es una manera mucho más barata de viajar, pero produce ese efecto antojo y ahora es ya una necesidad que no puedo seguir prorrogando. ¡Bonito miércoles!
