Como la vida misma

Trump ha vuelto, y no con la intención de hacer amigos, sino para imponer su visión de un mundo donde sólo los fuertes sobreviven.

LOS EUROPEOS NO ESTÁN PARA BOFETADAS…

La Segunda Guerra Mundial todavía está muy fresca en la memoria europea. La salvajada nazi y el olor a muerte esparcido por casi todo el territorio hacen que los líderes de hoy se comporten con cautela y con una serenidad imperturbable. En el Parlamento Europeo se discute, se grita y se porfía, pero nadie tiene la más mínima intención de tomar un fusil o de ver un tanque atravesando la Gran Vía madrileña o los Champs-Élysées.

Donald Trump tiene otra visión: es un fanfarrón nato, un beligerante profesional acostumbrado a negociaciones bruscas, sin sutilezas, sin diplomacia y con el aire de quien llega a poner en su sitio a quienes, en su visión, no han hecho más que aprovecharse de la grandeza de EU. En Europa, la sensación es de pánico. No es que tengan un amor desmedido por los demócratas, sino que saben que con Trump se acabaron las cortesías. La OTAN está en la cuerda floja, Ucrania ya no tiene garantía de apoyo y el mundo se encamina hacia un nuevo orden donde los equilibrios se han roto.

Ya en su primer mandato, Trump dejó claro que su idea de liderazgo no tiene espacio para la diplomacia tradicional. Se retiró de acuerdos internacionales, despreció alianzas estratégicas y coqueteó con líderes autoritarios como Putin y Kim Jong-un. Ahora, en su regreso, viene con más fuerza y menos paciencia. Su discurso es simple: Estados Unidos no es el policía del mundo y no piensa seguir protegiendo a nadie sin obtener algo a cambio.

La gran pregunta es: ¿qué hará Europa sin su protector? Desde hace 70 años, la seguridad del continente ha dependido del respaldo militar y económico de Washington. La OTAN, que se suponía inquebrantable, ha sido constantemente atacada por Trump, quien la considera un gasto innecesario para su país. Y, aunque algunos líderes europeos han intentado mostrarse firmes, la realidad es que, sin el respaldo de Estados Unidos, su capacidad defensiva es limitada. Alemania, Francia y el resto se han acostumbrado a la paz, a la estabilidad y a la idea de que los conflictos son cosas que ocurren en otras partes del mundo. Pero el escenario actual no permite ese lujo. La guerra en Ucrania sigue sin resolverse y el regreso del huracán naranja ha puesto en duda el apoyo occidental. Si Washington retira su respaldo, Rusia tendrá vía libre para avanzar. Y si eso sucede, Europa tendrá que tomar una decisión que lleva décadas evitando: o fortalece su capacidad militar y asume un rol más agresivo en la defensa de sus intereses, o se resigna a quedar a merced de las decisiones de otros.

Pero el problema no es sólo militar. Trump ha dejado claro que su política económica será brutalmente proteccionista. Las relaciones comerciales con Europa podrían tensarse al máximo y las reglas del juego en el comercio global están a punto de cambiar. En Bruselas lo saben y parecen verlo venir con resignación. Europa, con su maquinaria burocrática y su lenta toma de decisiones, no está preparada para lidiar con un hombre tan intempestivo.

El mundo, en general, se encuentra en una encrucijada peligrosa. Por un lado, las derechas populistas resurgen con discursos nacionalistas y antiinmigración que calan profundo en sociedades cada vez más fragmentadas. Por otro, las dictaduras de izquierda se aferran al poder con métodos cada vez más represivos, sin una oposición fuerte que les haga frente. En medio de todo esto, Europa parece una pieza desorientada en el tablero global, atrapada entre la corrección política y la necesidad urgente de redefinir su papel en la geopolítica mundial.

Trump ha vuelto, y no con la intención de hacer amigos, sino para imponer su visión de un mundo donde sólo los fuertes sobreviven.

Yo, como Mafalda, quiero que paren el mundo para bajarme; bajarme en Punta Mita con mi Unagi, zumbarme una margarita y un pescado zarandeado, o quedarme en Baiona y ver cómo rompen las olas en las rocas gallegas llenas de percebes. Que se calme todo el mundo, no tengo ganas de guerrerar.

Feliz domingo.

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