Como la vida misma

La historia, la literatura y el cine han contado lo que sucedió en el campo de concentración de Auschwitz.

“El trabajo os hará libres”

Esta semana se cumplieron 80 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia. La conmemoración fue un recordatorio para el mundo entero. Todavía quedan algunos sobrevivientes y me parece imprescindible que esas voces no se apaguen. La barbarie que azota nuestra memoria es cruel, pero no debemos dormirla en el olvido. Los seres humanos somos proclives a repetir nuestras estupideces y, sin duda, ésta fue una de las más grandes que hemos cometido. Un millón cien mil muertos. Esa cifra basta para dimensionar la locura que se vivió dentro de aquellos muros. La historia, la literatura y el cine han contado de mil maneras lo que sucedió allí, y aun así, cuesta creerlo. Tanto, que el propio pueblo alemán de la época se negaba a admitirlo; les parecía demasiado monstruoso para ser cierto. Pero lo fue. Mi pregunta hoy es: ¿qué hemos aprendido? ¿O seguimos siendo los mismos animales, disfrazados de civilizados?

Es difícil de comprender que un pueblo culto como el alemán haya caído en las garras de un populismo criminal. ¿Cómo fue posible que compraran la falacia de la superioridad racial y siguieran a un psicópata que acabó volándose los sesos cuando se sintió acorralado? Pero somos reacios a aprender. Esta historia de exterminio no nos la han contado lo suficiente porque seguimos jugando al filo de la línea, a punto de caer en atrocidades similares. Hoy triunfan, otra vez, los populismos de distintos colores. Cada vez se polariza más el mundo y estamos a merced de locos: tan rojos como el amo de Corea del Norte o tan de extrema derecha como el nuevo patrón de la “América libre”. Da miedo.

Arbeit macht frei. ¡El trabajo os hará libres! Menuda ironía. Maldito engaño. Esas eran las palabras que daban la “bienvenida” al campo de exterminio. El recuerdo no es suficiente, el riesgo de repetir otro holocausto sigue vivo.

Este lunes, cuatro sobrevivientes dejaron un testimonio vibrante: Marian Turski, Tova Friedman, Janina Iwanska y Leon Weitraub. Ellos hablaron, no sólo de los horrores que vivieron, sino también de las lecciones que la humanidad parece haber olvidado. Que retumben en nuestros corazones sus palabras para que no exista nunca la más mínima posibilidad de caer en otra locura como aquella. Marian dijo algo que se quedó grabado en mi mente: “No fue un rayo que cayó del cielo; fue un proceso lento, paso a paso. Si permitimos pequeñas transgresiones, dejamos la puerta abierta a cosas peores”. ¿Cuántas transgresiones estamos permitiendo hoy? El discurso de odio crece en las redes sociales, los prejuicios resurgen y las minorías vuelven a ser el blanco. Nos estamos adormeciendo otra vez.

El holocausto nos enseñó hasta dónde puede llegar la maldad humana cuando la indiferencia y el odio se combinan. Pero también nos dejó una advertencia que parece difuminarse en el tiempo: la de no subestimar las pequeñas señales de peligro. Auschwitz no se construyó de la noche a la mañana. Fue el resultado de un proceso que comenzó con palabras y terminó en hornos crematorios.

Hoy, los populismos explotan las frustraciones y los miedos colectivos. Nos dividen, nos enfrentan y nos llenan de resentimiento. La polarización es el nuevo combustible del odio. Y mientras nos peleamos entre nosotros, los verdaderos responsables se enriquecen y perpetúan su poder. Da igual si son rojos o azules, izquierda o derecha; la estrategia es la misma: dividir para reinar.

Quizá hoy yo suene pesimista, pero no lo soy. Es un llamado a la memoria y a la acción. No podemos darnos el lujo de olvidar, porque el olvido es cómplice del horror. Tenemos que educar a las nuevas generaciones para que entiendan el valor de la empatía, el respeto y la diversidad. Y sobre todo, tenemos que aprender a reconocer las pequeñas transgresiones, antes de que sea demasiado tarde.

Es miércoles, la tarde se acomoda para una sobremesa bien conversada, hace muchísimo que no me tomo un brandy, pero hoy le dejaré caer a mi cuerpecito serrano la alegría de un 1866, no es cuestión de merecerlo, simplemente siento que me caerá bien. A votre santé.

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