Como la vida misma

¡La base de un cerebro sano es la bondad! Hoy es Navidad. Me nace felicitar a mis seis o siete lectores desde el corazón y, una vez que reciban mi sincero deseo de alegrías y de paz, voy, si me lo permiten, a lanzarme de lleno, porque me parece un buen día para hablar ...

¡La base de un cerebro sano es la bondad!

Hoy es Navidad. Me nace felicitar a mis seis o siete lectores desde el corazón y, una vez que reciban mi sincero deseo de alegrías y de paz, voy, si me lo permiten, a lanzarme de lleno, porque me parece un buen día para hablar de la bondad.

La bondad es el cenit de la inteligencia. La bondad trasciende, más allá de su percepción abstracta, exactamente en el instante en el que la inteligencia se sorprende de lo que puede hacer por sí misma.

Llevo tiempo trabajando en un ensayo sobre la bondad, para ello he tratado de documentarme y, aunque todavía estoy lejos de estar conforme con el trabajo, se va perfilando y encuentro ya algunas pinceladas medianamente rescatables. Cabe decir que, además de las fuentes consultadas, mi texto descansa sobre mis experiencias personales; lo que bien puede restarle valor académico, pero le confiere realismo y verosimilitud, comprobada en mi propio recorrido vital.

Hay una entrevista que leí en La Vanguardia, con el profesor Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva, y que está interpretada por José Miguel Valle; de ella tomo párrafos que, creo, ilustran mucho sobre el complejo mundo de los afectos y la bonhomía.

Davidson se despacha a sus anchas con este comentario: “Suelo definir la bondad como todo curso de acción que colabora a que la felicidad pueda comparecer en la vida del otro. A veces se hace acompañar de la generosidad, que surge cuando una persona prefiere disminuir el nivel de satisfacción de sus intereses a cambio de que el otro amplíe el de los suyos, y que en personas sentimentalmente bien construidas suele ser devuelta con la gratitud”.

Y sigue diciendo: “En la arquitectura afectiva coloco la bondad como contrapunto de la crueldad (la utilización del daño para obtener un beneficio), la maldad (ejecución de un daño, aunque no adjunte réditos), la perversidad (cuando hay regodeo al infligir daño a alguien), la malicia (desear el perjuicio en el otro, aunque no se participe directamente en él). La bondad liga con la afabilidad, la ternura, el cuidado, la atención, la conectividad, la empatía, la compasión, la fraternidad; todos ellos sentimientos y conductas predispuestos a incorporar al otro, tanto en las deliberaciones como en las acciones personales. Se trataría de todo el aparataje sentimental en el que se está  atento a los requerimientos del otro”.

La amabilidad es aquella acción en la que tratamos al otro con la bondad y la consideración que se merece toda persona por el hecho de serlo. Intentar colmar nuestros propósitos, pero teniendo en cuenta también los del otro, es una conducta muy sabia para que los demás la repliquen cuando seamos nosotros los destinatarios del curso de acción.

Me resulta fascinante tan sólo asomarme a todo lo que el tema de la bondad puede abrir en el estudio de los seres humanos y sus inteligencias. Esto me hace pensar que hay tema, que la masa está dada y que, aunque me será difícil conseguir el punto exacto para lograr el objetivo de hilvanar una ensayo coherente, complejo, apasionante, al menos no podré quejarme por falta de sustancia. El reto está servido y me emociona. Lo peor que puede suceder es bajar su nivel de ambición por el camino, conformarme con algo menor o desecharla y escribir de otra cosa.

Algunas personas presumen incluso de su capacidad innata para parecerse a Cruella. Son inteligentes, mucho, y sé que saben que esa autodefinición es sólo un mecanismo defensivo para que su bondad manifiesta no le baje la guardia a su corazón afable. Salvo una excepción antigua, que no mencionaré porque sería darle un lugar que no merece, no hay ni ha habido nunca personas malas en mi mundo cercano; y los que tenemos dudas no hacemos con ellas otra cosa más que comprobar la intención firme de querer ser mejores y, por ello, nos sentimos obligados a trabajar en nosotros mismos.

Hoy es un día perfecto para ser buenos. Si ya lo son o suelen serlo, dupliquen la dosis y si, como yo, dudan de sus propias bellezas emocionales, entréguense, quien más da suele ser el más feliz. Buena Navidad.

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