Como la vida misma

Vienen a saludarme en mi ensoñación infinidad de seres que cruzaron alguna vez su camino con el mío y dejaron una huella

¡VIENEN BUENOS TIEMPOS!

El tiempo vuela fue la versión hispanoamericana de la famosísima Time is Tight del grupo Booker T. & the M.G.’s. Esta canción me lleva a mis años de adolescente, con ella daba principio y también finalizaba el baile de los domingos allá en el pueblo de mi padre en el corazón de la Galicia más profunda. Es tal la claridad de mi memoria en este rubro que tengo presente hasta el nombre del grupo, Nuevos Ritmos de Leiro, y el de su dueño, saxofonista y cantante, Antonio Mirra. En realidad, no tiene para mis seis o siete lectores más importancia que aquella de constatar que soy un empedernido melancólico y que, ya tan cerquita de la Navidad me pongo sensible y mezclo y confundo la alegría eufórica de las lucecitas y los villancicos, las risas de mis nietos y la emoción de mi Unagi con la ternura tristona de muchos de mis recuerdos. Hago un barrido a fondo por mis remembranzas y compruebo con diáfana claridad que tengo mis años y que ocupan mi atribulado cerebro un montón de añoranzas de personas ya idas. No sólo de las cercanas, de mi nena o de mis padres, de mis tíos y algunos primos, de mi hermanito nonato y algún amigo íntimo, no, no sólo ésos, vienen a saludarme en mi ensoñación, infinidad de seres que cruzaron alguna vez su camino con el mío y dejaron una huella como para que ahora los tenga presentes. Es lo que tienen estas fechas, se nos eriza la piel, como dice el poeta y nos dejamos envolver en ese estado de dulzura apelmazada y se nos llenan las ganas de abrazar y perdonar, de pedir perdones y olvidar, de terminar el año sin hard feelings y tratar de comenzar el que viene con el corazón limpio y el alma llena de ilusiones. Llámenme romántico, soy soñador y trato, aunque no siempre tenga éxito, de ser bueno y también perdonarme a mí mismo para no acusar la pesada carga de los rencores vacíos.

Creo que no tengo enemigos, habrá más de cuatro que me consideren un imbécil, algunos apostarán por mi falta de modestia y calificarán mi estilo como el de un chulo irredento y pedante, puede que tengan razón, pero también es bueno decir que me importa muy poco porque yo me caigo bien y pienso que no soy tan despreciable. No tengo mala vibra para nadie y no tengo rencores o malos deseos contra ningún individuo o individua. Ya si alguno siente que se la debo, está en un problema de falta de parejura, pues yo no lo quiero mal. Lo juro.

La Navidad es la fiesta cristiana, católica en mi cercanía, que más me gusta, al fin y al cabo, es la celebración de un cumpleaños, más allá de la idea o creencia que cada uno tenga sobre Jesús, es indudable que su imagen es la de un rebelde bueno, de buena entraña, de inmejorable corazón, vamos, un tipazo, creas o no creas que es Dios.

El capitalismo se ha encargado de sacarle brillo y a costa de su historia nos han vendido un cuento lleno de personajes carismáticos. El bonachón de Santa, sus renos voladores, los duendes, y los reyes de Oriente… todos colaborando a aumentar las ventas y hacer de la temporada un buen momento para cerrar el año comercial. Sin embargo, aún en los más reacios, aun en los grinch como yo, por más que nos empeñemos en racionalizarlo y enfriarnos, sucumbimos ilusionados y enternecidos por la sonrisa de los niños y la emoción de los regalos, los abrazos y las reuniones para dejar patentes nuestros cariños y nuestras devociones.

Hace tres días terminé una novela de John Grisham, Una Navidad diferente, algo extraño me sucedió al leerla, me iba gustando cada vez menos, pero no pude dejarla hasta que la terminé, no es una de mis recomendaciones, puedo incluso concluir que es mala, pero algo debe tener para haberme atrapado desde la primera página.

Es domingo, quedan dos semanas para rematar este 2024, para mí un año extraño, maravilloso en algunos aspectos y zafio en otros. En lo más importante muy bueno, llegó mi nieta Noa, estamos todos con salud, mi Unagi se me afianza en las entretelas como un broche primoroso que me alegra los días, mis hijos progresan y son felices; vamos, que lo negativo no vale ni la pena mencionarlo. Bonito día y ya empiezo con esta letanía aburrida de parabienes… ¡Feliz Navidad!

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