Como la vida misma
Compartimos gustos y los dos hemos ido aprendiendo con el otro de ópera, el cine, los libros...
La cúspide es egoísta
Cuando se obtiene el máximo nivel de felicidad al procurar esa sensación en el otro; cuando el nivel de egoísmo asociativo llega a la cúspide de fusionar las felicidades en una misma y única, cuando esta ecuación equivalente se puede aplicar a la alegría o al placer, estamos ante el clímax del amor. ¿Cuál es el límite?
¿Qué puedo hacer para que seas más feliz? Sea cual sea la respuesta tiene que pasar forzosamente por algo que me haga también feliz a mí, si no es así, estoy jugando con la abnegación, y ésta es siempre renuncia. Tarde o temprano se vuelve esfuerzo y cansa, y el cansancio lleva a la monotonía y al final del placer y de la relación.
Si a mi pareja le fascina la observación mística de los pájaros del bosque septentrional y goza la ornitología a niveles cuasi patológicos, estoy en la obligación de intentarlo, debo acompañarla al menos una vez y poner todo de mi parte tratando de encontrar sus razones de gusto y felicidad. Si lo logro y soy capaz de entrar en su fascinación y descubro el emocionante equilibrio simbiótico de nuestras expediciones al monte en amaneceres invernales, habremos encontrado un puntito egoísta al reconocernos gozosos de la misma experiencia. Si, por el contrario, aun intentándolo entro en un catártico sopor y sufro, es ella quien debe pedirme que no vuelva, es ella quien debe comprender que aun con mi mejor intención no encontré divertimiento en su afición. Ella podrá ir y deleitarse extasiada observando a los urogallos y yo me quedaré a esperarla teniéndole a punto su enorme taza de café colombiano y sus galletas de jengibre favoritas. En este ejemplo exagerado es fácil encontrar los lineamientos, su insistencia en que la acompañe es egoísmo vacío y acabará por dañar nuestros momentos de armonía. La más mínima pretensión de mi parte para que ella deje su afición sería egoísmo interesado, machista y zafio.
Esta extraña comparativa con la ornitología puede aplicarse a la lectura, al cine, al teatro o incluso al deporte. La Unagi, que no es perfecta, gusta de apoyar al América, sin llegar al aborrecimiento que me causa el Madrid, estos de Coapa tampoco me encantan, entonces, acepto su gusto, opino poco, y si tengo que ver un partido ya logré alegrarme más por ella si ganan de lo que me molestaría en condiciones normales. Me estoy volviendo indiferente a su equipo, es por amor, pero no me cuesta. Esto mismo, si le fuera al Real de Madrid no sé si podría tolerarlo, obvio no, y quizá el futbol tendría que desaparecer de nuestras vidas. Ahí habría que valorar si la relación lo amerita. Vamos, creo que sí, sólo exagero para dar dramatismo a mi texto. O, no. Ya no estoy tan seguro.
Compartimos gustos y los dos hemos ido aprendiendo con el otro, la ópera, el cine, el teatro, los libros, museos, viajes, gastronomía. He ido a retiros de yoga, lo juro, sólo ver su felicidad contagia la mía y los he disfrutado. Nos gusta caminar, ella es más rápida, estoy seguro de que me espera por no hacerme sentir un caracol y también acaba por disfrutar nuestro ritmo. No come carne, yo sí, pero la evito lo más que puedo en su presencia, no me lo pide, es un gesto mío de deferencia. Tampoco ella se atiborra de probióticos por amargarme los chilaquiles o el huevo estrellado.
La importancia está en negociar, cedo un poquito y tu cedes otro tanto, por eso hay que hablarlo todo, y hay una serie de negociaciones que no necesitan llegar al sacrificio, pero sí al placer de hacerla feliz con algo que a mí no me mata, empecé por tolerar ver La Voz, ahora ya me gusta. Escucho toda su música y, además de aprender, rejuvenezco, ahora ella disfruta a Serrat y a Aute y a los cantautores que a mí me encantan. Afortunadamente a los dos nos parece insufrible Arjona y no lo escuchamos nunca, a cambio podemos hacer un México-Guadalajara sin salirnos de Mahler, Beethoven, Mozart y, por mí, ella es capaz de fumar y disfrutar un disco entero de Pau Casals o de Jacqueline du Pré.
Por cierto, nos estamos chutando una novela gallega que pinta muy bien, de Susana Fortes, lean Nada que perder, está guapa. Feliz domingo.
