Como la vida misma

Los de más de 60 años nos sentimos a gusto en la fiesta de vivir y estamos por la labor de encontrarle los rinconcitos que nos estimulen.

Sexalescencia... La corrección del chavorruco

Leí el artículo del doctor Manuel Posso Zumárraga, este ecuatoriano vino a confirmar la triste necedad gubernamental de enfadarse con todo el que no piense como la 4T. Decía Posso en su publicación que la sexalescencia es una nueva clasificación de la edad, coincido en que hemos erradicado el término sexagenario y nos molesta esa tendencia a vernos como adultos mayores o tercera edad. Los que hoy tenemos más de 60 años estamos entusiasmados con la vida, más o menos conformes con lo que hemos caminado, pero ansiosos de seguir avanzando. No nos asustan las nuevas tecnologías, manejamos el iPad, el teléfono inteligente, la computadora y, ya puestos, tenemos amistad cercana con la inteligencia artificial, especialmente con ChatGPT.

Los de más de 60 nos sentimos a gusto en la fiesta de vivir y estamos por la labor de encontrarle los rinconcitos que nos estimulen. Nos gusta viajar, comer bien, manejamos con solvencia la soledad, pero nos abrazamos felices cuando encontramos almas afines. Nos falta la explosión hormonal de la adolescencia, pero somos también una nueva y poco explorada novedad demográfica. La mayoría hemos vivido vidas más o menos satisfactorias, nos sentimos bien, estamos alertas y enfocados a estirar los años y sacarle el máximo provecho a la experiencia. Admiramos la belleza y le hemos encontrado nuevos patrones, ya no sólo cuentan las piernas torneadas o la cintura de avispa, no es tan determinante el color del pelo o la firmeza de los músculos, el cerebro se reconoce como el más erótico de los órganos y el más sugerente y adictivo. Benditos los que encuentran la combinación fantástica, aunque la pura inteligencia se valora mucho, tanto que se vuelve imprescindible para empezar una nueva relación.

Trabajamos en lo que nos gusta o estamos en la línea divisoria del trabajo divertido y la jubilación provechosa, nos sigue emocionando el sexo y jugamos mucho más en territorios de calidad y, ya un poco menos en cantidad. No nos escondemos ante nuevas experiencias y, por lo general, sabemos lo que queremos en cada espacio y en cada momento.

Para acabarla de encantar, algunos somos doblemente privilegiados y nos hacemos acompañar de personas más jóvenes que no necesitan esta explicación para encontrarse con ellas mismas y son libres y soberanas, autosuficientes y hermosas, lógicamente brillantes y capaces. Sabe bien quien me conoce que hablo de la Unagi.

Los sexalescentes conocemos los riesgos. Ya no lloramos cuando perdemos, sólo reflexionamos, apuntamos la lección, y tratamos de aplicarla en la próxima. No tenemos envidia por la apariencia de los más jóvenes, conocemos el valor de la complicidad y cómo se expresa con una simple mirada. Hoy los de nuestra edad estamos bien físicamente y mantenemos expectativas para muchos años de vida, lo que nos anima a volver a planear, volver a entusiasmarnos, a soñar, a tener anhelos y metas por cumplir.

A veces, esta fuerza interior, como a los adolescentes, también nos descompensa un poquito y nos hace perder piso por apenas unos centímetros, lo que nos lleva a actuaciones y demostraciones un tanto horteras, de ahí el pánico que tenemos la mayoría a ser vistos como chavorrucos, a actuar y pretender ser lo que no somos. Me siento joven, correcto. No soy un viejo, pero tampoco soy un muchacho. Soy un señor y no quiero que se confunda esta premisa, ya sé hasta dónde, ya sé cuándo y ya sé con quién.

Una cosa no quita la otra, no tengo tarjeta del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam) del gobierno, es un error renunciar a los beneficios, un día de éstos he de plantearme ir a tramitarla. Debería ser innecesaria, la identificación del Instituto Nacional Electoral (INE) tendría que ser suficiente. Bueno, es miércoles, ya me estoy frotando las manos, el 19 arranca el Tour de cine francés. Estaré atento para no perderme ninguna. Y puesto a recomendar, estoy digiriendo un libro que me recomendó mi hermano Mario: Lo único importante, de Xavi Cañellas. Es un canto a la felicidad. Seamos felices, pues. Feliz día.

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