Como la vida misma

Los populistas, que lo saben, prefieren pueblos iletrados porque son fáciles de manipular y controlar.

¡El arma más poderosa!

Nelson Mandela dijo “la educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo”. ¿Será tan difícil de entender? Es que somos de pena; la fórmula es simple: el conocimiento es la base. A mayor educación, menos adoctrinamiento, más rebelión interna, más necesidad de saber, de vivir mejor, de reafirmar la autoestima, de poner en valor la dignidad y con ella, las ganas de ser autosuficiente, de no depender de dádivas, de no someterse ante nadie. Ni siquiera ante Dios.

En el ámbito comunitario no hemos encontrado un mejor sistema de ordenamiento civil y social que la democracia. Se acaba de morir Paul Auster, casualmente su muerte me pilló leyendo Leviatán, ¡menudo libro! Perdonen mi voluntaria ampliación, me pasa a menudo, me enrollo como persiana y me voy por los cerros de Úbeda. Este polifacético neoyorquino decía “para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión”. No es perfecta, pero siempre es mejor que la dictadura. Aunque, donde hay ignorancia no puede haber democracia. De ahí el significado de la educación. Cuando una mayoría ignorante decide el poder, simplemente porque son más, no suelen elegir lo mejor. Los populistas, que lo saben, prefieren pueblos iletrados porque son fáciles de manipular y controlar.

En el aspecto personal, puestos en la individual lucha por la felicidad, el conocimiento es una herramienta maravillosa, un diferenciador que permite el disfrute de la vida desde la visión documentada, desde el discernimiento y la capacidad de analizarla, de seleccionar los placeres y despertar la capacidad de apreciar la belleza. Del conocimiento se desprende el amor por el saber. El genial Nietzsche hablaba de la sencillez y la naturalidad como el fin supremo de la cultura. Aterrizando mi concepto desde esa naturalidad que presumía el filósofo, pongo un ejemplo práctico: apreciar, valorar y disfrutar un buen tequila, exige conocer de tequilas, haber probado varios y haber leído o hablado con expertos sobre su producción, comercialización, añejamiento y después, llegar a la lucidez de distinguir unos de otros, formarse el propio criterio y disfrutar los encuentros con la calidad que previamente se aprendió. Si eso pasa en la llaneza de una bebida tan mexicana y popular; llevémoslo ahora a un libro, a la ópera, al cine, al teatro, a la arquitectura, a un cuadro o una obra escultórica. La educación, al fin y al cabo, es un potenciador de los gozos, y uno de los más grandes es llegar a tener la serenidad de escuchar al que sabe, entrar en los humedales de su conocimiento y absorber en nuestro beneficio. Negarse a esa evolución personal es de un conformismo tan mediocre que nos hace pensar que ya sabemos suficiente o que no hace falta más. Si analizamos el “yo solo sé que no sé nada” de Sócrates, ya estamos empezando a comprender de qué se trata el juego.

Y ahora la parte más dulce: a primera vista pareciera un calvario escalar en la cuesta de la sapiencia y, es todo lo contrario, porque uno de los gozos mayores es ir descubriendo día a día, todo lo que nos falta por descubrir y lo mucho que va cambiando nuestra vida y nuestra percepción de nosotros mismos cuando aprendemos algo nuevo. Tampoco hay que comprarlas todas, de ahí el derecho y la libertad de no estar de acuerdo. Por ejemplo, la mayoría de mis maestros de narrativa ponen a James Joyce con su Ulises, en la cima de la literatura; la primera vez que la intenté leer me pareció una obra por encima de mi capacidad de comprensión, la segunda vez me pareció difícil y, en la tercera, la terminé por orgullo y, ahora expreso mi opinión con libertad y algún conocimiento de causa, Ulises, para mí es una novela sobrevalorada e infumable.

Es domingo, buen día para aprender algo, se me antoja echarme un café con mi amigo J.B. un hombre entrañable, un veterano que quiero escuchar y disfrutar un rato; me divertiré y aprenderé algo nuevo. Seamos felices, un libro también es siempre un buen compañero. Feliz día.

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