Como la vida misma
Nacido en Apulco, Jalisco, Juan Rulfo, para mí, es el mejor escritor mexicano de todos los tiempos.
Ayer por casualidad releí Pedro Páramo
Juan Rulfo era un hombre de estilo minimalista, esa humildad que abrazaba como bandera y signo de su personalidad hace que los que lo reconocemos, admiramos y no nos cansamos de beber de su conocimiento y de su estilo, los que hemos disfrutado leyendo y releyendo su obra, tan mínima en cantidad como inconmensurable en calidad, nos veamos obligados, por respeto, a ser también parcos y concisos en nuestras definiciones para aludirlo. Pretender, como estoy haciendo en mi novela, colgarme de su realismo mágico, intentando emular su grandeza en un cuento de mi autoría, es ya un atrevimiento que, si bien lo disculpa en parte la buena intención, puede incurrir en un pecado literario que no alcance el perdón en ningún comité medianamente constituido. Dentro del intento, estoy tratando, además de traerlo al presente e imaginar cómo escribiría el maestro si fuesen hoy sus días, si aquel México de los cuarenta se cambiase ahora, por el de la segunda veintena del nuevo siglo. Rural, sí, todavía, pero con un aire más influenciado por la apertura a otras realidades. La aventura está resultando un reto precioso y así lo asumo.
Juan Rulfo, para mí el mejor escritor mexicano de todos los tiempos, nacido en Apulco, Jalisco, en 1917 y fallecido en la Ciudad de México en 1986. Uno de los más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX, cuya obra ha sido una influencia clave para muchos escritores posteriores. Rulfo creció en una familia campesina y trabajó en el campo durante su juventud. En 1945 se trasladó a la capital del país, donde comenzó a trabajar como agente de viajes y, más tarde, como guionista de cine. En 1953 publicó su primera obra literaria, El Llano en llamas, una colección de cuentos sobre la vida en el campo mexicano que recibió una gran acogida del público y la crítica.
Sin embargo, la obra más conocida de Rulfo es su novela Pedro Páramo, publicada en 1955. En ella cuenta la historia de Juan Preciado, quien viaja a Comala para encontrar a su padre, Pedro Páramo, y descubre una ciudad fantasmal llena de personajes muertos. Este primer párrafo ya permite intuir la grandeza que nos espera al abordarla.
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. ‘No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte’. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría y, de tanto decírselo, se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”.
La obra es considerada una obra maestra del realismo mágico y ha sido comparada con novelas de otros grandes escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier, Elena Garro, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges, todos ellos magistrales exponentes del movimiento llamado lo real maravilloso y, también, realismo mágico.
La misma noche que le regalaron la novela Pedro Páramo a Gabriel García Márquez la leyó dos veces.
Yo ayer me la chuté en cuatro horas. Así enamora Rulfo, así marcó influencias imborrables. Otra anécdota divertida y no falta de ironía sobre el autor explica que cuando concluyó sus dos obras abandonó la literatura para dedicarse a la fotografía. Pues bien, ante la infinidad de ocasiones en que le preguntaron por qué había tomado tal decisión, el escritor explicó que el abandono se debía a la muerte de su tío Celerino, quien le platicaba aquellas historias fantasiosas mientras ambos recorrían pueblos emblemáticos de México. ¡Menuda fuente, don Celerino! Es miércoles, yo no tengo un Celerino, pero me nutro de vivir, de intentar disfrutar y de compartir mis vivencias con personas maravillosas.
Leamos, ayuda tanto a sacudirse lo güey. Bonito día.
