Como la vida misma
Vengo de un fin de semana en Yucatán y aún saboreo en los recuerdos sus colores y sus sabores.
- Vengo de un fin de semana en Yucatán y aún saboreo en los recuerdos sus colores y sus sabores.
Mejor no te pongas a prueba...
Entre el refranero mexicano, los dichos de mi infancia y aquellos destellos de sabiduría popular ya reflejados en la literatura del Marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita, Miguel Ángel de Quevedo o el mismísimo Cervantes, un par de argumentos quedan claros como enseñanza básica de ese acervo, en primer orden: “jamás escucharás a un idiota quejándose de su idiotez", lo que explica claramente que, aun habiendo tantos, nadie se asume pendejo. Y el segundo, colmo del pesimismo, es aquella brutal realidad: “no hay desgracia, por grande que sea, que no pueda haber una peor".
Por eso, no se puede retar al destino, todo puede ser peor, digo esto cuando aterrizo en la CDMX y enciendo la radio para ver cómo andan las cosas después de dos días de desconexión, la fritanga es la misma, más muertos, más desaparecidos, más líos y más tristezas, los casos no han variado mucho, la verdad histórica es la mentira de siempre, el aeropuerto huele mal y la gente está enojada. De la calma que se respira en Mérida pasamos a la tensión enfadada de la capirucha. Me intereso por saber qué se dijo en mi ausencia, me pregunto por qué en las miles de horas de mañanera se hace tan poca publicidad a la belleza real de nuestro país, nunca oigo nada positivo más allá de chistes bobos o algún falso logro de esta administración; en la retahíla de tragedias y mentiras tan sólo nos recetan amenazas y, cuidado, ahora están enojados, por eso digo que todo puede empeorar.
Vengo de un fin de semana en Yucatán y aún saboreo en los recuerdos sus colores y sus sabores, traigo instalada en la memoria de mi paladar la dulzura cómplice de una nieve de mamey en la heladería Colón, de Paseo Montejo, y el picor sabrosón de la salsa de habanero sobre la cochinita, retengo en mi retina luces y brillos mayas, traigo la transparencia profunda del cenote de Mucuyché, me bañé en sus aguas cristalinas y en mi piel se afianzaron la música y la gentileza de sus habitantes, la vasta cultura de Aké, el guía profesional que nos enseñó la hacienda, qué lujo de señor, qué preparado; hablan más suave, tienen menos prisas y, sin negarse al progreso, viven en un ritmo más cadencioso.
Este México nuestro lo aguanta todo y, de ahí nos hemos colgado para intentar darle en la madre, aunque, de momento, no lo hemos logrado, no del todo. Ayer leía sobre las elecciones en Argentina, que están en similar situación, decían que en 1900 fueron el país más rico del mundo y hoy están muy por debajo de la mitad, de los años transcurridos entre una medida y la otra, casi 100 han estado bajo gobiernos populistas, asusta escuchar al libertario Milei, asusta porque se ve fanatismo en sus ojos y una determinación que me hace sospechar de un giro vertiginoso con resultados muy inciertos, pero, si yo fuera argentino, creo que votaría por él. Me da más miedo la casta actual. Yo que me declaro abiertamente de centro izquierda y que soy partidario de la social democracia, que creo en el derecho a la sanidad y la educación gratuita y universal, que admiré a Olof Palme, que disfruté la entrada de Felipe González en España. Soy rojillo de bohemia y calzo la trova de Milanés o a la de Silvio, amo a Serrat con las letras de Miguel Hernández y de Machado, disfruto a Chava Flores, confieso que mi fiereza roja casi se termina ahí, en el desgarro de un canto de Atahualpa, en la belleza de un poema con aires igualitarios; pero en la vida práctica, creo en el trabajo y en el derecho a disfrutar del mérito, en la belleza del sueño y la ambición de conseguirlo. Hoy, hablar de izquierdas o derechas me parece muy manido, artificial y con fronteras poco definidas, pero es cierto que no todas las necesidades deben originar un derecho, nada es gratis y para un programa social o una ayuda, la que sea, alguien tiene que pagarla, generalmente la clase media, cada vez más maltratada y menos respetada por el propio gobierno que dilapida nuestros impuestos.
Más Yucatán en mi alma, Voy a apagar la luz… con el maestro Manzanero. Bonito miércoles.
