Como la vida misma

Actualmente, cualquiera puede molestarse por mi percepción de lo masculino o de lo femenino

MI LADO FINO NO ESTÁ TAN FINO...

Vale la pena conocer la sensibilidad que nos habita, intentando un mayor autoconocimiento. Hablando de esa dualidad, a mi juicio, todos deberíamos interiorizar cuáles son los límites en los que nos sentimos cómodos. Seguramente tenemos en nuestra personalidad una parte masculina y otra femenina, aunque partamos para determinarlo de no pocos tópicos. Saber cuáles son los atributos femeninos que creo ver en mí me ha resultado un reto interesante; aclarando que admiro muchas cualidades femeninas que, seguro, no tengo. Hoy, hasta esto es delicado, porque cualquiera puede molestarse por mi percepción de lo femenino o de lo masculino y no faltarán las voces que me exijan otros puntos diversos. Me extenderé otro día con mi opinión sobre “género”.

Reconozco en mí una sensibilidad romántica, una mirada que me lleva a la dulcificación de los términos y los gestos ordinarios e incluso a estratos más altos que rozan la cursilería. Quienes mantenemos claros devaneos con el arte y gustamos de la literatura, la pintura, el teatro, el cine y, en general, nos declaramos abiertamente amantes de la belleza, tenemos, al menos en gusto, una cierta inclinación femenina; eso me enorgullece, me produce especial placer y me congratula con el género. Por contra, escapa completamente a mis capacidades la vertiente multifuncional de las mujeres, esa manera casi natural con la que emprenden y resuelven más de tres cosas a la vez, me declaro incompetente y “masculino” en ello.

Lloro con muchas películas, me solidarizo con la fatalidad de los animales, perros, gatos, tortugas y no encuentro gracia en la tauromaquia, que me parece machista y anacrónica; le copio al maestro Borges para decir que los toreros son bufones cobardes. Aquí ya no sé si calificar estas maneras como femeninas, pero conozco a más mujeres que hombres que piensan así.

Vengo de un hogar con la estructura machista de la época, donde papá era el proveedor y mamá una especie de esclava cenicienta, adiestradora de fieras y exigente. Sin embargo, en su mentalidad no cabía que sus hijos hicieran camas o lavaran trastes y, eso, además de hacernos muy señoritos, nos convirtió en machos potenciales. Heredé de ella esa dualidad tan femenina de pasar del coraje duro al beso y al abrazo, sin guardar rencor y con una enorme disponibilidad para pedir perdón y para perdonar.

Admiro la elegancia con la que manipulan a su favor dejándonos sentir que somos quienes controlamos, aplaudo la inteligencia y la intuición, la devoción por sus causas y la perseverancia, la fuerza que pueden esconder tras una lágrima, la abnegación con la que aman, la paciencia con la que han tolerado siglos de abusos. Aplaudo la rebeldía de hoy, la firmeza con la que defienden sus derechos, la búsqueda constante de la igualdad de oportunidades, la idea decidida de cambiar el mundo y la manera cada vez menos sutil con la que inculcan este nuevo pensamiento en sus hijas. Hoy, una niña de ocho años tiene más consciencia de su papel como mujer que muchas señoras que vivieron bajo el yugo de unos padres limitantes y hasta castrantes o de un marido macho y controlador.

Siempre he sido feliz rodeado de mujeres, entrañables amigas y maestras. Desde el más profundo respeto diré que no soy inmune a la belleza y que también estoy y he estado siempre en compañía de mujeres hermosas, valga aquí decir que no sólo me refiero a la guapura interior, sino a la cautivadora mirada de unos ojos brillantes, a la regia presencia de una mujer con un porte elegante, a la lozanía de un cuerpo ejercitado, a unas piernas bien torneadas, a una sonrisa que desarma y, ya al margen de mi atrevimiento, complementaría siempre el cuadro con reconocer la grandeza de una cabeza bien amueblada. Nunca me he planteado cómo sería mi vida si hubiese sido mujer, pero quisiera pensar, sin falsa modestia, que podría haber estado a la altura de algunas de las que tanto admiro. Feliz miércoles, disfrutemos.

Temas:

    X