Como la vida misma
Hablar de belleza me lleva a las letras, ese refugio gozoso, ese reducto donde se encuentran ratitos de paz que, éstos sí, ahuyentan la tristeza.
LA MÍSTICA DE LA TRISTEZA...
En la tristeza encuentra el creativo un campo fértil para explorar su inventiva, para desarrollar una historia o un relato. Mis más escondidos poemas, mis textos más potentes y desgarradores, ésos que, seguramente no verán nunca la luz, porque creo que no deseo compartirlos con nadie, son sólo para mí, para relamerme las heridas en el dolor y paladearlos hasta con un pequeñito acento masoquista; letras que nacieron en momentos muy jodidos de mi vida, casi siempre relacionados con una pérdida, una muerte, una enfermedad, un desamor.
Hoy estoy un poquito chipil, sólo un poquito, influenciado por Gueorgui Gospodínov en su genial novela Física de la tristeza, traigo también una desazón global, un ramilletito de aflicciones que se agolpan en mi cabecita y me impulsan a compartirles esta mirada. Me aqueja un dolorcillo en el pecho, un tema que, aun resuelto, deja esa especie de resaca en los labios, un saborcito amargo que no es otra cosa que la mixtura de culpas y ansiedades. Ya no hay herida, sólo una sensación de dolor fantasma que no mata, pero incomoda. Luego está la otra, ésa que me llega de una percepción colectiva.
Una serie de sensaciones extrañas: sin desear que todo el mundo esté triste, sí me gustaría que la realidad de México, que me pone tan mal, nos doliese a todos y nos obligase a reaccionar. No podemos seguir contemplando este patético espectáculo de las corcholatas infringiendo la ley con la anuencia y la complicidad del INE y del Presidente. ¿Dónde está la oposición?, ¿dónde la voz ciudadana? La justa y necesaria indignación de los pensantes, de los mexicanos de bien que aspiramos a vivir en un país de oportunidades, libertades, democracia y progreso.
Este México de hoy que no tiene nada que celebrar, no hay un solo éxito en el panorama. Lo último aplaudible fue la participación de las niñas de natación artística en Egipto y hasta la tuvieron que ensuciar con la realidad del trato y desprecio del que fueron objeto. Esta tristeza de la que hablo es ácida, producto de ver la naturalidad con la que hablamos de muertos en toda la geografía, saber que no hay medicamentos, ni atención en los hospitales, ver con pena la alimentación de nuestros niños pobres colgada de tortilla y de frijol, cuando mucho. Una tierra rica donde hay hambre, donde una caterva de locos al mando está destruyendo lo poco que sirve, empecinados en un solo objetivo, la perpetuación de sus intereses personales, sin un atisbo de visión de Estado, sólo planteamientos individuales del más cochino sentido del poder.
No, definitivamente no estoy mejorando el tono de mi artículo, contarles esto no me quita la tristeza, probaré hablando de amores, de dulzuras y ternuras, intentaré columpiarme en la belleza, porque entre otras cosas, la belleza es tan mágica que atrae a la riqueza, a la alegría y a la prosperidad. Si tienes la habilidad de rodearte de cosas bellas y, aquí no importa tanto el presupuesto, ya que es bella la simple limpieza y el orden, es bella la disciplina y el trabajo, es hermosa la amabilidad y el respeto, bueno, si somos capaces de rodearnos de belleza, la vida empieza a acomodarnos en medio de la abundancia y el éxito. Ahora sí, ya vamos mejor.
Hablar de belleza me lleva a las letras, ese refugio gozoso, ese reducto donde se encuentran ratitos de paz que, éstos sí, ahuyentan la tristeza. Ayer, casi sin querer, buscando Rayuela, para comentar una cita, me encontré en mi librero con Bestiario y no me resistí a releer Casa tomada, un cuento de apenas siete páginas, suficientes para entender la grandeza de Julio Cortázar. ¡Cómo me gusta este escritor!, cómo me camela, me envuelve y me encanta, me bajan sus textos como un escocés de pura malta de veintitantos años, es sedoso, es potente, es simple, me gusta, me gusta mucho.
Es domingo, las librerías están abiertas, abramos también nuestras mentes y seamos felices.
