Como la vida misma

Los soñadores envolvemos nuestra vida en anhelos y, si éste empieza a torcerse, mantenemos la fe.

  • Los soñadores envolvemos nuestra vida en anhelos y, si éste empieza a torcerse, mantenemos la fe.

Todos somos inocentes...

La RAE diferencia poco entre inocente, cándido e ingenuo. Todos somos algo inocentes, tanto cuando nos engañan con alevosía, como cuando decidimos con candidez dejarnos engañar. Y más cuando nos autoengañamos y fingimos demencia para no enfrentar un hecho doloroso. Los soñadores envolvemos nuestra vida en anhelos, vamos perfilando el futuro en procura de un sueño y, si este empieza a torcerse, mantenemos la fe por un tiempo, así, miramos hacia otro lado confiando que el destino acomode las piezas. En la persecución de metas, además de los escollos que podamos encontrar en la ruta, hay un peligro interno que puede sabotearlo: la obsesión. Lo dice bien el refranero: “A fuerza, ni los zapatos entran".

La ingenuidad y la obsesión firmaron una alianza maldita, la primera sigue alimentando la esperanza y la segunda la toma como combustible para empecinarse. Las personas inteligentes suelen tener un compartimento inocente en sus cerebros, bien usado es un arma protectora. Nada más zafio que no disfrutar el espectáculo del mago por querer descubrir los trucos, el placer radica en dejarse engañar y comprar la ilusión de la magia, en esa “inocencia inteligente” cabe la estrategia, sí, pero, lo que prima es la bondad. Yo soy un hombre de sueños, aunque cada día más, me ocupo de mis eternas y mis nuevas búsquedas, tanto como de mis renuncias. Me he dado cuenta que esa marea intestina debe controlarse y sólo debe liberarse si se persigue la paz interior. Ser bueno paga bien, aunque lo presumas, es preferible hacer cosas buenas y decirlas por ser indiscreto, que no hacer nada por nadie y ser reservado por fuerza.

Cuando decides que la realización de tus sueños esté compartida y participen las manos de otra persona, tienes que ser consciente del paso al vacío que das, se requiere de valentía, de una dosis de renuncia a lo individual a cambio del encuentro con lo dual, adormecer el yo, para que surja el nosotros. Pones en riesgo tu tranquilidad, cierto, te la juegas basado en la confianza, en lo que tú puedes querer y en lo que crees que puede querer el otro. Eso, en términos llanos es el ingrediente que abre la puerta del amor. Claro que, si no se le adiciona admiración, respeto y convergencia, se habrá quedado en una bonita intención. Las relaciones deben ser equilibradas, si no, sufre más el que ama más y eso no es justo. Yo, como las corcholatas, quiero el suelo parejo.

Algunas veces un mínimo error en el ejercicio redunda en una caída descomunal, especialmente en las almas sensibles. Vas al suelo aturdido y roto. Para afrontar el golpe, es necesaria una alta dosis de autoestima, sacudirse el polvo, levantarse y seguir para confiar de nuevo. Lo contrario es sumirse en la depresión y la parálisis. Y, al menos para mí, vivir confiado es la única manera aceptable de transitar esta vida. Las grandes maravillas han surgido siempre producto de la negativa a rendirse.

Hay días mejores, pero también los hay mucho peores. Mi madre, que era visionaria y pragmática, nos invitaba siempre a la prevención y el ahorro con una frase amenazante: “torres más grandes han caído”. Yo soy más positivo y apuesto siempre por renacer, me he caído mil veces y me he levantado otras mil, según esas cuentas, estoy en pie ahorita. Tengo sana mi capacidad de perdonar y mantengo la humildad de disculparme. Aquí andamos, enamorado, enmarañado en mi novela, entusiasmado con parciales en la maestría, en medio de cambios y ajustes, algo cansadito y con ganas de largarme unos días. Inquieto, me acabo de apuntar a un taller de creación en septiembre. Mientras tanto, hay que darle. Feliz miércoles… Por cierto, si pueden lean Clavícula o cualquier otro libro de Marta Sanz, es mi amiga, mi maestra en el máster y una de las mejores escritoras españolas de la actualidad. 

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