Como la vida misma
El domingo comenzó con la alerta sísmica y culminó con un concierto en el Auditorio Nacional.
¡Aquí no pasa nada!
Me despierta la alarma sísmica. En mi afán de hacerme el gracioso, cuento esto entre risas y mentirijillas más o menos cómicas o nerviosas. Que la Unagi, presa del pánico, salió despavorida y tuve que alcanzarla para recordarle que era exagerado huir a la calle desnuda. Así empezó el domingo, a ver quién es el guapo que viene y me dice “no pasa nada”.
Comíamos en el Yakumanka, eso, dicho al margen, es un lugar extraordinario, la cocina es muy buena, una selección de cebiches, un arrocito y unos picarones, un par de copas de vino; lo exacto para entonar el día pensando en cerrar después en el concierto. Una comida en familia, reunión dominguera y agradable. Hablando del temblor con mi alarde de comediante frustrado, de las barbaries de la política, de Bad Bunny, de calentar a mi cuñado con lo poco que sabe de futbol y de boberías. De repente, todo se puso gris. Dos tipos en una moto se detienen frente al restaurante y disparan un arma. Empujé a Anabel al suelo, me llevé en el viaje a Manuel, mi sobrino, y traté de la más primaria e instintiva manera de cubrir sus cuerpos con el mío, Vic y Bea hicieron lo mismo y, apenas en un par de segundos, estábamos los cinco bajo la mesa, en plena banqueta, en la colonia Roma, en pleno pinche domingo mexicano; las otras mesas hicieron lo mismo. Una escena emocionante en el cine, pero asquerosa en la vida. Sólo una turista chilena se quedó petrificada mirando, atónita, en medio de aquel susto ya silencioso. Mi carnalita le gritaba “agáchate que te van a matar”, y yo, más frío, le pedí que se callara para evitar que los sicarios se fijaran en nosotros. Me sorprendí de mí mismo, con lo sacatón que soy, tuve la sangre fría para no alterarme. Juro que no estoy presumiendo, simplemente es el callo, la asquerosa costumbre, el haber vivido siempre en esta ciudad de locos, en esta jungla entre asaltos, golpes y rateros.
Aguardamos un largo minuto agazapados bajo la mesa. “No pasó nada”, dijo alguien. Salimos, nos abrazamos y ya al menos quince policías rodeaban el sitio, patrullas a izquierda y derecha. Y los de la moto ya se habían ido. Entramos en un incómodo estado de shock colectivo. ¿No pasó nada? ¡Cómo carajos no! Pasó y pasó muchísimo, no podemos normalizar un balazo a la hora de la comida. No debemos permitirlo, porque estaríamos sentenciando un muerto para la cena. Cómo lograremos vivir con miedo. Prefiero vivir con hambre. Adoro mi tierra y soy amante de su gente, pero algo debemos estar haciendo muy mal para que se viva este desmadre, esta sinrazón cotidiana.
Miren el contraste… Salimos del restaurante y llegamos al Auditorio, el primero de muchos regalos navideños que me esperan de la Unagi. Lleno hasta la bandera. Estos no matan a nadie, le dije en la entrada, estos te dan la mano si te caes, ésta es nuestra gente, no los dos hijos de puta de la moto, ésos no. Los míos, los nuestros son éstos.
Se dejó venir el concierto, apareció la magia y la joya, la Orquesta Sinfónica de Minería, bajo la batuta de la maestra Alondra de la Parra. Inician la noche con música de Manuel de Falla, y de ahí se dan un salto a Márquez y nos regalan Nereida. Presentan a Eugenia León a Pitingo y a Buika y ponen la música de México en los palos de España, entre Amor eterno, Paloma negra, Cucurru cucú, Paloma y una Granada por bulerías, me suben este domingo, para cerrar un concierto esplendoroso con el Huapango, de Pablo Moncayo.
Divina la filantropía que hace guiños al arte. Sólo así nos perdonamos, desde el infierno hasta el cielo en esta ciudad bendita, todo en un solo día, como en la Divina comedia o como en el soporífero Ulises, para que venga algún neófito a decirme a mí “que aquí no pasó nada”.
