Como la vida misma

De todas las fiestas de origen religioso, la Navidad es la que más me gusta porque conmemora un cumpleaños y en esos casi siempre hay alegrías.

LA NAVIDAD ES UNA ACTITUD

De todas las fiestas de origen religioso, la Navidad es la que más me gusta. Aunque debo reconocer que soy un poquito convenenciero, porque también disfruto haciendo fiesta por San Miguel.

Las Navidades conmemoran un cumpleaños, y en esos casi siempre hay alegrías, y fiesta. Vengo de una familia muy pragmática, la magia de la Navidad tenía muy justas explosiones en nuestra casa, Santa Claus apenas era protagonista y los calcetines colgados en la chimenea se convertían en un anticipo de frustración, porque la pedida y anhelada Scalextric fue sustituida año tras año por ropa interior, zapatos de invierno y alguna gabardina.

Lo mejor era la cena de Nochebuena y la reunión con los primos. El olor del sofrito, a pierna al horno y a unas peritas de papa que mamá se afanaba en modelar una a una y que le costaba acumular porque mis hermanos y yo practicábamos el hurto mediante elaboradísimos planes de distracción y ataque.

El bacalao que disfruto hoy con especial deleite, me parecía una monserga a mis diez años y me recordaba el acre sabor de la Emulsión Scott que tanto odiaba y tantas veces tuve que consumir, a veces, complementada incluso con una cachetada de la jefa por mi renuencia. Bofetadas que eran cotidianas y que no escondían una envoltura de cariño en aquel afán educador de mi madre.

En la adolescencia, las fiestas pasaban con una negociación abierta con papá sobre el regalo y los merecimientos para alcanzarlo, don Miguel era generoso y sería ingrato hacer la más mínima queja, como careció de todo se volcaba en darnos a nosotros mucho y bueno. Heredé de él ese placer de regalar que me llevó a ser cuando fui padre igualmente facilón con mis niños.

Las fiestas fueron durante la infancia de mis hijos un revuelo de magia y de ternura en nuestra casa. Yo que soy de naturaleza anhelosa tuve que inventar una extraña amistad con un duende para adelantar los regalos, ya que desde la fecha de compra me carcomían las ansias de ver sus caritas cuando abrían cada caja.

Luego vinieron los malos tiempos, se apareció la tragedia y la Navidad pasó de ser alegría y regocijo a una compleja mixtura de añoranza y tristeza, tan así, que empezó a molestarme todo lo que la rodea, las luces, los villancicos, la cena, todo.

Llegué a desarrollar una rabiosa coraza, donde las felicitaciones me parecían hipócritas, las cenas tediosas y cada diciembre se me convertía en un suplicio.

Viví esa desazón seis o siete años, un Grinch en toda regla. Asistía a la cena del 24 a rebufo y aunque mi familia hacía esfuerzos por tolerarme, seguro estoy que más de una vez les produje una enorme flojera.

La llegada de mi nieta cambió de tajo el panorama, volvió la ilusión, desde escoger sus regalos, enseñarle a ser traviesa y crear con ella una complicidad capaz de desesperar a su madre y a su abuela; casi sin darme cuenta volví a reír en Navidad, a dar abrazos sinceros y a embobarme con los achispados ojitos de Alicia, a jugar a las muñecas con ella y a permitirle lo que nunca hice con su madre, pasar por su estética para dejarme pintar las uñas de los más disparatados colores, a perder una tarde armando un puzle de Frozen, a preparar batidos de turrón y desmadrar la cocina, a cantarle a pulmón abierto el Ro po po pon, a dejarme llevar en su sueño y reencontrarme en él. A ser feliz y a disculparme ante los míos por mi actitud de esos años necios.

Este año, pinta bien, después de esta etapa complicada, con la pandemia a cuestas, valoro la salud, la cercanía de mi gente, y agradezco a la vida porque estoy contento, estoy con quien quiero estar y donde quiero estar.

La alegría depende de la actitud, pero si te dejas, es muy fácil caer en la amargura; siempre hay algo que celebrar, siempre hay algo que agradecer, todos tenemos un rayito de esperanza en el futuro por más negro que luzca el panorama y desde ese talante positivo, uso estas líneas para desear a todos ustedes una feliz Navidad, como la mía.

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