Como la vida misma / 6 de noviembre de 2024

El panorama desolador que dejó el paso de DANA en Valencia muestra la indignación de la población por la lenta respuesta de las autoridades.

VALENCIA Y EL FANGO...

La reciente DANA que ha golpeado a Valencia ha dejado un panorama desolador: calles convertidas en ríos de lodo, viviendas anegadas y una comunidad que intenta recomponerse tras la devastación. Más allá de la tragedia palpable en las imágenes de las inundaciones, hay un sentimiento que permea aún más profundo en el corazón de los valencianos: la indignación.

Lo ocurrido en Valencia ha dejado al descubierto las grietas de una relación tensa entre el gobierno central y la administración autonómica. Mientras las lluvias torrenciales sumergían las calles y las familias luchaban por poner a salvo sus pertenencias, la sensación de abandono se hizo cada vez más patente. “Nos sentimos olvidados”, afirmaba un vecino de Sagunto en una entrevista. La frase resume el sentir colectivo de una región que ha visto cómo la llegada de apoyos desde Madrid no sólo fue tardía, sino también insuficiente. Las primeras horas de un desastre son cruciales y la percepción general es que la respuesta fue más lenta de lo esperado. Las críticas no se hicieron esperar: mientras las autoridades locales hacían lo posible por movilizar recursos y coordinarse con los servicios de emergencia, la espera de refuerzos y medidas concretas desde el gobierno central generaba una tensión palpable.

Una guerra mediática por acaparar la atención y situar la culpa en el contrario fue la norma en la actuación de gobierno y autonomía, también la oposición aprovechó el río revuelto para sacar tajada, todos hablando mal de todos, mientras más de doscientos muertos no fueron suficientes para hacer entrar en razón a estos oportunistas. Una de las cinco economías más importantes de la Unión Europea debió poner las diferencias de lado y volcarse a atender la gravedad de la situación. El Ejército, la ayuda internacional, todos los medios son pocos cuando se trata de salvar vidas. Vergonzosa la actuación de Pedro Sánchez el domingo, un cobarde que, ante el malestar del pueblo que lo increpó a su llegada, no tuvo más arrestos que refugiar su cobardía y llamar marginales a quienes le exigían atención al problema. Tanto hablar de fango para que lo castigara la naturaleza y le enfangara su visita a tierras valencianas. Al menos el rey y la reina aguantaron el chaparrón y acabaron abrazando y consolando a muchos damnificados.

Las redes sociales y los medios locales han amplificado esta indignación, mostrando testimonios desgarradores de familias atrapadas y voluntarios luchando por mantener el orden en medio del caos. La palabra “abandono” ha resonado con insistencia, y no es difícil entender por qué. Las ayudas prometidas tardaron en materializarse y las imágenes de ministros llegando a la región para evaluar los daños no lograron mitigar el sentimiento de frustración.

Pero no todo es desolación. En medio de la tragedia también se han visto actos de solidaridad que iluminan la esperanza. Vecinos ayudando a vecinos, grupos de voluntarios que se organizan rápidamente. Estas muestras de humanidad son un recordatorio de que la sociedad civil, aun en los momentos más oscuros, encuentra la manera de salir adelante.

Esto no exime a las autoridades de su responsabilidad. La exigencia de una planificación más eficaz y una colaboración más fluida entre administraciones es más necesaria que nunca. Apenas el lunes, la comunidad pidió un apoyo al gobierno socialista de unos treinta y cinco mil millones de euros; ésa es la ventaja de los países ricos, las penas con pan son menos.

El cambio climático promete multiplicar la frecuencia e intensidad de estos eventos y España no puede permitirse una falta de preparación que cueste vidas. El gobierno central debe tomar nota: las crisis no sólo desafían la infraestructura física, sino también la confianza de los ciudadanos en sus representantes.

Casualmente, me liga a Valencia lo que estoy leyendo, Santiago Posteguillo ganó el Planeta en 2018 con Yo, Julia. Una chulada de libro, más que recomendable. Disfrutemos, para el domingo ya les escribiré desde España. Bonito miércoles.

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