Como la vida misma/ 5 de julio de 2023
Ser bueno produce un placer mayor que el que se obtendría siendo malo o viviendo con indiferencia
Y ALGUNOS PENSAMOS QUE SOMOS BUENOS...
Efectivamente, algunos creemos que somos buena gente. No hay nada más sano ni de mayor brillantez, que hacer poco caso de la opinión que los demás se formen de ti. A veces, incluso los más cercanos, los que son de adentro, como decía mi Eugie, tienen una visión de ti muy diferente a la que tú crees que proyectas. Yo me peleo cada día con la idea de ser mejor persona, obvio, no soy santa Engracia y hago alguna cabronada, aunque sea casi sin querer. No me conformo con ser mejor que la mayoría, esa cuenta, que también es subjetiva porque la hago yo mismo y soy juez y parte, tampoco me satisface, porque en mi pelea contra mi propio carácter, mis maneras y manías, la intención que subyace es la de ser bueno. Vale decir que hay una enorme proporción de egoísmo en esta decisión, porque ser bueno produce un placer mucho mayor que el que se obtendría siendo malo o viviendo con indiferencia hacia los demás. Cuando alguien que no te conoce y no te importa, no aprecia, tiene cero relevancia, allá cada cual con su opinión. Pero la que duele es la cercana, cuando alguien de “adentro”, te pierde la deferencia o la admiración.
Hay valores que están por encima de la bondad, aunque generalmente van juntos y en coctel, la honradez, la honestidad, la lealtad, la generosidad, el sentido del honor y de justicia y, aquí viene algo relativo: la buena intención. Éstas son, a mi juicio, las patas que hacen esta mesa estable, que no es otra que la bonhomía. Mis hermanos y yo lo mamamos en casa, somos hijos de un hombre extraordinario, que hizo todo lo que su sentido común le dictaba; como él no tuvo padre, se convirtió en el mejor, como su madre no tuvo marido, él fue un gran compañero para mi jefa, fue tan pobre que cuando subió dos peldaños arrastró con él a muchos cercanos, nos brindó un ejemplo de entereza y, hoy que estoy cerca de llegar a la edad en la que él murió, pienso en lo mucho que me gustaría parecerme más a don Miguel Carboeira. En fin, se hace lo que se puede.
A estas alturas de la vida, cuando las resacas son más largas que las fiestas, cuando los conocidos son muchos y los amigos muy poquitos, cuando te vuelves selectivo y exigente hasta para decidir con quien compartir una charla o una caminata, ahora, que estoy disfrutando de las emociones de vivir un nuevo enamoramiento tan intenso como recuerdo aquellos de mi lejana adolescencia, y que se me olvida la edad para sentir vibratos en el alma, hoy que la fortuna atravesó en mi camino a la Unagi divina que me hace feliz y pleno, un encuentro tan mágico que nos motiva a los dos a seguir mejorando. Ahora que estoy convencido de que las cosas no se merecen, que merecer es un verbo vacío y que conviene cambiarlo por trabajar, amar, desear y luchar. Ahora, más consciente y sereno, pero con más bríos y más sueños que nunca, sigo creyendo que el principio de las felicidades está en caerte bien a ti mismo y, eso, pasa por estar en paz contigo y sentirte tranquilo y bueno, por intentar serlo cada día. Y, aun así, no hay garantías, la vieja falacia de la compensación es una utopía, suele irle mejor al que más se esfuerza, saca diez el que más estudia, cierto, pero, a veces, ni con eso basta, existe la diosa fortuna y en algunas rachas se tuerce y te pega. Esos reveses tampoco se merecen. Ahí entra en juego el equipo de defensa, ahí es cuando debes valorar que, mucho más importante que lo que sucede, es cómo se afronta. Vendrán verdes, vendrán maduras, si la cabecita está sana, todo se acomodará y no hay obstáculo más grande que uno mismo con sus miedos y su soberbia. Yo no creo en la mala suerte, aunque hay quien dice que suele acompañar a los idiotas, pero tampoco creo en las brujas, y en Galicia se dice que haberlas, ¨haylas¨. Bonito miércoles.
