Como la vida misma / 4 de septiembre de 2024

La revista Líderes de México seleccionó a mi cuñado Víctor Oléa Peláez como uno de los trescientos líderes más influyentes de nuestro país.

¡CONTAMÍNENME DE LO BUENO!

Si eres la persona más inteligente en la sala, no lo dudes, estás en la sala equivocada. La frase no es mía, pero tampoco pude descubrir a su autor, hay muchas variantes de ella con diferentes padres, ninguno me pareció el original y, por tanto, aquí se las dejo huérfana. El caso es que me gusta y la reconozco como verídica. La revista Líderes de México seleccionó a mi más hermano que cuñado, Víctor Oléa Peláez, como uno de los trescientos líderes más influyentes de México, me encantó ver su nombre en la revista, sé que fue hace poco más de un mes, pero yo que me enteré apenas el sábado, lo felicito aquí con un abrazo cariñoso.

Malditos romanos, gritaba Ildefonso, un paisano mío en Italia, “pinches romanos”, decía con muy mala leche. Crucificaron a Cristo esos desalmados, los odio a muerte. Pero si eso pasó hace más de dos mil años —le dije con intención de calmarlo. “A mí me vale, yo me enteré apenas ayer, por eso los odio desde ahorita”. Víctor se ve mejor en el sofá de mi casa con un vinito en la mano y tratando de molestarme con su sempiterno madridismo de opereta, se ve mejor y, de paso, me regala la paz de no ser, y no atreverme siquiera a sentir que soy, el más brillante de la sala. No puedo negar su cerebro, su talento y su clase, se le nota mucho, lo suda, casi se le ve transpirarlo; pero en familia, en la distancia corta, me quedo con su corazón, porque, además de ser chinguetas, es un hombre muy bueno. ¡Felicidades, carnalito!

Me niego a comentar el informe del domingo, confieso que no me lo chuté completo, no tengo ese estómago. Diré solamente que nuestro aún Presidente sí se cree el más inteligente de la habitación, qué digo de la habitación, él está convencido de que es el más brillante del mundo y su séquito de paleros le aplauden y jalean como si eso fuera una verdad incuestionable. Pienso que un poquito de autocrítica sería una primera medicina sanadora, es un remedio casero que permite no volarse y ayuda a ser más terrenal, menos grandilocuente. Aunque, bien mirado, él sabe que, sin esos aspavientos y sin esas peroratas inflamadas, perdería gran parte del atractivo que tiene para quienes lo siguen, lo aman y lo idolatran. A mí no me gusta su estilo y, con perdón, casi no le reconozco ninguno de los logros que mencionó en su discurso.

Alfonso Fernández Burgos, enorme escritor reconocido y apreciado en los círculos intelectuales y en el mundillo de la literatura más exquisita, fue el tutor de mi tesis de maestría, proceso que pasó nada menos que por tener que leerse y desmenuzar mi novela, misma que fue puesta a juicio y revisión de sus conocimientos y con la bendición añadida de que no sólo la calificó, mi ilustre maestro se tomó la molestia de peinarla renglón por renglón y encaminarme para darle el toque final y mandarla a la editorial de una vez. Ahora estoy en esa fase final y les confieso que duele como imagino que dolerá un parto, cada palabra, cada adjetivo o cada verbo que quito o modifico pasa por una estricta valoración y el ejercicio me rasga la piel; la corrección es cruel porque te obliga a juzgarte y ser muy severo contigo mismo. La terminaré para mediados de octubre y saldrá por fin hacia los primeros días de 2025. Las raíces del encino, así se llamará. Ustedes disculpen la poca modestia, la insistencia en presumirla, pero esto es algo similar a tener un hijo, ando en la nube más alta de la emoción.

La Unagi y yo seguimos en nuestra odisea particular al encuentro del chile en nogada más exquisito, todavía dudamos entre los del Nico’s, el Azul y el Raíz, pero esta semana nos zamparemos los de Lorena Musi, el año pasado fueron los ganadores, ahora tienen más competencia, pero nuestra amiga no suele decepcionar. Les contaré la semana que viene. Hoy sigo enganchado a Un caballero en Moscú, un librazo, mis respetos a Amor Towles. Ya salió la serie, pero no la veré hasta no terminar la novela. Está preciosa.

Perdonen mi terquedad… pero sí vale la pena rodearse de gente más chingona que uno, sólo así se aprende, sólo así se crece; soy suertudo, las que frecuento suelen ser personas maravillosas, desde luego, mucho mejores que yo. Feliz miércoles.

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