Como la vida misma / 4 de febrero de 2024

Tarde o temprano, la brutalidad policial, el maltrato y la falta de respeto a la dignidad humana, acaba también por hacer daño al que tiene que hacer justicia.

¡ENTRE BUKELE Y LOS ABRAZOS!

Cuánta polémica se despierta entre estos dos polos. La opinión que tengo a este respecto brota de mi manera de ver la vida, de cómo entiendo los derechos de las personas y de mi sentido de humanidad. No soy policía ni mucho menos experto en delincuencia, pero, igual que ustedes que me leen, tengo sentido común y muy claro en qué sociedad me gusta vivir. Mi comentario no tiene contaminación religiosa o ideológica, es puro y absoluto intento de sensatez, de un ciudadano deseoso de vivir en paz y de sentirse seguro. También pidiendo que en mi nombre o en el de mis conciudadanos no se cometan atropellos a los derechos de los demás, ni se torture o se veje a nadie, pero que se castigue y se combata a aquellos que rompan la armonía y la paz a través de la violencia y el delito.

Me parece salvaje y cruel lo que se hace en El Salvador, no me gusta. Me parece sucio, cobarde y tramposo lo que se hace en México, me gusta todavía menos. La frase que se enarbola presumiendo amplitud de criterio es manida y mal intencionada, eso de abrazos, no balazos es un burdo eslogan, una payasada y una falta total de respeto a las víctimas, una más de las muchísimas ocurrencias que no comparto de esta autollamada cuarta transformación.

Coincido en buscar las causas y atacarlas; probablemente la pobreza, el miedo y la ignorancia sean un caldo de cultivo perfecto para la proliferación de delincuentes. Hay que combatir el origen del problema, vale, pero eso requiere tiempo y mucho. Planeación, crecimiento, cultura, educación, inversión y un montón de cosas que no pueden conseguirse en el corto plazo, ni siquiera un sexenio es suficiente. Por eso, mientras se hace todo eso, paralelamente, el crimen hay que combatirlo de frente. Supuestamente, el Estado es el único que tiene la prerrogativa de usar la fuerza y las armas en pro de proteger a la ciudadanía, pues que las use, que detengan y lleven ante la justicia a capos y delincuentes comunes. Negociar con ellos es una bajeza, es un agravio indolente que coloca a los ciudadanos en la vulnerabilidad y el desamparo.

La situación en El Salvador es durísima. Si bien, el tamaño de la población del país, incluso la medida del problema, por más dramático que resulta, es menor que la que se vive en México y, aunque aparentemente se le ha dado una respuesta tajante y radical, no estoy muy convencido del resultado final a largo plazo. Una población castigada en exceso, un grupo de personas que por más desalmadas y crueles siguen siendo seres humanos y, como tales, tienen obligadamente vínculos sociales; esta siembra constante de odio represor puede despertar un rencor y una inconformidad que quedará latente en el tiempo. Tarde o temprano, la brutalidad policial, el maltrato y la falta de respeto a la dignidad humana, acaba también por hacer daño al que tiene que hacer justicia. Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre.

En México, la interferencia del crimen en la vida diaria, en la política, en la educación; la manera de infiltrarse se está saliendo de control, vivimos en un país inseguro, donde llegar a casa en la noche no está garantizado y el miedo se va instalando en nuestra realidad como un ingrediente más de nuestra cotidianidad. El crimen común, el asalto y el robo con violencia ocupa ya un lugar menor en la estadística y en el sentimiento de vulnerabilidad de la población. El cobro de derecho de piso, el secuestro o directamente las balaceras y masacres, la guerra por espacios y territorios, el asesinato que rebaja a ceros el valor de la vida humana y la llegada de las organizaciones criminales al control y el gobierno de comunidades y pueblos hace que nos planteemos muy seriamente si esta negación de los hechos y el maquillaje de las cifras no es una manera de corrupción y de complicidad entre autoridades y delincuencia. Qué miedo.

A mí la violencia no me gusta ni en el cine ni en la ficción de las novelas. Es domingo, que viva el amor y la paz. Hagamos como los jardineros… disfrutemos mientras podamos.

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