Como la vida misma / 3 de marzo de 2024
Prohibir el lenguaje inclusivo me parece un exceso, aunque sólo sea en los textos gubernamentales, finalmente es un ataque a la libertad.
¡FIDELIDAD, LEALTAD Y LO POLÍTICAMENTE CORRECTO
Las minorías, se empoderan y ya no se conforman con la igualdad; ellos y ellas (que ya me jode no poder decir “ellos” solamente, como bien indica nuestro idioma) se superan y, quizá en el revanchismo de emparejar viejas cuentas pendientes, ahora se suben a las barbas y exigen las más ridículas observaciones. Aquí empiezo a necesitar la aclaración y la disculpa anticipada, porque cualquier comentario fuera del canon que se considera hoy aceptado, implica un pecado mayúsculo que se castiga hasta con el ordenamiento jurídico en la mano. En el poco, muy poco probable caso de que alguna moza o mozo me grite “guapo” al pasar, insisto en la rareza de la acción, no estoy en posibilidades de denunciarlo, ya que yo no soy minoría. Soy tan sólo un aburrido heterosexual ni binario ni lesbiano ni con ningún gusto fuera de la clásica y bíblica indicación de género, Adán para los varones, especialmente si gustan de las Evas, previamente asignado para las mujeres.
Hoy, que ya ni para las mujeres sirvo, sea esto dicho no por mi edad o mi probable limitación de potencia, sino por mi sentido de la lealtad que es más fuerte, incluso que el pacto de fidelidad que guardo con mi Unagi. A ella precisamente le debo esa lealtad, aunque el concepto se traslape con el de fidelidad, y no se pueda dar lo uno sin lo otro.
Llegar a los extremos de Milei y prohibir el lenguaje inclusivo me parece un exceso, aunque sólo sea en los textos gubernamentales, finalmente es un ataque a la libertad. Aunque, y aquí puedo contradecirme, no deja de ser una defensa del idioma y… de la cordura. Que cada uno haga de su cola un pandero, pero que nadie me exija que lo trate como se percibe, para mí hay hombres y mujeres, más allá de que cada uno tenga, gustos, aficiones, apariencias externas, pasiones o hasta perversiones por el género que más se le acomode. Pero si yo me percibo, como un percebe (esto lo escribo porque suena bien) imaginen el destino que puede darme un mariscador, a la olla a hervir con un par de hojas de laurel.
Esta semana, un juez del Estado de México, a todas luces perturbado o maiceado, consideró que una chiquilla de cuatro años abusada por su tío tenía la obligación de recordar el momento, el día y el lugar y, el hijo de puta ése, salió absuelto, eso sí me parece grave. Ya si le dices guapa a una mujer o si te vuelves albañil y le sueltas un piropo más vulgarcillo eso es una falta de educación, pero no un delito. Al menos a mi manera de verlo. Estuve tres horas detenido en el Periférico, mal, los derechos de la nena y su familia no deberían de necesitar que se afectase a terceros, pero en este país bananero, si no te pones bravo, ni quién te pele. Me pongo en los zapatos de la madre y creo, sospecho, que yo sería más drástico y menos seguidor de la ley en mi actuación con el delincuente, vamos, que si pudiera le quitaría sus capacidades de agredir a chavitas. Asco de cabrón y, si está enfermo, que se trate con un médico. No hay excusa. Y hay novias y novios que se sienten agredidas si se les pide un vaso con agua.
Estoy leyendo un libro chiquitito de Philip Roth, el escritor norteamericano, se llama El Animal Moribundo, en 120 páginas cuenta la relación de una chica cubana, de familia rica, jovencísima de apenas 23 años, enamorada de la cultura y el deslumbre intelectual de un hombre de 62. A mí me parece un poco fantasioso, pero no deja de levantarme el ánimo. Pensar en los atractivos de un personaje de 63 años, obliga a referirse a su inteligencia, su mundo, su cultura y su capacidad de trato. La chica es mayor de edad, libre de encontrar esas bellezas en un hombre maduro. Pinta que el vejete acaba encandilado y derrapando por la chiquilla, al final, cuerpo, elegancia, sensualidad, sexualidad, juventud y belleza, superan a intelectualidad y cultura. Quién pudiera volver a mis 30, aunque fuera un poquito menos curtido. Es domingo, digamos te quiero seis veces, como mínimo y como terapia, verán que funciona. El mundo, tarde o temprano acabará rindiéndose a las caricias.
