Como la vida misma / 27 de marzo de 2024

Jay Westerveld acuñó el término greenwashing para cubrir las malas prácticas medioambientales.¡TIRAR LA TOALLA! Platicando con el escritor Ricardo Barrera, enorme amigo, gran conversador y compañero de mesa, ambos tratando de aplicar el instinto de huida y las ...

  • Jay Westerveld acuñó el término greenwashing para cubrir las malas prácticas medioambientales.

¡TIRAR LA TOALLA!

Platicando con el escritor Ricardo Barrera, enorme amigo, gran conversador y compañero de mesa, ambos tratando de aplicar el instinto de huida y las ganas de desconectar en esta Semana Santa, me compartía un microensayo suyo que define nuestro plan con claridad. Apenas y lo toqué. El buen Ricardo, colombiano de cepa pura, vive en Madrid, y le modificamos algunos datos para facilitar su comprensión en estas latitudes. Ahí va, pues: “En los ochenta, el ecologista Jay Westerveld acuñó el término greenwashing para referirse a las técnicas de comunicación orientadas a encubrir las malas prácticas medioambientales. El concepto tiene su origen en la campaña de un resort de lujo que, con la excusa de hacer un uso eficiente del agua, invitaba a sus huéspedes a reutilizar las toallas del baño. ¿Quién si no un inconsciente desoiría una llamada a la acción tan considerada y tiraría las toallas en el suelo para cambiarlas todos los santos días? La cuestión es que, poco después, se supo que el hotel construía bungalows sobre los arrecifes, arrasando con los corales del lugar”.

Ha corrido mucha agua bajo el puente y ahora, en los hoteles, hasta doblan las toallas con forma de cisne. Otra historia relacionada con toallas me llegó esta semana: en el Támesis emergió una isla de toallitas húmedas del tamaño de dos canchas de tenis. Yo pensaba que eran biodegradables, pero resulta que obstruyen las tuberías, colapsan el sistema de saneamiento y terminan flotando en los mares y en los ríos hasta convertirse en microplástico. No hablemos ya de los casi mil años que tardan las compresas en descomponerse. Según la fundación Commons, la humanidad, este 14 de marzo, había consumido un número de recursos superior al que el planeta iba a ser capaz de regenerar durante 2024. Saldo cero, números rojos, un sobregiro medioambiental. Y, a la vez, los medios de comunicación, las ONG, los de Génova y los de Ferraz, las pymes y las multinacionales, y hasta mi comunidad de vecinos, me piden que me comprometa, que me ponga la camiseta, que dé la milla extra por la Tierra.

Pero ¿y si pudiera ejercer mi legítimo derecho a la rendición? Pactar ante la terquedad, la tozudez, el empecinamiento ciego de unos y de otros. Claudicar, al menos, durante un tiempo. Pedir un tiempo muerto. Como una excedencia, para no pensar en los arrecifes, en el deshielo, en los incendios forestales, en el jaguar maya o en el tigre de Sumatra.

Como La purga, esa película distópica en la que el gobierno permite, una vez al año, incumplir la ley, asediar a tus vecinos, matarlos. Una licencia para desenchufarme del miedo y la culpa: comprar en Amazon sin remordimiento, comer higos en invierno y, de vez en cuando, disparar a los cisnes de mi habitación de hotel. Una semana, ésta, a lo sumo dos, capitular como un acto sosegado de beligerancia y de autocuidado.

El filósofo Glenn Albrecht definió la solastalgia como la angustia o el miedo causado por el deterioro medioambiental. Conozco a varias personas a las que las malas noticias sobre el cambio climático les producen momentos de estrés. Ecoansiedad. Yo mismo la he sentido. Entonces intento buscar un balance con noticias positivas, confiar en las lógicas compensatorias de la naturaleza. A veces simplemente salgo a disfrutar del aire libre, tomarme una cerveza en alguna terraza. Cuando se me acercan todos esos pájaros, siento que algo está funcionando bien. Comparto las migajas con ellos, nos alimentamos del mismo plato, formo parte de un acto puro de reconciliación.

Sin embargo, hoy recibí un link a un artículo que El País publicó hace unos días. Dice: “La dieta de terraza de bar es dañina para los gorriones y puede ser una de las razones de la caída de su población”. A veces, simplemente, dan ganas de tirar la toalla. Es miércoles, tiremos la toalla en la arena y descansemos un rato, incluso sin leer, disfrutando a la italiana de aquel maravilloso dolce far niente.

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