Como la vida misma / 25 de agosto de 2024
El saludo de mano más frío y correcto hace que reservemos para unos pocos los besos y los abrazos
UN MILLÓN DE BESOS
Corría 1978 cuando estrené mi mayoría de edad, entre otros deseos, metas y sueños, me propuse obtener mi cartilla militar, sacar mi primer pasaporte de adulto, la licencia de conducir sin trampas en la fecha de nacimiento y también, mi primera cuenta bancaria.
Me sedujo el ala protectora del águila de Serfin y allá corrí con unos pesos a abrir mi cuenta. Aquella chequera con mi nombre estampado en cada talón me hacía sentir importante y me incitaba a presumirla, pero, pocas cosas podía comprar un joven adolescente con un cheque. Pasaron días, mi impaciencia crecía y, ya a medio desesperarme, lo más que logré fue cambiar un cheque por efectivo en la caja de nuestra propia tienda. Me sentí importante al firmarlo, pero sabía que nadie había notado la adultez que aquella acción representaba.
Entonces llegó el cumpleaños de Claudia, una escultural morena con quien empezaba a entablar una relación amorosa. En un arrebato de torpe y vulgar originalidad, le compré unos bombones en Sanborns y añadí a los chocolates un cheque, el número 002 del talonario por $1,000.00 besos.
La sutileza de cambiar la b por la p me pareció de una finura merecedora de recompensas lúbricas y, sucedieron dos cosas a cuál más extraña. Ella, primero se sintió ofendida porque no se fijó en el cambio de letra y creyendo que le regalaba dinero me consideró un patán de cuarta categoría, y segundo, aunque muy injuriada se fue a una sucursal Serfin y cambió el cheque. La cajera del banco tampoco estaba para comprensiones románticas y no puso atención en las letras, entregando a mi primera exnovia diez billetes de cien pesos con cargo a mis ahorros. ¿Así o más imbécil el nene? No era una pérdida faraónica, pero si consideramos que yo ganaba unos cuatro mil pesos al mes, aquel regalito forzado se llevó los ingresos de una semana.
Heredado de mi padre, soy de estilo besucón. Me saludo a dos besos con la mayoría de mis amigas, mis cuñadas y, también, con mis hermanos, primos y amigos cercanos. Me duermo y despierto con un beso dulce de la Unagi. Puedo abrazar y llenar de besitos a mi nieto, a mis nietas, a mis hijos, nuera y yerno. Oscar, un buen amigo argentino me dice que eso es muy común para ellos y que es saludo habitual en Buenos Aires. No soy porteño, pero entiendo el ósculo como un signo de cercanía y de confianza, no le veo ni el más mínimo aire afeminado y me permite diferenciar distancias con las personas; una vez que alguien llega al nivel de mi saludo con beso significa que es ya dueño de un espacio en mi corazón.
- Mi padre tenía un poder de vibración fuertísimo, si te abrazaba te desarmaba y un apretón en el cuello significaba un te quiero profundo y te derretía en intenciones de corresponderle. No tengo su don y me tocó vivir una época donde muchas de esas manifestaciones pueden malinterpretarse. Hoy vivimos muy preocupados por la corrección política y frenamos muchas demostraciones cariñosas por miedo a que se consideren acoso. No es para tanto, o sí, por si acaso, el saludo de mano más frío y correcto hace que reservemos para unos pocos los besos y los abrazos.
Los otros besos son los lengüetazos de mis perros, entiendo que hay a quien pueden parecerle un exceso, no soy muy dado a humanizar a mis mascotas. Los perros son perros, pero los míos son parte de la familia. Somos perreros todos, mi nuera es fan en niveles de goce y sufrimiento, mi novia tres cuartos de lo mismo, mis cuñadas son madrazas de sus canes, y mis hermanos, todos en la familia auténticos perrolovers, sólo en el círculo íntimo tenemos más de 20. Lulú, que es mi adoración, transmite en cada lamida la energía vital de sus 70 kilos y salta sobre mi cama con la misma dulzura de Clementina, que llega apenas al kilo y medio.
Me pasa con los perros y las personas, que si a alguien no le gustan los perros me produce cierta desconfianza, pero si alguien no les gusta a mis perros elimina la duda y tampoco puede gustarme a mí; algo malo hay en su alma para que mis perritos no lo quieran. Es domingo, llenémoslo de besos.
Feliz día.
