Como la vida misma / 23 de agosto de 2023
La llegada a México después de unas semanas de ausencia, lo menos, lo menos, estremece.
Bienvenidos a Territorio Comanche
Me cuelgo con la desfachatez que me caracteriza del título de la excelente novela de Arturo Pérez-Reverte, ésa que publicó hace casi 30 años, donde nos cuenta la espeluznante realidad de la guerra en Bosnia y Herzegovina; una historia vista con sus ojos, los de un reportero de guerra. La llegada a México después de unas semanas de ausencia… lo menos, lo menos, estremece. Empezamos por el olor, la terminal 2 del Aeropuerto de la Ciudad de México huele a caño. No es una expresión, es una realidad, al abrirse la puerta del avión ya te llega un ligero tufillo a mierda. Eso desanima un poquito la ilusión de taquitos que vine pergeñando durante el vuelo. Se me fue el hambre.
El segundo paso es la pasada por Migración, armado con mi pasaporte verde y oro que dice México en letras enormes, blandiéndolo en la mano con orgullo y al mismo tiempo como salvoconducto obligado a los güeritos para no ser confundidos con gabachos, me fui derecho a donde decía mexicanos y, ahí, me zumbé quince minutitos de espera, para esto, el que fuera un leve olorcillo a cañería se había incrementado y ya, en este momento y en esa sala, olía literalmente de la fregada. La llegada de las maletas fue otro viacrucis y yo, que traigo la suerte de cara, fui el último en poder retirar de la banda mis tres maletas; una tan repleta de libros que tuvieron que ponerle la etiqueta de “pesada”. Ésa no le interesó al perrito, que se fue con su instinto sobre la roja, justo donde venía la botellita de licor café, previamente preparada con un embalaje al vacío que me hizo sentir un concienzudo y avezado contrabandista. “¿Trae comida?”, me preguntó el marino. “No”, le contesté con absoluta seguridad. “Ábrame la roja”, apuntó el oficial. Nada; tan somero fue su ejercicio de inspección que ni siquiera vio mi empaque de licor. Uff, ¡qué maravilla!, cerré tratando de volver a colocar lo que con absoluta delicadeza había acomodado la Unagi, misión imposible y salí hacia los taxis con tres calzoncillos y un zapato en la mano.
Por fin en casa, por fin en la oficina, sé que nadie me creerá, pero ya traigo muchas ganas de chambear, la maestría no reinicia hasta octubre y me esperan cuarenta días que quiero dedicar de lleno a la agencia, mi hijo, que es, además, mi jefe inmediato, sabrá compensármelo, al menos en eso confío. Llegar a México, aunque no me haya desconectado por completo, porque seguí leyendo Excélsior, Reforma, Milenio y La Jornada, bueno, apenas titulares y una leída rápida a lo que me despertaba más interés, pues, aun así, llegar aquí es enfrentarse a una realidad que descoyunta, la primera sensación es de miedo. Viene uno relajado y aquí te tensan en dos minutos, el amable caballero que me ayudó con las maletas quiso recomendarme un taxi pirata, negué con amabilidad, pero con firmeza. El taxi legítimo entró en la vorágine del Circuito Interior y la sensación de conflicto fue inminente. Sé que es cuestión de acostumbrarse y que para mañana yo seré otra vez el guerrero que hay que ser para sobrevivir en esta megalópolis, pero el primer impacto es duro, es como arribar a una ciudad sin ley, al territorio comanche al que hacía referencia don Arturo.
Adoro mi tierra y soy tan mexicano como el que más, pero hay que meterle mano, hay que arreglarle las coyunturas, hay que domarla y abrazarla, mejorarla. Cuando viajas y comparas, encuentras los dos extremos, las cosas que añoras y reconoces como mágicas de nuestro país. La dulzura, la comida, el color y la chispa, pero también, el atraso, las cosas feas, la falta de paz, la nula confianza en las autoridades y, por consiguiente, el mínimo respeto que se le tiene a un policía. Lo chueco, lo sucio, lo corrupto. No sólo es cosa del gobierno, todos tenemos que echarle un poquito de ganas a favor de este territorio tan comanche como nuestro y con posibilidades de ser mucho más grande. Faltan unos días para septiembre y yo ya me estoy poniendo patriótico. Bonito miércoles.
