Como la vida misma / 2 de julio de 2023

A mí me gusta el tumulto si me siento mal, si se me entierra una uña, amo las visitas.SIEMPRE ESPERAMOS MÁS… El lunes, saliendo de cenar con mi carnalito Federico, me esperaba en la calle Julio. Este señor vive en las calles de Polanco y navega sus días entre ...

  • A mí me gusta el tumulto si me siento mal, si se me entierra una uña, amo las visitas.

SIEMPRE ESPERAMOS MÁS…

El lunes, saliendo de cenar con mi carnalito Federico, me esperaba en la calle Julio. Este señor vive en las calles de Polanco y navega sus días entre alguna sustancia extraña y siestas a las puertas del Oxxo; algún inocente le paga un litro de leche y otros, le invitamos unos tacos con su refresco y su café. No trabaja y vive una tristeza apagada que, a veces, confundo con paz o un valemadrismo filosófico. Traía dos billetes de 500, uno de veinte y una moneda de diez. El quinientón se me hizo mucho, así que le di los 30 pesos. No le gustó, le pareció poco, me siguió hasta el coche y me cuestionó hasta lograr enfadarme. “Es lo que traigo, si no te parece, devuélvemelos”, le dije ya molesto. Se guardó el dinero y se dio la vuelta sin decir ni gracias. Quizá tenga razón, lo he acostumbrado a más. O tal vez sólo es un pobre, un mendigo que tuvo un pésimo día. No debo juzgarlo, me lo volveré a encontrar y ese día decidiré mi reacción.

Recordé aquella historia que contaba mi papá: tenía un vecino que no saludaba jamás, era parco y maleducado, un día saliendo, se lo cruzaron y con grandes aspavientos, dijo: “¡Qué bonita familia, tengan ustedes muy buenos días!”, mi madre recriminó a papá, “Ya ves, no es tan grosero”. Si saludas siempre y un día vienes descuidado y no lo haces, te juzgan como un antisocial, pierdes tus puntos y pasas a la lista de los indeseables, con un fallo es suficiente. Si nunca saludas y un día te iluminas y dices hola, ya has cambiado y hasta te consideran un caballero. Los seres humanos somos dados a valorar el último movimiento olvidando lo anterior. Este hombre no se acordó que le he pagado el desayuno, cuántas veces le invité la cena y le di dinero para el albergue o, el abrigo que le regalé en diciembre, se le habrá borrado todo porque 30 pesos le parecieron poco. Pobre tipo, seguro andaba muy emproblemado.

La Unagi, mi anguilita escurridiza, cuando tiene un mal día se cierra como almeja (cualquiera diría que estoy haciendo un cóctel del Tori Tori), es imposible que te regale una lágrima, se pone hermética y se atrinchera en sí misma, haciendo que éste que la adora se quede afuera, como jugando de reserva, sintiéndome entre inútil y sobrante. Ella quiere su espacio y se lo doy, prefiere estar sola, “qué bien”, me digo, pero lo sufro. Cada bicho es distinto; yo que soy gregario y vengo de una familia que pertenece a la especie coleóptera, soy todo lo contrario, a mí me gusta el tumulto si me siento mal, si se me entierra una uña, amo las visitas, me encanta que mis hijos, mis hermanos, mis amigos… que se preocupe el mundo y que me atosiguen con llamadas y con mimos. Que mi nuera me mande un caldito, que la Unagi me traiga reconstituyentes con cúrcumas y jengibres, que mi hija se preocupe por la receta del arroz con leche y me haga un refractario enorme, que Mario y Roberto dejen la oficina, y me vengan a hacer compañía toda la tarde. Pienso que esa solidaridad es prueba de fuerza, de unión curadora y de ella me cuelgo para sanar. Cada uno sus cubas, decía el cantinero.

Cuánto tiene uno que aprender, cuánto nos falta, se nos acumula la chamba en el aprendizaje. Hace poco decía que el antídoto para no volverte viejo es no abrirle la puerta y que es imprescindible moverse. Estudiar algo, seguir aprendiendo, un idioma, un oficio, cualquier cosa, jamás quedarse en cama, ducharse y perfumarse, aunque sea sólo para ir al parque. Hacer ejercicio, comer sano, cultivar bien algún vicio, leer, frecuentar gente joven que te contagie vitalidad, visitar un cementerio de vez en cuando, para saber que no hay prisa en llegar, tener un amigo incondicional, por lo menos uno, pero nunca más de tres, mantenerse activo en lo sexual, curioso e innovador y hacer algo bueno por alguien todos los días. Así que, cuando me encuentre a Julio volveré a pagarle la cena. Feliz domingo, lo tenemos muy ocupado los que estamos con hambre de vivir.

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