Como la vida misma / 2 de agosto de 2023

El poeta Santiago Kovadloff asegura que no hay peor infierno que asistir al funeral de nuestras pasiones.MORIRSE A TIEMPO... Nos cuesta hablar de la muerte, tan natural, tan obligada, cotidiana y, sin embargo, tan incomprendida. Escapan al propio control las ...

  • El poeta Santiago Kovadloff asegura que no hay peor infierno que asistir al funeral de nuestras pasiones.

MORIRSE A TIEMPO...

Nos cuesta hablar de la muerte, tan natural, tan obligada, cotidiana y, sin embargo, tan incomprendida. Escapan al propio control las circunstancias en las que nos encontraremos con la inevitable señora. Y muchas veces, en un vivir sin vivir, entramos en procesos de muerte en vida, casi sin querer, sin apenas darnos cuenta. Hace unos días cayó en mis manos un texto de un poeta maravilloso, hablo del argentino Santiago Kovadloff, lo reproduzco aquí exacto, porque su mirada coincide con la mía al cien por cien. Debo decir que sus palabras encendieron los debates en mi casa y cada uno nos abrimos a opinar de su visión del buen morir.

“Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. La muerte es por eso… lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres... Ésa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos” (Santiago Kovadloff. Poeta y  ensayista).

Yo quiero, cuando me toque, que me encuentre la muerte muy vivo, a medias en algo, con muchas cosas empezadas, con planes, con sueños, con arrebatos y, ya por pedir, que sea rápida y directa. Que las ilusiones sean más que los recuerdos, que los anhelos por cumplir superen la rebaba grasienta de las aventuras viejas. Nada hay más rancio, viejo y oxidado que un éxito de ayer, marchito como el diario que traía la mejor noticia y ahora es sólo el envoltorio de porquerías, papel para reciclar, sólo así tendrá una nueva oportunidad de ser trascendente. Ése es el juego, reciclarnos cada noche, morir un poco y renacer.

Mi enemigo mayor es el dolor, mi umbral es tan bajo que peco de quejica y suelo ser insoportable con apenas una uña enterrada, tampoco lo tolero en los demás y, por desgracia, a lo largo de mi vida he sufrido el dolor ajeno en carne propia, quizá sea más realista decir: en alma propia. Viví la muerte de mi hija con menos entendimiento que ella, y, ante su valentía y su portentosa manera de enfrentar el trance, me fui volviendo amargo, eternamente enfadado, culpé a la vida y me harté de hacer componendas imaginarias a una Creación, en la que ni creo ni me gusta. Me costó salir de ese estado, fue un proceso complejo, hoy me doy cuenta de que cambiar la rabia por proyectos resultó más efectivo y, no sin ayuda, salí del duelo oscuro, para abrazarme a una nostalgia dulce, mi nena sigue estando presente, pero ya no me duele. Si yo tuviese poder, pero un poder superior de verdad, más allá de la alarma de seguridad que ofrecen los dolorcillos de aviso, yo quitaría de este mundo el dolor de cualquier tipo.

Me duele el vacío, el apagón de ilusiones, la contemplación de la vida sin luz en los ojos, sin caramelitos en la piel, me duele el sufrimiento abnegado del devoto, me duele el desperdicio por prejuicios, más que dolerme, me mata, cuando lo veo en alguien querido. Me molesta el culto al dinero y la gente que decide morir ahorrando. A este respecto, no recuerdo quién lo dijo, pero me encantó aquella frase: “si cuando me vaya sobra algo, fue sólo un error de cálculo”. Y así, en ese derroche de energías y de alegrías, en ese cantar en la mañana, en el amor, en amar como loco aún más de lo que crees que te aman y no cobrar nunca, porque el amor no tiene valores comerciales. El amor es, exactamente, el antónimo del dolor. Venga por donde venga, te peguen por donde te peguen, si hay amor se facilita el trago.

Sobra decir que soy partidario de la eutanasia, del derecho a morir con dignidad e, incluso, del de elegir tu momento. Los míos lo saben, mis hijos, mis hermanos y la Unagi: si ya no puedo opinar, no quiero respirar. De momento es pronto para eso, me quedan millones de sueños que están apenas incubándose en mi interior. Bonito miércoles, ¡hay que vivir!

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