Como la vida misma / 18 de septiembre de 2024

La lluvia limpia, purifica y algunas veces destruye, pero, sobre todo, nos invita a detenernos, a reflexionar.ENTRE LOS CHARCOS Y LA POESÍALlueve, septiembre es tiempo de tormentas y las predicciones no han fallado. Casi todos los días, llueve. Desde el sofá, ...

  • La lluvia limpia, purifica y algunas veces destruye, pero, sobre todo, nos invita a detenernos, a reflexionar.
  • ENTRE LOS CHARCOS Y LA POESÍA

Llueve, septiembre es tiempo de tormentas y las predicciones no han fallado. Casi todos los días, llueve. Desde el sofá, asomados en el ventanal de la sala, estremeciéndonos con los truenos y calculando su distancia con el resplandor que se anticipa, viendo el brillo de la calle y saboreando un café con un libro entre las manos, con el ruido de las gotas arrullando. Es el preludio de una tarde feliz. Hasta ahí la parte melancólica de la lluvia, el halo poético y la belleza gris desde el hogar. Ya no es lo mismo en el charco, en las dos horas de tráfico desde la oficina a la casa, el descontrol y los gritos sordos en el interior del empañado habitáculo del coche. Pero si la quieren peor, asomémonos a Chalco, veamos un pueblo inundado por meses, flotando en aguas negras ante la inoperancia del gobierno.

Yo soy de los que camina y la lluvia no me detiene. Uno de los pequeños placeres es el olor a tierra mojada. Ese aroma que se levanta del suelo y te transporta a otros momentos, a otras latitudes: la infancia, los juegos bajo la lluvia, las tardes de chocolate y pan dulce en casa. Es un aroma que trae consigo una nostalgia agridulce, como un recordatorio de que la vida tiene momentos que no se pueden acelerar ni controlar.

La lluvia tiene el poder de transformar la ciudad. Las luces reflejadas en los charcos, las hojas que caen empapadas en las banquetas, y ese aire fresco que te envuelve cuando finalmente te decides a salir a la calle. Por unos momentos, la prisa se detiene y el caos urbano se toma un respiro. Vas y vienes de la anarquía a la lírica, así son las tardes de lluvia.

El maestro Joan Manuel Serrat nos dice en su poema Balada de Otoño: “Llueve. Detrás de los cristales llueve y llueve/ Sobre los chopos medio deshojados/ Sobre los pardos tejados/ Sobre los campos llueve.

Pintaron de gris el cielo/ Y el suelo/ Se fue abrigando con hojas/ Se fue vistiendo de otoño/ La tarde que se adormece/ Parece un niño que el viento mece/ Con su balada en otoño/ Una balada en otoño/ Un canto triste de melancolía/ Que nace al morir el día/ Una balada en otoño…”.

Pero la lluvia, como la vida misma, es el equilibrio entre lo dulce y lo amargo. Nos regala la calma del hogar, la oportunidad de una tarde de chocolate o la promesa de las nuevas flores. Al mismo tiempo, nos hace enfrentar el caos, los charcos, el tráfico, las inundaciones y el inevitable descontrol que provoca en la ciudad. Quizás ése sea su encanto: recordarnos que la vida no es sólo la belleza vista desde la ventana, sino también los retos que encontramos al salir. La lluvia limpia, purifica y algunas veces destruye, pero, sobre todo, nos invita a detenernos, a reflexionar y a adaptarnos.

Hay quienes se lamentan de la lluvia, la ven como un inconveniente. Yo prefiero verla como un recordatorio de que, a pesar de las tormentas y las nubes grises, siempre hay espacio para la pausa, para escuchar las gotas golpeando el suelo y dejarse llevar por su música.

Al final, la lluvia se convierte en un espejo de nuestros días: a veces suave y dulce, a veces furiosa y torrencial. Es en esos momentos, entre el caos y la serenidad, donde somos capaces de encontrar poesía en los charcos y en la vida reflejada en el asfalto mojado. Así, entre chapoteos y tardes grises, la lluvia nos deja con su canto, una balada otoñal que, nos guste o no, siempre nos acompaña.

¡Vamos!, que en otoño me paso de sensible, me pongo tontorrón y me da por escribir desde mi lado gallego, me cuelgo de la morriña y hago malabares con la tristeza; pero también me brota mi mitad chilanga y le saco brillo a las aceras, saboreo más los tequilas y me da por pasear sin paraguas retando al cielo y apostando por no regresar empapado.

Ya me urge ver como pintará el nuevo sexenio, para medirle al agua a las tormentas. Algo me dice que la nueva Presidenta pondrá un poquito de serenidad en las cosas y, aunque no cesen las lluvias, vamos a mojarnos menos. Optimista que es uno, o iluso. ¿Quién sabe?   

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