Como la vida misma / 16 de octubre de 2024

Para mí, los caracoleos románticos son más elegantes en la intimidad. Los alardes corporales a la vista siempre me han parecido muy prosaicos.

BESÉMONOS EN LO OSCURITO

No faltará quien interprete un albur vulgar en el título de esta columna tan abierta, les juro que no, me refiero a las demostraciones de cariño que prefiero en privado mejor que en público. Para mí, los caracoleos románticos son más elegantes y placenteros si se practican en la intimidad. Los alardes corporales a la vista siempre me han parecido muy prosaicos. Siendo como soy, liberal cuasi libertario, me parece bien lo que cada cual realice con su pandero, no seré quien juzgue ni la sexualidad con sus múltiples orientaciones y variantes; ni la mía ni la de nadie.

A estas alturas, ya ni siquiera entro en discutir lo que cada cual quiera percibir de sí mismo. Si alguien se siente lobo, que aúlle lo que le parezca. Sólo pido que no me obligue a que yo disfrute sus aullidos o lo vea y lo trate como a un lobezno, tendría que esconderme y alejarlo de mis perros.

Soy de los que respeta la libertad de todo quisqui, y también disfruto de que respeten la mía. No me gustan las demostraciones de pertenencia a un clan. Admiro el sentido de pertenencia, muy bien, aquí recordaré al Divo de Juárez: “...Pero qué necesidad”.

Si por mí fuera, debería regularse la exteriorización de símbolos; que cada uno sea lo que le plazca, pero sin embarrarme sus insignias en la cara. Ni burkas ni cruces gamadas. Si es usted judío, ¡bravo!; católico, chapeau!; ateo, cojonudo; pero no me lo presuma con una kipá de terciopelo negro a cuarenta grados a la sombra, ni con un Cristo de un kilo de oro columpiándose en su pecho ni se me rompa las caderas caminando en rítmicos bamboleos para que yo sepa que es usted homosexual. Se lo juro, me vale. “...Pero qué necesidad”.

Vamos a la mitad de la serie El secreto del río. La estamos disfrutando, dicen que es la más aplaudida de Netflix en este momento; me gusta la historia, está bien realizada y muy bien interpretada. Me encanta ese aire místico que tiene Oaxaca y su manera tan particular de entender el mundo muxe.

 Me llama la atención cómo la gente mayor en los pueblos más remotos tiene la capacidad para moverse en el respeto y no se mete ni juzga demasiado.

Me maravilla ese realismo mágico, mitad superstición, y también fe obligada; soy un enamorado de la cultura zapoteca y he asistido a unas seis o siete Guelaguetzas a lo largo de mi vida, me gusta su música, el color, el baile y, especialmente, la comida. Ya me desvié del tema, perdón, vean la serie.

Me recuerda un viaje a Teotitlán del Valle, donde una señora zapoteca me regaló una lección de vida que sigo respetando. No regatear nunca con un artesano. Compra o no compres, pero no abuses de tu posición pretendiendo sacar provecho.

Les cuento: me enamoré de un mantel de hilo y pregunté su precio, ofrecí quinientos pesos menos creyendo en ese momento que era yo un fenicio negociador. La mujer me miró y me retó con sus ojos negros y su vocecita dulce, pero cabrona: “Usted, con quinientos pesos menos, es el mismo señor con su camionetota y sus pantalones cortos. Yo, sin ese dinero, no puedo pagar mañana mi compromiso en el ayuntamiento; usted se ve bien desayunado y yo estoy aquí desde temprano sin haber comido y sin siquiera unas papas y una Fanta, y tengo calor, hambre y sed. Así que no, no se va a poder, o me da lo que le pido o no se lleva el mantel”.

 Me crucé la calle a la farmacia, le compré su refresco de naranja, una bolsa grande de papas, le pagué lo que pidió por el mantel y le di las gracias. La mujer, muy inteligente, me vendió también una hamaca y me enseñó sus blanquísimos dientes en una enorme sonrisa.

“Tuve suerte” –me dijo. “Usted es buen tipo”. Me fui a comer con mi familia y me guardé aquella lección en el alma.

Es miércoles, juego al Melate y hago planes guajiros con los tropecientos millones que van a tocarme algún día, mugres 15 pesos me compran el sueño unos minutitos. En otra tómbola, una panda de analfabetos decide el futuro de letrados inminentes. Pregúntenme cuánto me gusta la ley judicial de la 4T. Que Dios nos coja confesados. Bonito miércoles.

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