Como la vida misma / 15 de enero de 2025

Me gusta la gente que tiene el pronto visible, que se le nota lo enojado y que no se reprime tanto.EL FILO DEL SILENCIO La Unagi y yo no sabemos pelearnos sin hablar, cuando discutimos, elevamos la voz, aceleramos el ritmo… vamos, corajes en condiciones con todo y sus ...

  • Me gusta la gente que tiene el pronto visible, que se le nota lo enojado y que no se reprime tanto.

EL FILO DEL SILENCIO

La Unagi y yo no sabemos pelearnos sin hablar, cuando discutimos, elevamos la voz, aceleramos el ritmo… vamos, corajes en condiciones con todo y sus improperios; por suerte, los dos somos de memoria corta y en un par de horas se resuelve todo con un lo siento, o con un chiste.

Me gusta la gente que tiene el pronto visible, que se le nota lo enojado y que no se reprime tanto, porque, la mayoría de las veces, en ese control se fraguan daños mayores.

Hay a quien le basta callar, esquivar miradas y lanzar un suspiro cargado de desprecio. Es la violencia que no deja marcas visibles, pero lacera el alma. Esos silencios fríos, las respuestas escuetas o las omisiones deliberadas se convierten en un arma afilada que corta sin necesidad de levantar la voz. Es un acto de agresión disfrazado de inocuidad. El que, sin decir una palabra, te deja fuera de una conversación o el pariente que responde con monosílabos cargados de juicio moral. ¿El daño? Una sensación de aislamiento o de frustración que queda atrapada entre las costillas como una espina.

La literatura nos ha dado grandes ejemplos de personajes que hieren sin ruido. Como Dorian Gray, el protagonista de la novela de Oscar Wilde. Con una sonrisa encantadora y un silencio cómplice, Dorian manipula a quienes lo rodean, llevando a varios a la ruina sin siquiera mancharse las manos. Su aparente fragilidad es su máscara; su silencio, su arma.

Otro caso magistral es Heathcliff, el atormentado antihéroe de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë. Aunque tiene momentos de explosión emocional, sus reservas gélidas son las que lastiman con mayor precisión. Su mirada cargada de resentimiento y sus acciones no verbalizadas son un recordatorio de que el rencor puede ser tan estridente como un grito, incluso expresado sin decir palabra. En La tregua, a través del diario de Martín Santomé, Benedetti explora cómo el mutismo en las relaciones humanas puede ser una forma de evadir responsabilidades emocionales. No decir, no actuar, no estar presente también puede ser un acto de crueldad.

Hoy, esta violencia se ha magnificado con la tecnología. Un “visto” en WhatsApp que no recibe respuesta, un correo ignorado o un comentario que queda flotando sin eco en las redes sociales pueden sentirse como bofetadas invisibles. La pasivo-agresividad también encuentra refugio en la política. Ese líder que evita responder una pregunta crucial o deja entrever su desprecio a través de mudeces prolongadas y gestos calculados. En estos casos, el silencio no sólo daña, sino que también manipula a las masas, perpetuando un ciclo de desinformación y control.

Pero ¿qué podemos hacer frente a esta violencia? Lo primero es reconocerla. Muchas veces, quienes la ejercen lo hacen de manera inconsciente, replicando patrones aprendidos o evitando confrontaciones directas. Sin embargo, eso no disminuye el impacto que tienen sus acciones. En segundo lugar, es fundamental aprender a poner límites. Nombrar el daño, hacerlo visible, es el primer paso para desactivar su poder. Yo ya no estoy para aguantar, la próxima vez que alguien me hiera con su desprecio silencioso, no me quedaré callado. Preguntaré, confrontaré, romperé el círculo vicioso. Porque no hay gritos más fuertes que los que no se escuchan. Y si bien la palabra tiene el poder de construir o destruir, el silencio puede ser igual de elocuente, si no más.

El sábado nosotros fuimos los groseros y se la aplicamos a una película, nos salimos del cine y dejamos a Nosferatu asustando a ingenuos. La Unagi y yo nos fuimos por un café y ni siquiera dedicamos más de un minuto a tratar de entender el cachito de bodrio que vimos. Así, juro que aprenderé a leerlos, a enfrentarlos y, cuando sea necesario, a llenarlos con palabras que sanen en lugar de herir. Porque, al final del día, el silencio habla, y es nuestra tarea decidir qué queremos que diga.

Bonito miércoles, por cierto, releer a Wilde es un lujo, una gozada excelsa. Prueben, por ejemplo, con La importancia de llamarse Ernesto.

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