Como la vida misma / 12 de noviembre de 2023

En el año de la muerte de mi hija me regaló una clase de filosofía que me ayudó a entender el dolor y a afrontarlo.

¡BUEN VIAJE, MAESTRO!

Ayer, se fue don Abel. Los grandes maestros y, Abel, es sin duda alguna, uno de ellos, merecen de despedida, más un homenaje alegre y un repaso a sus grandezas que una elegía desgarradora. Soy consciente de su existencia más o menos desde que lo soy de la mía. Veinte años no es nada, dice el tango Volver, y miente; veinte años son muchísimos, porque ésos son los que me lleva y dudo que logre alcanzar su maestría ni en 40, si llegase a vivirlos. Compartimos un dolor que une a los hombres, los dos sabemos el despojo antinatural que sufre quien pierde un hijo.

Abel fue un hombre exquisito, dueño de un don de gente impresionante, duplicaba su estatura tan sólo con la fuerza de su personalidad; exquisito porque siempre tuvo buen gusto, un tanto innato y un mucho estudiado, con un poder de observación y aprendizaje prodigiosos; supo sacarle jugo a la vida y vivirla intensamente. Buen consejero, de labia fácil y correosa, capaz de cantinflear sobre un tema que desconocía y hacerte creer en su dominio. Diestro para reírse de la tragedia o, para abrazar y consolar, aun si fuera él quien atravesaba un sufrimiento. Con él aprendí el disfrute de lo bueno, tuve la fortuna de viajar a su lado y fueron siempre experiencias de gozo y lección, algún día tomamos juntos una copa del vino más elevado en el lugar más exclusivo y, también, alguien pudo habernos sorprendido con un tepache y unos mixiotes en un lugar escondido de la colonia Popotla.

Abel fue un hombre creativo, publicitario, innovador, compositor y poeta. Bohemio, soñador, amigo de grandes artistas, guardo con cariño algunos de sus textos, poderosos, especialmente por la sencillez de lenguaje para tratar temas muy profundos. En todo era un hombre de grandes contrastes, lo recuerdo con unos pants rotos porque se sentía cómodo y al mismo tiempo todavía tengo en la memoria de mis manos el tacto suave de uno de sus abrigos de cachemira, alucinantes. Revivo emocionado cuando bajamos a la gruta marina en Cantabria y seleccionamos un bogavante de siete kilos y también el día que se nos quemó la paella y para no llorar, descubrimos las delicias del socarrat forzado.

En el año de la muerte de mi hija me regaló una clase de filosofía que me ayudó a entender el dolor y a afrontarlo, él sostenía que a cualquiera puede pasarle cualquier cosa, lo importante no está en el suceso, sino en cómo se afronta. En la noche de fin de año, en su casa, dejó dos lugares vacíos justo entre él y yo, extrañado pregunté el motivo y sirviendo champaña en las dos copas a su izquierda y a mi derecha, solo dijo —Charly y Eugie, también están aquí—. No se puede ser más grande.

Ayer muy tempranito, Juan Ignacio, uno de sus hijos, me compartió este pensamiento, no es necesario explicar nada, lo reproduzco integro aquí con su venia:

“Estoy desenterrando el tiempo con mis manos, para buscar cada recuerdo, cada momento compartido contigo, papá. Quisiera poder encontrarte de nuevo y, en un último abrazo, devolverte. Que tu espíritu, tu sabiduría y tu amor sigan nutriendo mi alma, incluso en tu ausencia. Tu sonrisa y tu amor, que una vez resonaron en cada rincón de mi casa, ahora llenen mi corazón, invitándome a recordar y sonreír a través de las lágrimas. Aunque tu corazón ahora descansa en paz, sigue guiándome hacia un futuro lleno de esperanza y belleza, donde siento que tu voz aún me llama, llena de amor y ternura. Te recuerdo y siento que todavía tenemos tanto de qué hablar. Te extrañaré cada día, papá, y siempre llevaré tus enseñanzas y amor en mi corazón”.

Con la irreverencia que me caracteriza, las palabras de Juani me traen al escritorio aquel eslogan de los cigarros Benson… Todo está dicho.

Vaya mi abrazo a Rosita y a sus hijos, nueras, nietos, a su hermano y a toda la familia. Me quedo con su alegría y me lanzo por una copa del bueno, para tomarla a su salud y a su recuerdo. ¡Bon voyage!

Feliz domingo.

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