Como la vida misma / 10 de diciembre de 2023
El buen humor y la actitud positiva también pueden trabajarse, es un ejercicio de autocontrol y sólo implica proponérselo.
ove is in the air… o no
Un tufillo de mala leche impregna todo lo que se mueve en el momento actual, pocos países escapan a esta nueva tendencia de los extremos, se acumulan los populismos de izquierda y de derecha, tan vacíos de contenido, tan poco definidos, que como usan un patrón de actuación común ya se confunden abiertamente; no están tan lejos Putin de Maduro o de Trump; bien mirado se parecen mucho. Pocas cosas más neoliberales que las órdenes supremas de nuestro Presidente. Pero no voy a desviarme, cuando me entra la tentación de hablar de lo feo, siempre caigo en la política y, hoy, no quiero hablar ni de Milei ni de Netanyahu ni del impresentable Pedro Sánchez ni de nuestro gran tlatoani. Hoy voy a contarles una historia que refleja con claridad el mal humor reinante entre la gente de a pie, seguramente contagiado por las circunstancias, pero sin duda por la propia condición humana. A veces, somos unos amargados. Mil frases se ventilan sobre la actitud ante las malas rachas y juegan con el humor desde la limonada que se prepara si la vida te da limones, hasta las nalgas que debes agarrarle si te da la espalda, pero no es tan simple, la mala leche viene del mediastino, de adentro, del meritito centro de las entrañas, en fin, que todos tenemos momentos en los que somos muy jodidos.
El miércoles recorrí varias farmacias en busca de dos medicamentos, unas gotas controladas que requieren receta y un antiinflamatorio raro que me costó encontrar, luego de tres fracasos entré en una superfarmacia de especialidades. Me atendió un personaje entre anodino y andrógino, una persona con marcada obesidad y ceño fruncido, que ni siquiera articuló unos buenos días. En la mano izquierda yo portaba el embalaje de aluminio vacío de las pastillas que requería y en la derecha, mi identificación del INE y la receta del doctor López Caballero con logo del Hospital Ángeles de Las Lomas y la firma del galeno. Una receta en condiciones que mi amiga Lencha, la llamaré así de cariño, observaba con minuciosidad exagerada, descaradamente a la búsqueda de un mínimo error para negarme el producto. Fecha, nombre del paciente, edad, nombre del medicamento, sustancia activa, gramaje, tamaño del gotero; tomar seis gotas todos los días antes de ir a dormir. Primero me dio la caja de pastillas, tomó mi tarjeta y empujando con aire de desprecio sobre el mostrador el empaque de aluminio, me dijo en tono de clara pelea: “Tenga su basura. Yo no lo toqué”. Después continuó: “No le puedo vender las gotas porque la receta no dice la vía de administración”, traté de ser educado y le dije: “Señorita (quizá aquí estuvo mi error), ahí dice claramente tomar seis gotas, eso indica que es vía oral, ¿no le parece?”. “No es mi problema y la Cofepris me exige que lo diga”. “Ok, no discutiré con usted”. “Yo no estoy discutiendo”. “Bueno, cálmese, no me las venda y punto”. Pagué las pastillas, le indiqué que no necesitaba el recibo y cuando estaba a punto de salir, me gritó: “Oiga, dejó aquí su basura”. Alguna luz interior me iluminó porque todavía estoy saboreando mi respuesta, con el cinismo que me cargo le dije: “Mire, de eso sí sé cuál es la vía de administración, métasela usted en el culo”. Y cerré la puerta. Entré en un ataque de risa y me subí a mi camioneta. Luego me quedé pensando, “pobre persona, habrá tenido una mala mañana, estará enfadada con su pareja, se habrá caído de la cama, no sé, o simplemente está furiosa de existir”. Más tarde, al contarles la anécdota a mis hermanos, no estuvieron de acuerdo con mi actitud comprensiva. “Una persona que trabaja en atención al público tiene la obligación de ser amable siempre, educada y servicial. Nunca servil, que eso es una bajeza”, puntualizó Roberto.
El buen humor y la actitud positiva también pueden trabajarse, es un ejercicio de autocontrol y sólo implica proponérselo. No es obligatorio ser simpático, pero ser empático siempre es posible. La diferencia está en que la simpatía es externa y no incluye preocupación por los demás, mientras que la empatía implica interés profundo por lo que siente el otro. Pues es domingo y desde lo más profundo de mi empático corazón les deseo un lindo día, que le saquen jugo, que lo gocen y, lo más importante, que lo compartan. Ya vienen las fiestas y hay que ir cargando la pila de la empatía, para que jale, para que amarre. Feliz día.
