Como la vida misma / 1 de septiembre de 2024
Es esa deliciosa mezcla de inseguridad y paranoia que nos hace creer que todos nuestros éxitos son producto de la casualidad, un error cósmico.
EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR:
En el maravilloso mundo moderno vivimos la emoción de respirar el éxito de sentirnos un fraude. Trataré de ser claro: los likes son la moneda de la autoestima y LinkedIn es el escaparate de nuestras hazañas profesionales. Ahí, en esas callejuelas, ha emergido una condición casi obligatoria para los que alcanzan el éxito; hablo del Síndrome del impostor. Sí, ese constante zumbido en la cabeza que nos dice que, a pesar de todos nuestros logros, somos o podemos ser un completo engaño y que, en cualquier momento, alguien va a desenmascararnos.
Pero ¿qué es exactamente este famoso Síndrome del impostor? En pocas palabras, es esa deliciosa mezcla de inseguridad y paranoia que nos hace creer que todos nuestros éxitos son producto de la casualidad, un error cósmico o, peor aún, de la misericordia de otros. Porque, claro, a pesar de mis méritos, yo estoy convencido de que no soy más que un impostor en el gran teatro de la vida. Curiosamente, parece que el Síndrome del impostor es más común cuanto más alto se sube en la escalera del éxito. Presidentes de empresas, artistas de renombre, incluso algunos deportistas de élite se despiertan cada mañana preguntándose: “¿Cómo es que nadie se ha dado cuenta de que no tengo idea de lo que hago?”. Porque, seamos honestos, el éxito, ese monstruo mitológico que todos perseguimos, a menudo llega acompañado de una buena dosis de dudas existenciales.
Y no es para menos. Vivimos en una era donde la comparación es inevitable. Abres Instagram y ahí está tu compañero de secundaria, aquel que no distinguía un verbo de un sustantivo, ahora es CEO de una startup revolucionaria, mientras tú luchas para recordar si enviaste ese correo importante ayer o anteayer. Es natural, entonces, que te sientas un poco… fuera de lugar. Pero, ¿qué hay de malo en eso? ¿No es acaso una prueba de que estás haciendo algo bien?
Sin embargo, hay una gran ironía en todo esto. Mientras nos esforzamos por convencer al mundo de que somos competentes y talentosos, una voz interna nos dice que, en realidad, no somos más que actores en un juego que no entendemos. Y esa voz, mi querido lector, es a mi entender el Síndrome del impostor en toda su pompa.
Lo divertido es que este síndrome no discrimina. Ataca a todos por igual, desde el becario que acaba de empezar hasta el director general que firma las transferencias. ¿Y sabes qué? Todos, en algún momento, nos hemos sentido como el mago de Oz: tirando de las cuerdas detrás de una cortina, esperando que nadie descubra que no tenemos poderes mágicos. El Síndrome del impostor también tiene un lado cómico. Imagínate a un futbolista, con diez trofeos que llenan su sala de estar, diciendo: “Bueno, sí, marqué 30 goles esta temporada, pero, tengo que reconocer que fue pura suerte”. O al escritor de un bestseller pensando que sus lectores compraron el libro por accidente, creyendo que era otro. Es casi absurdo, ¿verdad? Pero así funciona esta peculiar trampa mental.
Y aquí viene lo mejor: el Síndrome del impostor es, en realidad, una señal de éxito. Porque, ¿quién va a sentir que engaña si no ha conseguido nada? Es casi como un sello de calidad. Si dudas de ti mismo, probablemente estás haciendo algo bien. Así que la próxima vez que te sientas como un impostor, recuerda que no estás solo. En algún lugar, una celebridad de renombre, un académico respetado o un deportista famoso está teniendo exactamente la misma sensación. Y quizá, sólo quizá, eso te haga sentir un poco mejor. Al fin y al cabo, ser un impostor nunca ha sido tan legítimo. Por lo pronto hoy me engañaré a mí mismo y me creeré que el siete a cero de ayer abre la puerta a quitarle al Madrid su sabrosura de favorito. Feliz domingo.
