Segundo piso de la deformación

En los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación, el pasado ha dejado de ser memoria para convertirse en escudo. Cada vez que estalla un nuevo caso de corrupción del gobierno federal, la respuesta es automática, desempolvar los fantasmas de otros sexenios. Como si ...

En los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación, el pasado ha dejado de ser memoria para convertirse en escudo. Cada vez que estalla un nuevo caso de corrupción del gobierno federal, la respuesta es automática, desempolvar los fantasmas de otros sexenios. Como si nombrar a los expresidentes Salinas o Calderón fuera un acto de purificación política. Ésa ha sido, una vez más, la estrategia de la presidenta Claudia Sheinbaum, mirar atrás, señalar a los expresidentes y, fiel a la escuela del obradorismo, condenar el neoliberalismo como si fuera una ideología maldita y eterna.

La mandataria se refugia en la comodidad de los recuerdos. Habla de los fraudes del PRI, de las equivocaciones del PAN, de los errores de los tecnócratas, como si el recuerdo de aquellos años justificara los desatinos de hoy. Pero México ya no vive en 1988 ni en 1994 ni en 2006. La crisis que nos duele no es la del neoliberalismo, sino la del presente: un poder cada vez más concentrado, un Congreso sin contrapesos, un gobierno con vínculos con el crimen organizado y una libertad de expresión reducida al escarnio cotidiano.

Resulta paradójico que quien dice defender la democracia lo haga bajo la premisa de que sólo Morena representa la voluntad del pueblo. Ese monopolio moral del poder, ese discurso de “nosotros somos el pueblo, los otros son los privilegiados”, no es otra cosa que autoritarismo con lenguaje populista. Porque cuando el gobierno decide quién pertenece al pueblo y quién no, ya no hay democracia: hay un dogma.

La oposición siempre ha dicho que los programas sociales son un derecho y jamás lo ha negado, como afirma la presidenta Sheinbaum, quien maneja los programas sociales. Una pregunta: ¿por qué quien maneja los programas sociales usa un chaleco guinda? El problema no es el beneficio, sino su uso político. En un país donde los padrones son opacos y el mensaje electoral es “si gana la oposición, te quitan tu apoyo”, los derechos dejan de ser universales para convertirse en condicionados. Y lo que debería empoderar, termina sometiendo. 

Mientras la Presidenta repite que con Morena “estamos mejor”, los hechos hablan por sí solos, instituciones debilitadas, organismos autónomos desaparecidos, medios de comunicación hostigados y una narrativa maniquea que todo lo divide entre buenos y malos. La transformación ha dejado de ser una promesa para convertirse en un gran fracaso.

Ahora que Acción Nacional vive una nueva etapa, el gobierno recurre a la misma receta de siempre, reescribir la historia, culpar al pasado, fabricar enemigos y mirar por el espejo retrovisor para no rendir cuentas de lo que ocurre al frente. La historia como cortina de humo.

Mientras tanto, la realidad se asoma. El fin de semana se hizo viral un video del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, donde dio una muestra del nuevo estilo político: grosero, vulgar, misógino. Así se refirió a la exdiputada Yeraldine Bonilla Valverde, de su propio partido, minimizando su trabajo y su trayectoria. El mismo gobernador que medios de comunicación han señalado por sus presuntos vínculos con el crimen organizado.

Ésa es la democracia que hoy está en riesgo. No la del Fobaproa ni la de los fraudes de los 80, sino la de ahora: la que se erosiona cada mañana entre aplausos y consignas, mientras el país se acostumbra al abuso y las familias mexicanas lo resienten en carne propia. Una patria que se empequeñece, libertades que se marchitan y un gobierno que sigue mirando por el retrovisor para no ver el desastre que tiene frente al parabrisas.

La Presidenta crítica el neoliberalismo, pero la realidad es que pertenece a los priistas de los 70 u 80, en donde las libertades y la democracia no existían.

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