¿Qué pasa con los debates?

Es preocupante que, a partir de este tipo de ejercicios como el observado en el Estado de México, la oposición siga sin entender que, si los partidos políticos no se abren a los ciudadanos, el régimen que hoy gobierna se mantendrá durante muchos años

El primer debate en la historia contemporánea de nuestro país se realizó en 1994. En esa ocasión observamos en televisión nacional a los candidatos a la Presidencia de la República —Ernesto Zedillo, Diego Fernández de Ceballos y Cuauhtémoc Cárdenas— contrastar sus personalidades y someterse al escrutinio público para dar a conocer sus propuestas en los distintos ejes de gobierno y mostrar sus capacidades de liderazgo ante los ciudadanos.

Con esa novedosa interacción, México se abrió a un nuevo ejercicio para fortalecer su democracia, debido a que durante décadas fueron casi nulos los espacios donde los votantes pudieran comparar personalidades y proyectos a un mismo tiempo. Desafortunadamente, con el paso de los años, los formatos se volvieron simplones, acartonados y aburridos. Los candidatos aquí no tienen la posibilidad de explayarse de manera abierta y contundente; tampoco de plantear temas de fondo en materia de política pública y poner en verdaderos aprietos a sus contrincantes; lo cual vuelve los debates, además de poco atractivos, indiferentes a los ojos de amplios segmentos de electores.

En comparación con esas naciones donde los candidatos y sus partidos se preparan para generar el mayor impacto en la opinión pública, México es joven en la historia de los debates presidenciales. Basta recordar como botón de muestra a Estados Unidos, potencia que lleva desde la década de los 40 realizándolos e, incluso, fueron los pioneros en hacerlo por transmisión en vivo en los años 60 vía la televisión abierta.

Desde entonces, los ciudadanos tienen la oportunidad de ver este tipo de ejercicios, donde, con la mayor flexibilidad, se discuten propuestas, críticas, réplicas, contrarréplicas e interrupciones. Incluso la intervención de los periodistas moderadores aumenta el atractivo del encuentro entre los votantes y, especialmente, se convierte en un inmejorable espacio para persuadir a los electores indecisos. También, el hecho de que en las propias primarias partidistas se debata la selección de su abanderado presidencial con la misma intensidad permite a los votantes valorar el crecimiento y la coherencia de cada uno de los aspirantes desde las etapas iniciales del proceso de sucesión.

La debilidad de carácter democrático que vive nuestro país se refrendó apenas el jueves pasado, con el segundo y último encuentro —porque resulta un contrasentido llamarle debate— entre las aspirantes a la gubernatura, Alejandra del Moral, abanderada de la coalición Va por el Estado de México, y Delfina Gómez, de la coalición Juntos Haremos Historia, mismo que fue organizado por el Instituto Electoral del Estado de México.

Ahí quedó evidenciada la inseguridad de los partidos políticos al llenar de candados el ejercicio, protegiendo al máximo a sus candidatos e incluso cerrándole el micrófono a la moderadora. Dos largos y tediosos monólogos que resaltan el inexplicable miedo que le tienen a los votantes libres las dirigencias partidistas a nivel estatal de ambas coaliciones.

Más importante aún, resulta inexplicable la actitud asumida por los representantes de la coalición Va por el Estado de México aceptando reglas que beneficiaban a su contrincante y perjudicaban con toda claridad a su candidata. Es incomprensible que la hayan dejado sola, después de que, si algo ha probado Alejandra del Moral, es que mantiene la guardia arriba, recorre la entidad incansablemente y es quien tiene las mejores propuestas para el Edomex. Una fortaleza muy distinta a la exhibida por el actual gobernador, a quien acusan de haber entregado la plaza al Movimiento Regeneración Nacional desde hace varios meses.

Así, Delfina Gómez, candidata con una muy cuestionada experiencia política, distinguida por un desempeño mediocre en sus distintos encargos públicos, como también por graves acusaciones de corrupción recuperadas ampliamente en medios de comunicación y acreditadas en instancias judiciales, acabó saliéndose con la suya ante una oposición con muy pocos reflejos.

Es preocupante que, a partir de este tipo de ejercicios como el observado en el Estado de México, la oposición siga sin entender que, si los partidos políticos no se abren a los ciudadanos, el régimen que hoy gobierna se mantendrá durante muchos años.

Como nunca antes, los mexicanos merecemos un formato de debate flexible, en el cual podamos conocer a fondo la personalidad, preparación y debilidades de los candidatos. Esto resulta un paso fundamental y obligado de los partidos que dicen estar abiertos a las demandas ciudadanas, pero terminan escondiéndose en los intereses de grupo.

Es tiempo de darle la vuelta y conducir ejercicios de debate en forma atractiva, tanto en los procesos de selección interna como en la contienda constitucional. Las dirigencias de los partidos políticos deben entender que lo que está en juego en nuestro país es el futuro de las próximas generaciones y para eso necesitamos institutos políticos a la altura del delicado momento histórico que transitamos.

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