Las Américas, fragmentadas

Lo que sí sorprende es que ni los graves estragos provocados por la pandemia de covid-19, desde inicios de 2020, hayan modificado diametralmente este patrón continental de disenso y conflicto o, cuando menos, hayan sembrado la voluntad política a ir ensanchando el diálogo diplomático a un nuevo nivel.

Nadie puede sorprenderse de la diversidad y complejidad de intereses que se entretejen en el hemisferio americano. Mucho menos cuando se tiene presente que sobre un mismo continente conviven las potencias económicas y militares más poderosas del planeta, con una serie de naciones a la deriva por su debilidad institucional, inestabilidad social y falta de capacidades. Esto, a la par de las rivalidades comerciales e ideológicas que —de manera bilateral— afloran con cada vez mayor frecuencia en el contexto de una polarización de la que toda la región es cautiva. Quizá por estos y otros factores sea difícil recordar algún momento histórico en el que se haya manifestado la unidad política del continente en torno a una sola causa. 

 Lo que sí sorprende es que ni los graves estragos provocados por la pandemia de covid-19, desde inicios de 2020, hayan modificado diametralmente este patrón continental de disenso y conflicto o, cuando menos, hayan sembrado la voluntad política a ir ensanchando el diálogo diplomático a un nuevo nivel. No por un repentino altruismo de los jefes de Estado y de gobierno de esta extensa comunidad de países; sino porque tanto la solución a los desafíos enfrentados por la región, como la viabilidad de sus respectivos proyectos políticos, pasa como nunca antes por la cooperación multilateral. Ello, al ser el crimen organizado trasnacional, la espiral inflacionaria, la falta de inversión generadora de empleo y las disrupciones en la cadena de proveeduría de la actividad industrial, factores que pueden mitigarse con efectividad mediante una integración más estratégica entre actores políticos, privados y sociales asentados en el continente. 

Mientras los legítimos reclamos sociales sigan vigentes por más seguridad, certidumbre económica y desarrollo local, los gobernantes terminarán enfrentando mayores restricciones políticas y deseos de cambio en la ruta de sus países. Por eso, llama la atención el desaire que varios mandatarios de la región han expresado respecto de la Cumbre de las Américas, al ser prácticamente el único foro regional en el que esta amplia gama de naciones tiene posibilidad de entablar un diálogo abierto y directo, en la búsqueda de terreno fértil para la solución de problemas comunes que mejoren la calidad de vida de las comunidades asentadas en nuestro hemisferio; así como de establecer una ruta crítica por consenso para el bienestar colectivo de mediano plazo, que motive al seguimiento de avances nacionales y a una mayor rendición de cuentas. 

Es cierto, al margen de la polémica sobre las divergencias de Estados Unidos con regímenes totalitarios, durante largo tiempo los lazos de confianza de los países latinoamericanos con el mecanismo se han deteriorado, por la constante prioridad que las relaciones exteriores estadunidenses dan a otras regiones del mundo, sea por sus intereses comerciales, geopolíticos o de seguridad nacional. En ningún sentido se reclama aquí la necesidad de emprender ahora una política intervencionista en nuestra región por parte de la primera potencia; sino de relanzar una política de cooperación que realmente empate la acción con su discurso, en el tan prometido acceso a la prosperidad compartida de amplias zonas continentales que viven en situación de notoria vulnerabilidad. 

 Además, parece urgente un verdadero rediseño de los proyectos y análisis que el Banco Interamericano de Desarrollo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Banco Centroamericano de Integración Económica o la Organización Panamericana de la Salud, entre otros organismos internacionales que también forman parte de la Cumbre de las Américas, al no quedar del todo claro un involucramiento estratégico o cuando menos ordenado, para el cumplimiento de objetivos vinculados al desarrollo integral de los países latinoamericanos. Siempre maximizando los recursos escasos disponibles y evitando la duplicidad de funciones. 

Y, a pesar de éstas y otras deficiencias, México pierde con la ausencia del Presidente en la cumbre celebrada en la ciudad californiana de Los Ángeles. Pierde, porque no hay otro país con la capacidad de cultivar confianza entre norte y sur como el nuestro; pierde porque dejamos de lado la oportunidad de resaltar la insensatez en los políticos estadunidenses que entorpecen el cruce legal de personas y mercancías mientras persista el tránsito de numerosos migrantes, así como la de gobiernos centroamericanos que poco hacen para generar las oportunidades que arraiguen a sus gobernados a sus comunidades de origen, y pierde porque las facturas diplomáticas a pagar siempre serán más altas que los beneficios políticos inmediatos de no acudir, más aún cuando se condiciona ir al diálogo a la presencia de regímenes conducidos al margen de la democracia y los derechos humanos. 

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