La ¿unión? americana

Ahora la concepción de la integración continental parece tomar un nuevo impulso, con las victoriasque en años recientes la izquierda ha obtenido en países relevantes como son Chile, Colombia,México y la expectativa del eventual triunfo que Lula da Silva tendría en Brasil. Sin embargo,cabe preguntarse por qué los mecanismos de integración encuentran serias resistencias.

Impulsar integraciones regionales para alcanzar la mayor prosperidad no es un fenómeno nuevo. Parte, cuando menos, desde el origen de las naciones, debido a que unidades territoriales más amplias logran complementar capacidades, potenciar recursos naturales estratégicos y aumentar capital humano; condiciones bajo las cuales se garantiza la generación de más beneficios económicos y sociales, en comparación con los esperados al actuar autónomo de cada una de las localidades. Especialmente cuando a éstas las une su cultura, su historia o algún valor de interés común. 

 De ahí que no sea gratuito el por qué desde emancipadores como Simón Bolívar hasta los dirigentes políticos más contemporáneos se planteen la integración parcial o total de América como un medio para distribuir mayor bienestar entre los integrantes del acuerdo. En décadas recientes así sucedió con los tratados de libre comercio en América del Norte, los mecanismos de cooperación nacidos en Centroamérica y el Caribe o los mercados comunes surgidos en el cono sur del continente americano. 

 Ahora la concepción de la integración continental parece tomar un nuevo impulso, con las victorias que en años recientes la izquierda latinoamericana ha obtenido en países relevantes como son Chile, Colombia, México y la expectativa del eventual triunfo que Luiz Inácio Lula da Silva tendría en Brasil. Sin embargo, cabe preguntarse por qué los mecanismos de integración en nuestra región encuentran serias resistencias no sólo en la consolidación de zonas políticas o económicas comunes, sino en la distribución sostenida de beneficios a las comunidades asentadas en ellas. Expongo aquí las tres razones más importantes. 

Primera. La profunda debilidad institucional en la que los países latinoamericanos, y particularmente los de Centroamérica, han estado sumergidos. Una situación bajo la cual ni siquiera resulta viable garantizar el cumplimiento mínimo de acuerdos multilaterales, simplemente porque las instituciones son inexistentes o están dominadas por tomas de decisión que no se apegan a los marcos constitucionales vigentes. Sin rendición de cuentas y procedimientos predecibles, ¿cómo será posible construir una confiabilidad de largo plazo en las naciones que forman parte de la unión? 

Segunda: el dar prioridad a la política y la soberanía nacional, antes que a la técnica y la integración para el desarrollo. En el caso de la izquierda, le gusta aspirar a convertirnos en la nueva Unión Europea y, por ello, la plantea como un modelo a seguir para que, finalmente, América Latina sea tratada a iguales por Estados Unidos. Sin embargo, esa misma unión fue posible porque las naciones cedieron soberanía al transferir amplios márgenes de decisión a instituciones como el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, instancias donde la política está disciplinada a la técnica. Además, si bien todos los países son iguales, hay unos más iguales que otros, pues es innegable el liderazgo que Alemania y Francia ejercen al interior de la Unión Europea. ¿Acaso la izquierda estaría dispuesta a transferir soberanía y liderazgo político hacia los países más avanzados del continente, a cambio de obtener beneficios sociales similares a los observados a lo largo y ancho del continente europeo? 

 Y, tercero: el mosaico de izquierdas prevalecientes en América Latina parece un obstáculo insalvable a la integración. El continente cuenta con la izquierda nicaragüense y venezolana que, contraria a todo principio democrático, encarcela a opositores o altera los calendarios electorales para perpetuarse en el poder; a la izquierda chilena, que en voz Gabriel Boric condena la invasión de Rusia; en contraste con los numerosos liderazgos del Movimiento Regeneración Nacional que se paran del lado del presidente ruso; así como la izquierda colombiana que busca reconciliación, frente a otros movimientos de esa ala ideológica que viven de incitar a la polarización. Ello, sin dejar las profundas rivalidades que las naciones tienen en el orden multilateral, como la de Brasil y México por hacerse de un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, entre tantas otras. 

De aquí cabe preguntarse, ¿unión americana? Para vivir otro naufragio de integración, ya tenemos varios mecanismos vigentes de concertación en América Latina. 

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