La mística que extraña el PAN

Haber dejado atrás su esencia —mediante la imposición de crecientes barreras a que los ciudadanos formen parte del PAN, así como el abandono de los métodos más democráticos en la selección de candidaturas— no sólo se tradujo en dolorosas derrotas; sino en la renuncia de cuadros valiosos que, ante su exclusión, prefirieron transferir su talento al capital de otras fuerzas políticas

Por décadas, la mística impulsó a la militancia del Partido Acción Nacional a la construcción de un mejor país. Una mística generada a partir de un espacio común de participación política, distinguido por un intenso debate interno y una toma democrática de decisiones a todos los niveles. Sin ella, la mística, sería difícil comprender cómo los panistas transitaron por largos periodos de persecución autoritaria y de sacrificio familiar, en la búsqueda permanente de llevar a la realidad su ideario de nación.

Y es que el bien común que motiva esta lucha partidista suele ir, desde su origen, a contracorriente del modelo perfilado en otros institutos políticos. Primero, el panismo se concibió desde fuera del poder y con arraigada visión ciudadana, en oposición a fuerzas de élites interesadas en concretar sistemas de partido dominante e inhibir la pluralidad. Segundo, rechazó el control desde el centro y planteó su activismo de lo municipal a lo federal, aportando nuevas formas de gobierno a las demandas de una sociedad exigente de políticas públicas responsables y con impacto duradero en la calidad de vida. Además de que, tercero, estableció un sistema abierto con el que identificó a los mejores perfiles —por su capacidad de gestión y competitividad electoral— para ejercer los distintos cargos de representación popular.

En años recientes, la militancia y sus liderazgos han sido enfáticos en la necesidad de recobrar la vigencia plena de éstas y otras condiciones que detonan la mística del panismo. Haber dejado atrás su esencia —mediante la imposición de crecientes barreras a que los ciudadanos formen parte del PAN, así como el abandono de los métodos más democráticos en la selección de candidaturas— no sólo se tradujo en dolorosas derrotas en las urnas; sino en la renuncia de cuadros valiosos que, ante su exclusión, prefirieron transferir su talento al capital de otras fuerzas políticas.

La profunda reforma a los estatutos del PAN que promete el Comité Ejecutivo Nacional, informada el domingo en las páginas de Excélsior, debe ser el cambio en la ruta del partido que lo inserte de nuevo en el camino de su mística. En la forma, el proceso de reforma estatutaria —el cual parte de la elección de los diez mil delegados que conformarán la Asamblea Nacional— requiere ser abierto y ejemplar para renovar el interés de la ciudadanía. En el fondo, la composición final de la misma Asamblea habrá de reflejar la mayor pluralidad política y cultural que comulga con los principios de Acción Nacional, en el ánimo de emprender el grado de movilización social que exige una elección como la de 2024. Si desea diferenciarse, el panismo está llamado a dar muestra de altura democrática, en comparación con el ejercicio fallido que protagonizó Morena en la consulta a sus bases realizada en semanas recientes.

Legitimidad democrática y pluralidad política son fundamentos de vital importancia si, además, entre los objetivos prioritarios se busca actualizar la plataforma programática de Acción Nacional para hacerla más representativa, tolerante, equitativa e incluyente, en línea con la evolución de una sociedad moderna que busca disfrutar de mayor dignidad, libertad, derecho e igualdad entre las personas.

Cierto es también que de poco serviría una reforma estatutaria que facilitara la afiliación de segmentos ciudadanos mucho más diversos, si la militancia panista entrante no encuentra canales efectivos de participación e involucramiento en la toma de decisiones. Por eso, la reforma es necesaria, pero insuficiente, porque deberá acompañarse de la reactivación de las instancias y procesos de deliberación interna, en donde las distintas corrientes cuenten con piso parejo para incidir en la vida partidista, así como que sean factor de control democrático y de rendición de cuentas a los dirigentes panistas ubicados a lo largo de toda la estructura partidista.

El PAN ha derribado movimientos políticos que en el pasado se asumían como invencibles. Lo hizo cuando se decidió a recorrer las calles, dar voz a nuevos cuadros con soluciones públicas innovadoras y formar generaciones de jóvenes en el servicio público. Esperemos que la Asamblea Nacional y su reforma de estatutos sean un nuevo motivo de mística que recobre la fuerza política e inspiradora del panismo de cara a la elección presidencial.

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