España democrática
La ciudadanía española y el sistema de partidos políticos que la representa dieron al mundo, en el marco de las elecciones generales celebradas el domingo pasado, una clara lección del valor que tiene la democracia en la discusión y resolución de las materias ...
La ciudadanía española y el sistema de partidos políticos que la representa dieron al mundo, en el marco de las elecciones generales celebradas el domingo pasado, una clara lección del valor que tiene la democracia en la discusión y resolución de las materias vinculadas a la gobernanza de todo país, especialmente en contextos donde la polarización ideológica y la estridencia política, con las graves inestabilidades que ambos factores generan, dominan los espacios de la conversación pública.
España no es ajena a la radicalización de la política nacional. Desde hace al menos diez años, su sistema prácticamente bipartidista y que nace de la transición política conseguida tras la muerte del dictador Francisco Franco, a finales de 1975, fue sustituido por uno mucho más plural, donde otras fuerzas regionales o radicales de ambos lados del espectro ideológico consiguieron niveles sobresalientes de representación parlamentaria. Ello hizo necesario transitar a un modelo complejo de negociación para poder formar gobierno e instrumentar política pública; en una nación que, además, se debate el nivel de autonomía —e incluso independencia— que debieran tener algunas de sus regiones, como la de Cataluña.
Durante la campaña, el discurso político fue contundente y la polarización se fue al extremo. Sin embargo, la ciudadanía española y sus liderazgos políticos mostraron un comportamiento democrático ejemplar, el cual debiéramos valorar de cara a nuestra elección constitucional del próximo año. Expongo aquí cuatro factores.
El primero es la alta participación. Ni la estridencia política ni la falta de liderazgos potentes en la derecha y la izquierda alejaron a la ciudadanía de las urnas. Setenta por ciento de los españoles en edad de votar ejercieron su derecho ciudadano, la segunda cifra más alta de las seis últimas elecciones generales. La cultura democrática echó por tierra las críticas iniciales de que haber convocado la elección en pleno periodo vacacional de verano provocaría comicios generales sin participación sustantiva. Algo hubo en el clima político que los electores se vieron motivados a tomar parte activa en la definición del proceso.
El segundo es la aceptación de los resultados. Desde los liderazgos políticos más moderados hasta los más radicales dieron por válido el mandato popular expresado el día de la jornada electoral. A diferencia de diversas expresiones políticas observadas en otras naciones, tan potentes como Estados Unidos o tan similares como nuestro propio país, en España no se dieron ataques contra el sistema electoral y los responsables de conducirlos. En vez de caer en la tentación fácil de emitir cuestionamientos sin sustento, los liderazgos ibéricos valoraron públicamente sus alcances y derrotas en crítica abierta a sus estrategias de campaña.
El tercero se refiere a la moderación política. Es cierto, tanto el Partido Popular como el Socialista Obrero Español estuvieron lejos de obtener victorias contundentes, pero ambos recuperaron valioso terreno electoral. Las fuerzas radicales de Vox y Sumar, en otros tiempos altamente competitivas, vieron disminuidos sus capitales políticos en beneficio de los partidos mayoritarios tradicionales, el PP y el PSOE.
La confianza en ambos institutos partidistas ya se había evidenciado con el declive de Ciudadanos y ahora, con la nueva expresión de hartazgo a la polarización registrada en la elección del domingo, los incentivos están puestos para observar una tendencia aún más clara hacia la moderación. Para visualizarlo: el PP creció su representación 47 escaños a costa de las bancadas parlamentarias de Vox y otros partidos radicales.
Y cuarto, liderazgos competitivos. Las dirigencias de las fuerzas políticas españolas han estado bajo críticas constantes, pero demostraron ser altamente atractivas para la participación electoral. El nivel de sufragios registrado muestra que los candidatos se disciplinaron a sus estrategias y plantearon propuestas programáticas que acabaron motivando su rechazo o aceptación ciudadana en los mismos centros de votación. El resultado de la elección no es el fin de la jornada, esos liderazgos habrán de demostrar habilidad y responsabilidad para conformar un gobierno plural, mesurado e incluyente.
Una dinámica a la española no caería mal al México de 2024.
