El segundo piso del surrealismo
Claudia Sheinbaum llega a su Primer Informe de Gobierno con una popularidad que ronda entre 69% la más baja y 78% la más alta, de acuerdo con diversas encuestas que hemos visto en medios de comunicación. Sus seguidores lo exhiben como un mandato incuestionable, un cheque ...
Claudia Sheinbaum llega a su Primer Informe de Gobierno con una popularidad que ronda entre 69% —la más baja— y 78% —la más alta—, de acuerdo con diversas encuestas que hemos visto en medios de comunicación. Sus seguidores lo exhiben como un mandato incuestionable, un cheque en blanco para seguir con el proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Pero, detrás de esa narrativa, la realidad pinta un cuadro mucho menos alentador. Este primer año ha sido una mezcla de anuncios grandilocuentes, cifras maquilladas, reformas autoritarias y una secuencia interminable de escándalos que han convertido la administración en una montaña rusa de crisis.
Aunque la Presidenta presume que todo va viento en popa, con inflación controlada, así como un crecimiento estable, los números dicen otra cosa. Los analistas privados ya bajaron sus pronósticos, hablan de un crecimiento que apenas rondará 1%, y el propio Banxico estima que la economía puede crecer menos de lo esperado, apenas 0.6 por ciento. La OCDE incluso advierte que podríamos ver números negativos este año. Mientras en Palacio Nacional hablan de inversión y bienestar, el Paquete Económico 2025 trajo recortes fuertes, menos dinero para salud, seguridad, así como para el transporte, debemos esperar el paquete económico 2026 para ver cómo viene y qué nuevos recortes planteará Morena. Si eso es “prosperidad compartida”, entonces alguien está maquillando la realidad para que cuadren los aplausos.
Otro punto crítico es la reforma judicial, presentada como el gran legado para consolidar una supuesta supremacía constitucional, pero, en los hechos, erosiona los contrapesos, concentrando más poder en el Ejecutivo. Ésta es una reforma que responde más al sueño de Andrés Manuel López Obrador de controlar al Poder Judicial que a una verdadera modernización de la justicia. Sheinbaum la ha hecho suya, a pesar de que juró respetar la división de poderes. En lugar de construir consensos, el oficialismo ha usado su mayoría para imponer cambios que transforman el país en una dictadura, como lo hemos visto en diferentes países, como, por ejemplo, Venezuela, entre otros.
Mientras la Presidenta intenta vender la imagen de un país en orden, la realidad la supera; ahí están los casos de corrupción de miembros de su gabinete, en Morena o en gobernadores emanados de ese partido, a su vez los casos de Segalmex y lo dicho por la propia Presidenta en su informe de ayer, que Pemex está sólida, pero la realidad es que está totalmente quebrado.
El episodio más delicado es el caso Adán Augusto y La Barredora. Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad de Tabasco, fue señalado de liderar una célula ligada al Cártel Jalisco Nueva Generación. La Fiscalía de Tabasco tardó años en actuar, a pesar de los informes militares, como las filtraciones de Guacamaya Leaks. Hoy, Bermúdez está prófugo y Morena ha blindado a Adán Augusto en el Congreso, mostrando que el partido es más hábil en proteger a los suyos que en garantizar justicia.
Sheinbaum heredó lo malo de López Obrador, pero ha decidido mantener intactas sus estructuras, sus programas y hasta sus pleitos. Los grandes proyectos, como el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, becas y pensiones siguen drenando recursos sin auditorías profundas. El gobierno promete transparencia, pero se resiste a investigar a fondo los casos de corrupción que le estallan en la cara.
A un año de haber asumido el poder, Claudia Sheinbaum no ha podido romper la inercia de un régimen que vive de confrontar a la oposición, culpar a gobiernos anteriores y presumir cifras que no siempre se reflejan en la realidad de los ciudadanos. La violencia sigue golpeando al país, el crecimiento es raquítico, la corrupción no se ha erradicado. Morena enfrenta su propio desgaste por los escándalos internos, los excesos de sus legisladores y el encubrimiento de sus cuadros que han convertido al partido en su peor enemigo.
El verdadero balance de este primer año no está en las cifras oficiales ni en las encuestas complacientes. Está en las calles, en la inseguridad que viven las familias mexicanas, en los hospitales sin medicinas, en los campesinos sin apoyos, en los empresarios que frenan inversiones por la incertidumbre jurídica. Pueden seguir hablando de transformación, pero si cada mes hay un nuevo escándalo y cada reforma se usa para concentrar poder, la narrativa de cambio se derrumba por sí sola. El reto del segundo año no es sólo gobernar, sino demostrar que puede hacerlo sin la sombra de su antecesor y sin seguir administrando crisis como si fueran trofeos políticos.
