Desolación
Por el nombre que Naciones Unidas dio a su Asamblea General (Un momento decisivo: soluciones transformadoras para desafíos entrelazados), se necesita casi de un milagro diplomático para rectificar la ruta de la comunidad internacional. Ello porque el mundo enfrenta una serie de “crisis complejas e interconectadas”, como bien subraya la ONU
Tanto por el estado de las relaciones internacionales como por el tono de los discursos que enmarcan el septuagésimo séptimo periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, la humanidad transita por uno de los momentos más escépticos para el cumplimiento de los Objetivos del Desarrollo Sostenible. Un conjunto de metas que habrían de ubicarnos en el camino gradual de la prosperidad, pero que, muy por el contrario, al contrastarlas con la evolución de los indicadores, nos evidencia lo lejos que estamos de construir sobre esa vía.
Por el nombre que Naciones Unidas dio a su Asamblea General (Un momento decisivo: soluciones transformadoras para desafíos entrelazados), se necesita casi de un milagro diplomático para rectificar la ruta de la comunidad internacional. Ello porque el mundo enfrenta una serie de “crisis complejas e interconectadas”, como bien subraya esta organización, sin que existan condiciones propicias para conseguir una amplia generación de consensos transformadores a partir de los cuales se movilicen recursos financieros y compromisos políticos que mitiguen los riesgos en la vida y el patrimonio de las personas alrededor del mundo.
Si algo resulta previsible en el segmento de alto nivel de la Asamblea General, espacio en el que se da la participación de los jefes de Estado y de gobierno a celebrarse en estos días, es la expresión de la polarización y el conflicto agravado no sólo por fenómenos como la invasión de Rusia a Ucrania o las disrupciones económicas derivadas de la misma emergencia sanitaria, sino porque esos dignatarios responden a sociedades profundamente divididas. Condición que restringe severamente sus márgenes de maniobra en la cooperación internacional, porque su supervivencia política en lo inmediato depende de la defensa de los intereses más nacionalistas de su electorado.
Toda una tormenta perfecta que augura mayores costos sociales para un número significativamente más alto de personas en situación de vulnerabilidad. Basta poner como ejemplo la preocupante evolución de la hambruna que se extiende. De acuerdo con estadísticas aportadas por las agencias del sistema de Naciones Unidas, 828 millones de individuos en el planeta padecen en el presente de hambre. El dato representa un aumento de 150 millones de personas en tan sólo dos años —desde que se dio el brote de coronavirus—, sin dejar de lado que 30% de los seres humanos conviven con inseguridad alimentaria.
Tendencia que puede ir hacia la gravedad, al considerar la espiral inflacionaria que impacta directamente en la capacidad adquisitiva de los estratos con menores ingresos; las distorsiones en los mercados de cereales, semillas y fertilizantes, al ser Rusia y Ucrania dos de los productores más importantes del sector; así como los efectos del cambio climático en múltiples cadenas de producción agroalimentaria en los distintos continentes. Factores puestos para acrecentar la inestabilidad y el desplazamiento.
Con economías debilitadas y demandas sociales desbordadas, los gobiernos de las economías más avanzadas —que en gran parte son también las más contaminantes— tienen pocos recursos e incentivos de corto plazo para mitigar las emisiones de carbono y transitar hacia economías más verdes. Contexto por demás adverso para cumplir los Acuerdos de París, así se ponga en riesgo la seguridad de su propia población, como ha quedado patente con los incendios, sequías e inundaciones sin precedentes registradas en este conjunto de naciones. Mientras las afectaciones derivadas de la crisis climática se amplían, en 2021 las emisiones de dióxido de carbono alcanzaron el nivel más alto de la historia, según la Agencia Internacional de la Energía, producto de la necesidad de los gobiernos por acelerar su recuperación económica.
En la identificación de soluciones globales destaca un sistema multilateral anquilosado, como bien acusan sus críticos, pero debemos subrayar que no toda la responsabilidad recae en la diplomacia. La emergencia climática sólo podrá combatirse con políticas públicas nacionales y liderazgos políticos coherentes que reorienten la actividad económica hacia la sostenibilidad, la mitigación de riesgos y la resiliencia. Mientras acusemos lo internacional sin resolver lo doméstico, seguiremos andando hacia la desolación en el destino de millones de seres humanos.
