De incentivos políticos para el decoro

Llama la atención que Boris Johnson haya conseguido asumir el cargo. Un perfil político que, desde su etapa estudiantil, fue señalado públicamente de abusos, vandalismo e irresponsabilidad.

El Parlamento británico es una de las instituciones de representación popular con la mayor reputación por su calidad legislativa. Órgano creado en 1801, a partir de la unión de los parlamentos de Inglaterra y Escocia, al cual se añadiría después el de Irlanda —mismos que encuentran sus orígenes en el lejano siglo XIII—. Por la alta competitividad de su sistema de mayoría absoluta y por sus mejores prácticas parlamentarias, de ese sistema político han emanado mujeres y hombres que han marcado la vida no sólo de la sociedad británica, sino de la comunidad internacional en distintos momentos de la historia, como en su momento hicieron Winston Churchill o Margaret Thatcher.

Por esta larga tradición parlamentaria llama aún más la atención que Boris Johnson haya conseguido asumir el cargo de primer ministro. Un perfil político que, desde su etapa estudiantil, fue señalado públicamente de abusos, vandalismo e irresponsabilidad en el entorno escolar; que en el inicio de su vida profesional fue despedido de la redacción de un periódico por inventar citas en artículos que iban a primera plana y, posteriormente, publicaría textos cargados de racismo, misoginia y clasismo en críticas despiadadas hacia segmentos vulnerables, según recuerdan recopilaciones periodísticas tras su dimisión, anunciada hace unos cuantos días. Su falta de apego a la verdad le acompañaría toda su vida, al quedar exhibido a lo largo de su trayectoria política en los más diversos momentos.

A pesar de todo ello, disfrutó la complicidad de su partido no sólo en su ascenso, sino en la operación que terminaría con el mandato de su antecesora en el 10 de Downing Street, Theresa May. Lo más paradójico es que el retiro de los apoyos políticos que propiciaron la caída de Boris Johnson podría explicarse por causas distintas a los escándalos recurrentes que fueron propiciados por una personalidad hecha para operar por fuera de convenciones sociales. Su caída es, en realidad, como la de todo gobernante populista, por la falta de resultados convincentes en las materias que más preocupan a los ciudadanos, como es el estado de la economía en el caso inglés.

Así, la renuncia de más de tres decenas de funcionarios y asistentes de primer nivel de gobierno no se explica del todo por las fiestas en el confinamiento de la pandemia de Johnson, o por el encubrimiento a sus colaboradores cercanos. Los tories estaban dispuestos a tolerarle esos y otros desplantes a su dirigente, siempre que éste, a cambio, les garantizara tracción popular en la arena electoral. El problema de fondo es el creciente malestar social, producto de políticas nacionalistas fallidas, lo cual representa una factura que el Partido Conservador ya no está dispuesto a perdonarle a su primer ministro.

El agravio social crece, además, por la subida de impuestos a la clase trabajadora, impulsada desde el gobierno de Johnson, aparejada a la espiral inflacionaria y un contexto de inminente recesión económica; así como la falta de una ruta clara que mantuviera la percepción ciudadana favorable hacia el Brexit, una de las principales banderas del denostado primer ministro (hoy, 51% de los ingleses considera un error el haber abandonado la Unión Europea, de acuerdo con el sitio especializado en opinión pública Statista).

El mal desempeño en la conducción económica y un deficiente manejo de la pandemia tiene al Partido Conservador once puntos porcentuales abajo en intención de voto respecto de los laboristas. Una brecha de pérdida de competitividad electoral que se ha venido expandiendo desde diciembre del año pasado. Aunado a que dos terceras partes desaprueban la gestión de Boris Johnson y tan sólo 13% del electorado lo considera un gobernante confiable.

Será interesante observar, en los próximos meses, la estrategia que habrán de seguir los conservadores para salir del sótano político en que los ha metido Johnson. En especial cuando los electores son reacios a dar su respaldo a dirigentes dispuestos a recobrar la dignidad de la investidura de un jefe de gobierno, así como a plantear un conjunto de políticas públicas responsables y sostenibles.

Ahí está, como botón de muestra, el presidente estadunidense, Joe Biden. Mandatario al que también las encuestas le plantean un complejo escenario, ya no sólo en términos de la amenaza de perder una elección nacional frente a su antecesor, Donald Trump, sino de ser incluso excluido de la boleta electoral por el creciente rechazo que proviene de la base del Partido Demócrata: dos terceras partes de su militancia se están inclinando por dar la estafeta a un nuevo competidor, debido a su edad y la percepción mayoritaria de que Estados Unidos va en una ruta equivocada de país.

En el derrumbe del primer ministro Boris Johnson y la deriva del presidente Joe Biden, mucho que analizar sobre los incentivos sociales para cerrar las puertas al escándalo político y motivar la permanencia de quienes, con dignidad, buscan hacer bien su trabajo.

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