Crisis (cada vez menos) silenciosa
Existe otra crisis enfrentada por los mexicanos que suele no reflejarse en los sondeos de opinión pública, ni parece estar siendo solucionada por instancias públicas y privadas con la seriedad que se debiera. Ésta es, la del acceso y manejo del agua. Un problema de alcance global—no es casualidad que la ONU lo considere uno de sus 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible— que en México prende alarmas en un número creciente de zonas urbanas y rurales.
A lo largo de los últimos años, las encuestas han sido consistentes en mostrar los principales temas de preocupación social, mismos que se centran en la violencia e inseguridad que se ha expandido en distintas entidades del país, la falta de condiciones económicas para garantizar la tranquilidad de los hogares, así como las deficiencias en la protección de la salud ante el desabasto de las capacidades e insumos más básicos. Estudios que, por cierto, también muestran valoraciones ciudadanas muy críticas, respecto de las políticas públicas nacionales diseñadas para dar atención a estos desafíos, sea porque sus criterios de ejecución se perciben poco adecuados o insuficientes ante los graves contextos que las rebasan, como es el fenómeno de la emergencia sanitaria de covid-19, con sus impactos en la salud y la economía de las personas.
Sin embargo, existe otra crisis enfrentada por los mexicanos que suele no reflejarse en los sondeos de opinión pública, ni parece estar siendo solucionada por instancias públicas y privadas con la seriedad que se debiera. Ésta es, la del acceso y manejo del agua. Un problema de alcance global —no es casualidad que la Organización de las Nacionales Unidas lo considere uno de sus 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible— que en México prende alarmas en un número creciente de zonas urbanas y rurales en los más diversos puntos del país. Hace apenas unos días, en el marco de una cobertura recurrente del tema, Excélsior dio cuenta que el 70% del territorio nacional padece sequía y que en los últimos meses, 27 entidades vieron impactados sus respectivos estiajes. Esto, de acuerdo con información del Servicio Meteorológico Nacional.
Así, son ya más de cincuenta millones de mexicanos los que viven bajo algún nivel de escasez, sin olvidar que quince millones adicionales siguen sin tener acceso a agua potable en pleno siglo XXI, según cálculos de la UNAM. Lo preocupante es que la proyección sólo hace prever escenarios más delicados en el mediano plazo. Por un lado, los efectos del cambio climático aumentan temperaturas y aceleran la evaporación de cuerpos de agua, además de otros fenómenos como La Niña, produce escasas nubes e incrementa la radiación directa a los suelos. Por el otro, el país mantiene la sobreexplotación de acuíferos, ha sido negligente con la limpieza sostenible de sus presas, lagos y ríos, así como persiste en un consumo per cápita desmedido que lo ubica entre las cinco naciones más demandantes de este vital líquido.
La extendida y prolongada sequía en unos años podría llevarnos a no tener más la oportunidad de preguntarnos sobre el mejor balance de la distribución de agua entre poblaciones en una región; sino a la obligación de optar por una sobre el resto para concentrar la poca agua disponible en búsqueda del beneficio posible. Estas señales ya empezaron a prenderse en varios lugares, como las poblaciones al norte de Veracruz, que rechazan el envío de agua al estado de Nuevo León. Riesgos que también se reproducen en lo económico. Entre otros botones de muestra: las actividades productivas de Monterrey están encontrando fronteras de crecimiento por la falta de agua; así como las de Mexicali, cuya población frustró en años recientes la instalación de una cervecera por las mismas razones de escasez.
Todo lo anterior reafirma que el problema del agua no se afronta sólo con más infraestructura ni las rutas de solución son exclusividad de las instituciones públicas. Desde la sociedad, las empresas y los órdenes de gobierno, todos tenemos una responsabilidad compartida en hacer un mejor uso de los recursos hídricos y acelerar la mitigación de las amenazas derivadas del cambio climático en materia del agua. En esta crisis cada vez menos silenciosa, es tiempo de escuchar y alinear acciones con los especialistas, quienes por años han llamado a asumir medidas muy puntuales, que van desde erradicar el desperdicio, recolectar agua de lluvia y mejorar los sistemas de riego; hasta habilitar plantas de desalinización y tratamiento, ampliar los sistemas de reciclaje hídrico y amplificar las zonas de reforestación. Si no emprendemos soluciones de frente, estamos muy cerca de debatirnos qué es peor, si la violencia del crimen organizado o la falta de agua.
