Ciudadanos abandonados a su suerte
Hoy, México necesita un gobierno que mire de frente y deje de culpar a las sombras.La tragedia de Carlos Manzo no demanda venganza, sino responsabilidad. Su muertedebe marcar un antes y un después si todavía existe voluntad para rescatar al paísdel abismo. De lo contrario, seguiremos contando muertos...
El asesinato en contra del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, no sólo estremeció a Michoacán, también evidenció la fractura del Estado mexicano. No fue un hecho aislado ni una tragedia repentina, sino la consecuencia previsible de años de omisiones, negligencias y discursos que sustituyeron la acción por la propaganda. En el país de los abrazos, no balazos, los criminales no sólo mandan, también administran el miedo.
El alcalde Manzo había advertido desde hace meses que la presencia de grupos armados en su municipio crecía, mientras el gobierno federal retiraba elementos de la Guardia Nacional. Su solicitud no era una súplica personal, sino una exigencia institucional. Pidió apoyo, no una escolta. Quería que el Estado cumpliera con su obligación de ejercer el poder legítimo de la fuerza para proteger a los ciudadanos. Pero, en la lógica del poder actual, reconocer el problema equivale a admitir el fracaso, y nada aterra más al discurso oficial que la verdad.
El crimen de Uruapan retrata a un gobierno que ha hecho de la negación su política de seguridad.
Se insiste en culpar al pasado, en revivir viejas batallas ideológicas, en desacreditar a quienes sí enfrentaron el crimen cuando era más peligroso hacerlo. Mientras tanto, Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Sinaloa, Zacatecas y Chiapas se desmoronan bajo el mismo patrón: con la autoridad replegada, la delincuencia empoderada y, lo más preocupante de todo, la sociedad abandonada.
La continuidad que presume la nueva administración federal no representa estabilidad, sino la persistencia del error.
Resulta grotesco escuchar que se culpa a gobiernos anteriores de la violencia que hoy asfixia al país, cuando el partido en el poder lleva un cuarto de siglo gobernando Michoacán y siete años administrando el país sin contrapesos. Ya no hay a quién culpar cuando se tiene todo el poder y ninguna excusa. El discurso de la herencia recibida perdió credibilidad. Lo que indigna es la herencia que hoy se construye, la del miedo como norma y la impunidad como destino.
Durante veinticuatro años, el mismo grupo político ha gobernado Michoacán y, en lugar de fortalecer las instituciones, ha permitido que la corrupción, así como la complicidad, echen raíces. El Estado abandonó su deber de garantizar la ley y la justicia; en ese vacío crecieron los intereses criminales que hoy dominan la región. Es absurdo que se pretenda responsabilizar a quienes hace tiempo dejaron el poder, mientras los actuales mandatarios evaden la rendición de cuentas. La tragedia de Uruapan no es un accidente, es el resultado de un gobierno que ha preferido mirar hacia otro lado mientras el crimen se adueña del territorio.
El alcalde de Uruapan fue asesinado frente a su gente y sus escoltas, en un acto que simboliza el dominio criminal sobre la autoridad civil. No fue un momento de descuido, como pretende explicar el gobierno, sino la consecuencia directa de haber renunciado a enfrentar el crimen. El dominio de las organizaciones no nació de la decisión de combatirlas, sino de la cobardía de dejarlas avanzar. Cuando el Estado abdica de su deber, el vacío lo llenan quienes matan.
No se trata de politizar la tragedia, sino de asumirla como lo que es: un llamado urgente a recuperar la autoridad perdida. La seguridad no es un eslogan, es una obligación constitucional. Ningún país puede sobrevivir si el gobierno convierte la pasividad en doctrina. La República no muere de un golpe, muere de omisiones, silencios y excusas. Cada alcalde asesinado, cada comunidad sitiada, cada familia que se resigna a vivir con miedo es una página más en el acta de defunción del Estado.
Hoy, México necesita un gobierno que mire de frente y deje de culpar a las sombras. La tragedia de Carlos Manzo no demanda venganza, sino responsabilidad. Su muerte debe marcar un antes y un después si todavía existe voluntad para rescatar al país del abismo. De lo contrario, seguiremos contando muertos, mientras el poder repite la misma mentira de siempre: que todo está bajo control, cuando todos sabemos que es todo lo contrario.
Descanse en paz, un gran defensor de los michoacanos.
