Aprendizajes

Los estudios de opinión pública han perdido toda credibilidad en la segunda vuelta, especialmente entre los afines a Bolsonaro. Condición que resulta ser tierra fértil a las teorías de la conspiración, mediante las que el presidente brasileño, el Ejército y los grupos de votantes más reaccionarios podrían buscar desconocer la elección.

La elección presidencial brasileña celebrada el domingo pasado, en la que muchos se volcaron a felicitar al exmandatario y nuevamente candidato del Partido del Trabajo, Luiz Inácio Lula da Silva, cuando en realidad representó una sorpresiva victoria parcial para Jair Bolsonaro –al forzar la realización de una segunda vuelta electoral, a pesar del voto útil convocado por su carismático rival–, es la última muestra de lo complejo que resulta erradicar del espectro político a los líderes populistas, por desastrosa que sea su gestión al frente de los gobiernos.

En cierto sentido, las resistencias sociales a darle la espalda a los nacionalistas radicales ya las habíamos constatado con la derrota del expresidente estadunidense Donald Trump. El republicano, en los hechos, perdió la elección de 2020, pero obtuvo un caudal de votos mayor al obtenido en los comicios que cuatro años atrás lo llevaron a la Casa Blanca. No sólo eso. Sembró sin evidencia alguna la duda en la integridad del conteo de votos y, a la fecha, cuenta con una base de leales que secunda la teoría de la conspiración del fraude y lo mantiene en posición competitiva para retomar la Oficina Oval en 2024. Aún fuera del poder, Trump sigue alterando los equilibrios de poder al interior del sistema de partidos y en la formulación de políticas públicas.

Brasil parece ofrecer una lección en el mismo sentido. Como presidente, Jair Bolsonaro negó la peligrosidad del covid-19, llamando incluso a pasar por alto las recomendaciones sanitarias para evitar la escalada de contagios y el país sudamericano resultó ser el segundo más mortífero de todo el mundo, tan sólo detrás de Estados Unidos; producto de políticas deficientes registró estadísticas sin precedentes en la contracción económica y pérdida de plazas laborales que alcanzaron casi 8 millones de empleos; así como los récords observados bajo su mandato en la deforestación del Amazonas, que tan sólo en los primeros meses de 2022 representó una superficie similar a la de cinco veces mayor a la ciudad de Nueva York. Ello sin olvidar la cesión de numerosos e importantes espacios del primer nivel de la administración pública a las Fuerzas Armadas, con lo cual ahora son un riesgo permanente a la continuidad democrática de esa nación, al haberse sesgado al apoyo de un proyecto político en contienda.

A pesar del desempeño negativo en los distintos rubros de gobierno, amplios segmentos de votantes le ofrecieron al presidente Bolsonaro una muestra robusta de su competitividad electoral. Si los pronósticos de las encuestas apuntaban a que da Silva se llevaría una victoria holgada con más de catorce puntos porcentuales de ventaja, la cual dejaría en todo caso una competencia testimonial de Bolsonaro para la segunda vuelta, los resultados del domingo con apenas cinco puntos de diferencia ubican al actual presidente brasileño con mayores posibilidades de quedarse al frente de Brasil a partir de un segundo mandato.

Más inquietante aún, en este contexto, los estudios de opinión pública han perdido toda credibilidad en la segunda vuelta, especialmente entre los afines a Bolsonaro. Condición que resulta ser tierra fértil a las teorías de la conspiración, mediante las que el presidente brasileño, el Ejército y los grupos de votantes más reaccionarios podrían buscar desconocer la elección al acusar un fraude que, como en el caso estadunidense, nunca existió. Coalición que tendrá altos incentivos de hacerlo así, en el escenario en que Da Silva gane en las urnas por un escaso margen.

A Lula le restringe políticamente un electorado polarizado que no encuentra fuente de persuasión alguna para transitar de un lado al otro del espectro político, porque, desde su concepción, las políticas públicas moderadas no le traerán una mejor calidad de vida ahora, como no lo hicieron en el pasado. Agravado tanto por una incertidumbre económica y social propia de los años recientes, en la que los ciudadanos buscan gobiernos autoritarios para sentirse bajo mayor control de la situación; como por los escándalos de corrupción de Da Silva que, ciertos o no, le acaban restando legitimidad a su agenda de cambio. Al caso brasileño le queda mucho por aprender con lo que suceda en la jornada electoral del 30 de octubre.

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