Antes que el péndulo nos alcance

La tendencia marca dieciséis años consecutivos en que mujeres y hombres disfrutan de menores garantías individuales, frente a estructuras gubernamentales con mayor margen de maniobra para cometer abusos o violación a los derechos humanos

Las corrientes políticas afines al fascismo se anotan una preocupante victoria en Europa, con el triunfo electoral de la coalición encabezada por Hermanos de Italia, porque finalmente la derecha radical consigue una importante posición de poder al controlar la tercera economía más poderosa de la Unión Europea, con lo cual alentará el avance de los movimientos radicales que ya amenazan el futuro de las democracias en ese y otros continentes.

Especialmente porque ese partido consiguió, en nada más unos cuantos años, pasar de tan solo cuatro a veintiséis por ciento de voto, como consecuencia de un creciente malestar ciudadano que le encuentra cada vez menor valor a los principios democráticos, así como de la definición de una agenda radical que logró cohesionar el respaldo de todo el espectro de la derecha. Condiciones que hoy tienen a una admiradora del dictador Benito Mussolini en la antesala de convertirse en primera ministra de Italia.

Y con ella vendrán las políticas públicas extremas, las que restringen libertades ciudadanas, cierran fronteras a la integración multilateral y propician conductas xenófobas en contra de minorías por su origen nacional, ideológico o religioso. Toda una maquinaria de propaganda que funcionará como motor de inspiración para los fanáticos que respaldan la extrema derecha de Marine Le Pen en Francia; la radicalización de Vox en España, o el movimiento neonazi en Suecia. Cada uno de esos movimientos con creciente competitividad electoral que ha conseguido desplazar a los partidos moderados tradicionales, cuando no estar en posición de ganar las contiendas nacionales de primer orden.

Frente a ellos está el fracaso de los partidos moderados y comprometidos con la preservación de los valores de la democracia liberal, los cuales no consiguen establecer las narrativas ni las propuestas de políticas públicas y mucho menos los liderazgos que hagan renacer en ellos el interés de las grandes mayorías de electores. El problema es que lejos están de ser derrotas aisladas, debido a que la comunidad internacional está inserta en el marcado deterioro de los principios que generaron bienestar y orden mundial desde la segunda mitad del siglo XX.

Así lo comprueba, entre otros estudios, el reporte de la Libertad en el Mundo 2022 que elabora la organización especializada Freedom House. En él se concluye que tan solo en un año, las sociedades de sesenta países han visto restringidas sus libertades; además de que únicamente dos de cada diez seres humanos viven bajo regímenes de libertad plena. La tendencia marca dieciséis años consecutivos en que mujeres y hombres disfrutan de menores garantías individuales, frente a estructuras gubernamentales con mayor margen de maniobra para cometer abusos o violación a los derechos humanos.

Lo alarmante es que no solo desde posiciones de poder, como las ejercidas por Nayib Bukele o Daniel Ortega, presidentes de El Salvador y Nicaragua, respectivamente, se desafían las libertades democráticas de las personas; sino también desde fuera de esas estructuras, como es el caso de Donald Trump que —de acuerdo con el análisis de colaboradores del periódico The New York Times— persigue el control de los centros de conteo de votos mediante la movilización de simpatizantes, para buscar la manipulación de resultados en aquellos distritos que no le sean favorables a su coalición de aliados en 2024.

Para ello, el Partido Republicano no sólo ha obstaculizado con reformas legales la emisión del sufragio en número significativo de estados de la Unión Americana; sino existe todo un movimiento de reclutamiento y capacitación -exaltando las teorías de la conspiración- para desafiar los votos a favor del Partido Demócrata. Lo más lamentable es que patear el tablero de los procedimientos electorales va más allá de los Estados Unidos, y otros partidos políticos con tendencia hegemónica también buscan sustituir instituciones probadas en sus países, a pesar de que estas mismas generaron las condiciones para reconocer con paz e imparcialidad sus triunfos en las urnas.

El péndulo de las políticas nacionales se mueve hacia los extremos, por lo que quienes estamos convencidos del valor de una política moderada, plural y concertadora necesitamos no solo convencer de nuestras causas en lo particular, sino de luchar por un sistema tolerante y democrático en lo general. El tiempo se agota, antes que un mayor radicalismo con su consecuente pérdida de libertades nos alcance.

Temas: